ÁREAS PROTEGIDAS Y TURISMO

 

Armando Sáez Chávez

5 DE SEPTIEMBRE

La historia de las Áreas Protegidas (AP) tiene su génesis en épocas muy remotas. En el año 252 a.n.e., el rey del antiguo Egipto, Akhenaton, estableció tierras como reserva natural. También se tienen evidencias de que en la India, el emperador Asoka emitió un decreto para la protección de las plantas, animales terrestres y peces. Esto último consta como una de las primeras medidas deliberadas para la conservación de los recursos bióticos.

En un trabajo anterior decíamos que el manejo de las AP terrestres y marinas no difieren mucho en sus principios y contenidos. En ambos casos hay que velar por determinadas medidas conservacionistas, tanto para los visitantes locales como por los foráneos.

El mundo ha sido testigo en los últimos años de una creciente tendencia por el ecoturismo. La Unión Mundial para la Naturaleza define este concepto como aquella modalidad turística, ambientalmente responsable, dirigida a visitar o viajar por áreas naturales. El objetivo básico está en disfrutar, apreciar y estudiar los paisajes, flora y fauna silvestre sin dañar el entorno.

Nuestro país cuenta con un sistema nacional de áreas protegidas, que por sus valores naturales, históricos y culturales podrían aportar la materia prima para el desarrollo de diferentes modalidades de turismo. De extraordinario valor para los amantes del ambiente son el Archipiélago Sabana Camagüey, la Península de Zapata , los Jardines de la Reina y hasta la Laguna de Guanaroca, de Cienfuegos, por citar muy pocos ejemplos.

Ahora, hay que distinguir bien entre los recursos naturales y las áreas protegidas.

Los primeros son zonas terrestres y/o marinas de importancia local, nacional, regional o internacional en estado natural y sin población humana, destinada al principalmente a actividades de protección, investigación científica y/o monitoreo ambiental, que contiene elementos físico-geográficos , especies, comunidades o ecosistemas de flora y fauna de valor único o en peligro de extinción. Por su valor para la conservación de recursos genéticos y por su vulnerabilidad precisan de una protección estricta, quedando prohibida toda actividad humana excepto las requeridas para su administración y manejo.

En tanto las AP están comprendidas entre las que contienen predominantemente sistemas naturales, que son objeto de actividades de manejo para garantizar la protección y el mantenimiento de la diversidad biológica y proporciona al mismo tiempo un flujo sostenible de productos naturales y servicios para satisfacer las necesidades de la comunidad. Estas, a efecto de su funcionamiento, podrán tener en su interior otras áreas protegidas de categorización más estricta.

El turismo en las áreas naturales es conceptualmente diferente al criterio tradicional. Se trata en términos generales de una actividad dirigida y no masiva, que no permita una alta concentración de visitantes. No debe ser un turismo intensivo. Últimamente es usual instalar la infraestructura y equipamiento fuera de las áreas protegidas, en terrenos colindantes.

Paralelamente, las actividades turísticas en esas áreas constituyen un importante aporte al desarrollo económico de nuestro país y a los niveles ocupacionales en regiones de escasa demografía y limitadas perspectivas productivas. Teniendo en cuenta ambas realidades, es que se impulsa una política de equilibrio entre los intereses de la conservación y el turismo.

Para lograr un desarrollo a perpetuidad en esta esfera, será necesario volcar recursos económicos generados por la propia llamada industria del ocio en inversiones para proyectos de conservación de las AP.

 

 
 

 
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