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2.- AGUA, SERVICIOS SANITARIOS Y
ENERGÍA
Un rasgo distintivo del mundo actual es que se esta produciendo un
crecimiento económico incesante bajo patrones de producción y consumo
irracionales, que implican el agotamiento de los recursos no
renovables. Esto ocurre no solo en países desarrollados, que son
quienes estimulan esta antiética de la sostenibilidad, sino en otros
países que optan por reproducir ese modus vivendi o que su población
emigra hacia los países del Norte. Cuando sabemos que un bebé
norteamericano nacido en el 2000 causará durante su vida un daño
ambiental dos veces superior al de un sueco, tres veces superior al de
un italiano, 13 veces superior al de un brasileño, 35 veces superior
al de un indio y 280 veces al de un haitiano o chadiano, nos damos
cuenta que si no frenamos esta conducta depredatoria no serán
necesarias metas hacia el 2050, porque ya no existiremos como
humanidad.
La situación mundial respecto al problema del agua y el saneamiento,
una de las prioridades del mundo subdesarrollado, también se
caracteriza por la desigual distribución espacial y temporal del
recurso, la escasez de agua por largos periodos de sequía, la
sobreexplotación de algunas fuentes de abasto y el derroche en otras,
así como la contaminación de las aguas superficiales y subterráneas,
fundamentalmente por residuales industriales y domésticos, entre
otras. Algunos estudiosos del tema pronostican que en próximos años el
agua puede ser hasta motivo de conflictos mundiales y guerras.
El abastecimiento de agua suficiente y limpia y el saneamiento por su
valor social, constituyen necesidades humanas que deberían ser
reconocidas como derechos por todos los gobiernos del mundo, derechos
que deben estar protegidos por legislaciones nacionales, no obstante
la privatización de estos servicios en muchos países. Las elevadas
tarifas a los usuarios, como consecuencia de este proceso, afectan la
equidad y la justicia, limitando el acceso de los pobres a ese bien
publico, que es un derecho fundamental.
Toda actividad humana usa algún tipo de energía. El aprovechamiento de
los recursos energéticos disponibles en la naturaleza se ha
diversificado. Pero, el crecimiento desmesurado del consumo en los
últimos 150 años ha terminado por ocasionar cargas insostenibles al
entorno y daños considerables al ecosistema planetario. El desarrollo
no será sostenible si no asumimos, tanto los que viven en países
desarrollados como los que habitamos en el Sur, nuevos patrones de uso
de la energía ni accedemos a las llamadas "tecnologías verdes" o
limpias, abandonando las prácticas de consumo irracionales propias de
las economías de mercado. De no ser así, se seguiría incrementando la
desaparición de las reservas de combustibles fósiles y se
intensificaría los niveles de contaminación ambiental. De igual
manera, se agravaría la desigualdad en el acceso a los recursos
energéticos, cuyas fluctuaciones de precios comprometen gravemente las
disponibilidades de recursos financieros de los países
subdesarrollados.
Con la privatización de los recursos naturales, aplicada en los países
subdesarrollados bajo el control extranjero de las fuentes primarias
de energía y de su transformación, se impide a las naciones más pobres
ejercer el derecho a disponer de sus recursos energéticos, y a
realizar formas democráticas de su distribución. La privatización de
estos recursos a favor de empresas extranjeras resulta un duro golpe
al ejercicio de las soberanías nacionales.
Los países industrializados que han aplicado intensivamente la línea
energética "dura " basada en los combustibles fósiles y otras fuentes
altamente contaminantes del medio ambiente, y que son los principales
responsables del cambio climático global, desarrollan aceleradamente
tecnologías basadas en fuentes renovables para asegurar su futura
independencia energética frente a la escasez de combustibles
tradicionales prevista y sostener su dominio del mercado energético
mundial. A la vez, promueven el desplazamiento selectivo hacia el Sur
de tecnologías limpias de dudosa efectividad mediante instrumentos
comerciales como el Mecanismo de Desarrollo Limpio (CDM), con lo que
evaden parte de sus compromisos de reducir las emisiones. La falta de
voluntad política del Norte para hacer efectiva la cooperación para el
desarrollo del Sur se caracteriza por las muy escasas acciones para
apoyar la transferencia no comercial de tecnologías "limpias",
concurriendo al mercado con precios elevados que anulan en la práctica
la posibilidad de extenderlas masivamente, a lo que se agrega el
difícil acceso a créditos ventajosos y las altas tasas de interés de
los mismos.
El control de los recursos energéticos tradicionales ha sido y es
nuevamente una de las principales causas de muchos de los conflictos
de los que hemos sido testigos recientemente. Es un riesgo real que se
acrecentó con la guerra norteamericana en Afganistán. Aunque en esta
guerra pesan los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos de
América en el sur de Asia, la guerra guarda oculto su objetivo de
apoderarse del control de recursos energéticos vitales. El dominio
unipolar de estos recursos agregará en el futuro más presión sobre el
mercado de los combustibles, al permitir a las compañías
transnacionales consolidar su monopolio, dominar los precios y
potenciar la dependencia de los países subdesarrollados. Con ello,
además, esta y otras guerras imponen cada vez más daños irreparables a
seres humanos los seres humanos y al medio ambiente, que ponen incluso
en peligro a las futuras generaciones.
3.- ATENCIÓN DE SALUD FRENTE AL VIH/SIDA
Por lo regular nos sentimos más impactados al producirse grandes
desastres automovilísticos o aéreos, y no ante la paulatina
desaparición de la especia humana por el avance, hasta ahora
incontenible, del virus de inmunodeficiencia adquirida o SIDA,
aduciendo que los primeros accidentes son de riesgo real para
cualquier persona, mientras que en relación con la enfermedad, solo
algunos deben desarrollar una preocupación. Pero, el SIDA es un riesgo
permanente para todos ya que habitamos en un mundo cada vez más
interrelacionado. Y así será mientras no aparezca la tan ansiada
vacuna y un tratamiento para la curación.
A un ritmo anual de cinco millones de infestados, de los cuales 800
000 son niños menores de 15 años y 4,2 millones son adultos, y tres
millones de muertos, el SIDA amenaza con barrer países y pueblos
enteros. En la actualidad, se estima en 40 millones de personas las
que padecen del VIH/SIDA, de las cuales tres millones son niños
menores de 15 años y 37,1 millones son adultos entre 15 a 49 años (de
estos 18,5 millones son mujeres). Es en el África Subsahariana donde
la situación se ha tornado más difícil, debido a que más del 8 por
ciento de su población de entre 15 y 49 años está infectada (28 500
000), siendo en algunos países de este subcontinente superior al 36
por ciento. En Botswana, por ejemplo, el 39 por ciento de los adultos
esta infestado, y en regiones del noreste del continente esta tasa,
que también incluye a mujeres embarazadas, supera el 50 por ciento. En
este orden le sigue Asia del Sur y del sudeste con 5,6 millones de
personas infestadas; América Latina, 1 millón 500 mil; Europa Oriental
y Asia Central y Asia Oriental y Pacífico, un millón respectivamente;
América del Norte, 950 mil; Europa Occidental, 550 mil; África del
Norte y Medio Oriente, 500 mil; El Caribe, 420 mil, y Australia y
Nueva Zelanda, con 15 mil.
Cualesquiera de las diversas soluciones que se planteen en las
reuniones internacionales que se convoquen sobre el tema para
erradicar esta pandemia, la entrega completa del 0.7 por ciento del
PIB de los países donantes destinado a la Ayuda Oficial al Desarrollo,
acordado por las naciones miembros de la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo (OCDE), contribuiría a fortalecer las
débiles estructuras sanitarias y educativas de los países más
afectados.
Las grandes diferencias entre ricos y pobres a la hora de acceder a
los medicamentos profundizan la extensión de la enfermedad,
básicamente en los países subdesarrollados. Las modernas terapias
triples han convertido el VIH/SIDA en una condición tratable para un
millón de pacientes en el mundo rico, sin embargo, solo tienen acceso
a esas mismas medicinas 230 mil enfermos de los países del mundo
pobre, a pesar de ser en esas naciones en las que más peso tiene la
pandemia. El drama del Tercer mundo será mayor además si solamente se
garantiza a dos millones de enfermos el acceso gratuito a los
medicamentos antirretrovirales antes del 2004, tal y como acordó
recientemente la XIV Conferencia Internacional sobre el SIDA que se
efectuó en Barcelona, España.
Solo con una cooperación internacional estable y desinteresada, los
países más afectados podrán obtener las materias primas necesarias
para los medicamentos, equipos y recursos materiales de esas
producciones y servicios. Es la base mínima requerida para establecer
programas para sangre segura, prevención de transmisión vertical
(madre a hijo) mediante el examen a las mujeres embarazadas y
profilaxis en los casos positivos con tratamiento a los enfermos y
acciones de prevención encaminadas a evitar las nuevas infecciones.
Debería revertirse la poca cohesión entre los diferentes laboratorios,
investigadores y países que más han avanzado en la cura del mal, así
como reducir el alto precio de los fármacos para tratar el VIH. Ambos
fenómenos son reflejos del sentido mercantilista que prima en la
solución a tan letal flagelo, y ello explica por qué las grandes
compañías farmacéuticas estadounidenses gastaron el pasado año 15 mil
millones de dólares en publicidad y promoción de sus productos,
mientras que África ha podido invertir solamente cinco mil millones de
dólares en la atención del SIDA. Lo óptimo será llegar a los 10 mil
millones de dólares para el Fondo Global, establecer una "reserva de
patentes no voluntarias" y encomendar a la Organización Mundial de la
Salud que establezca una lista de patentes esenciales de fármacos que
se corresponda con la ya existente.
4.- REDUCCIÓN DE LA POBREZA, CREACIÓN DE EMPLEOS Y SEGURIDAD
ALIMENTARIA
Millones de personas se sumarán a la población mundial en los próximos
25 años, y de ellas la inmensa mayoría vivirá en países
subdesarrollados. Ello presupone un desafío en el enfrentamiento a
problemas tan críticos para la humanidad como lo son la urgencia de la
reducción de la pobreza y la creación de empleos, que no pueden tener
respuestas en medio de la hegemonía de la globalización neoliberal
excluyente y de la cada vez más mayor concentración de la riqueza en
un número limitado de países, corporaciones transnacionales y
personas.
Según las Naciones Unidas, se estima que el número de pobres es
superior a 1,200 millones de personas y 350 millones de ellas viven en
la absoluta pobreza. Las mujeres, que son quienes más sufren el
recrudecimiento de la pobreza en sus países, constituyen el 60 por
ciento del total de pobres en el mundo. En algunos países
subdesarrollados el número de mujeres rurales que vive en la pobreza
absoluta ya supera el 50 por ciento del total de mujeres que habita en
el campo. El crecimiento de la pobreza ha sido tal que para referirse
a los que sufren de este mal se han definido diferentes niveles del
"sufrimiento": "nuevos pobres", "pobres crónicos" o "pobres
inerciales". Más que de erradicación de la pobreza, debemos hablar de
derecho al desarrollo.
La preocupación de la comunidad internacional sobre el tema del
desarrollo es completamente justa, porque es evidente que no es
sostenible un mundo donde más de la mitad de la población vive en
condiciones deplorables, sin los más elementales medios de vida, como
vivienda, agua potable, salud, educación, empleo y alimentos, que se
expresan en cifras que no han dejado de crecer. Ello es resultado de
la forma injusta en que se distribuyen las riquezas, del derroche de
las sociedades de consumo y de la inequidad del orden económico y
político internacional vigente, el que atenta, de forma permanente,
contra los derechos a la vida, la educación, el acceso al
conocimiento, la salud, el desarrollo y a una existencia digna.
Los altos índices de analfabetismo, los elevados costos y difícil
acceso a la educación, así como los insuficientes recursos de que
disponen la inmensa mayoría de los países subdesarrollados para los
gastos en educación, hacen que cada vez se vean más lejanas las metas
de construir un real desarrollo sostenible. Si bien resulta necesario
priorizar e impulsar la integración de los enfoques del desarrollo
sostenible en los diferentes niveles de los sistemas educativos
nacionales, más urgente resulta trabajar por garantizar un total
acceso para toda la ciudadanía, así como elevar la calidad de la
enseñanza.
Hoy más que nunca, la lucha contra la pobreza plantea la necesidad
imperiosa de que se cumpla con la Resolución de las Naciones Unidas
sobre el Derecho al Desarrollo y que los Estados de la OCDE honren su
compromiso de aportar el 0.7 % del PIB como ayuda al desarrollo, y
pongan fin a la bochornosa práctica de reducirlo paulatinamente o
someterlo a infames condicionalidades. Un desarrollo sostenible no
debe obviar, bajo ninguna circunstancia, la posibilidad y oportunidad
de multiplicarle a las mujeres los niveles de acceso y control de los
medios necesarios para poder vivir en condiciones sostenibles a largo
plazo, y recibir los beneficios de dicho acceso y control.
Observamos con preocupación el incremento en casi la totalidad de los
países del número de desempleados, que en ocasiones llega al 40 por
ciento de la fuerza laboral activa, por lo que ello representa en su
incidencia en la pobreza. A la escasez de empleo, por la quiebra
fundamentalmente de empresas de países subdesarrollados, se suma
también la reducción de salarios y las leyes que revierten las
conquistas históricas alcanzadas por los trabajadores. El sub-empleo y
el crecimiento del denominado sector informal o de baja productividad,
que conforman ya una característica ostensible y notoria de los países
subdesarrollados, no hacen más que empeorar la dramática situación del
tercio del total de personas que son fuerza laboral activa.
La pobreza ha extendido por el campo una situación de inseguridad
alimentaria, a la que también han contribuido la falta de acceso,
escaso control y la desigual e inequitativa redistribución de los
beneficios de los recursos naturales. Es allí donde el número de
hambrientos y malnutridos es mayor, y si no se realizan esfuerzos
superiores a los evaluados en la reciente Cumbre Mundial de
Alimentación, para mejorar el suministro de alimentos o de insumos
para producirlo y superar las desigualdades, el hambre y la
malnutrición en la población rural de la mayoría de los países con
seguridad aumentará.
Si queremos que la Cumbre Mundial de Johannesburgo sobre Desarrollo
Sostenible pueda considerarse exitosa y el Plan de Acción que los
Estados miembros aprueben pueda implementarse realmente, debemos
instar a que se incremente sustancialmente el acceso de los países
subdesarrollados a recursos nuevos y adicionales, y se contribuya
efectivamente al desarrollo de capacidades de los países
subdesarrollados, y se apoye con estos fines la cooperación Sur-Sur,
modalidad de la cooperación internacional en la que las ONGs de Cuba
creen firmemente y desarrollan diversas acciones en las esferas de la
salud, educación y en la protección del medio ambiente. El acceso de
la humanidad -sin distinción de raza o género- a la educación, salud,
cultura, empleo, a un medio ambiente sano y en definitiva al
desarrollo propio, constituyen requisitos indispensables para alcanzar
el desarrollo sostenible.
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