TRAGEDIA EN EL GOLFO: ¿EL FIN DE LA GRAN AVENTURA?

Por Jorge Gómez Barata, CubAhora

Explosión de una plataforma petrolífera frente a las costas de Luisiana. La tragedia desatada en las profundidades del Golfo de México con el derrame de petróleo provocado por la explosión de la plataforma Deepwater Horizon el pasado 22 de abril y cuyos efectos se prolongaran más allá de sus riberas e inevitablemente afectará a generaciones futuras, relanza un problema que asomó cuando en 1945 se creó la bomba atómica y se ha renovado con el acceso a manipulaciones genéticas que hacen posible clonar a los humanos y crear vida artificial.

De lo que se trata es que tal vez la audacia que hizo del hombre un gigante, ha llegado a un punto en el cual desata fuerzas que él mismo no logra controlar y que pueden resultar letales para el conjunto de la especie humana. Al crear bombas que pueden exterminar todo vestigio de vida, develar los misterios de la creación y poner en manos de individuos un poder que les permita emular tanto a Dios como a la naturaleza misma, así como perforar pozos de petróleo a profundidades en las cuales es imposible trabajar, puede ser el indicio de que se ha llegado a un límite.

Ya se especula con la hipótesis de que la explosión combinada con colosales presiones de agua y crudo, pueden haber fracturado el fondo del océano y que el hidrocarburo mana no sólo por la tubería instalada para la extracción controlada, sino por decenas de grietas; se sugiere la realización de una explosión nuclear para provocar un gigantesco derrumbe y, de ese modo tratar de detener el vertido, aunque se advierte que, en caso de fallar, habría que esperar a que la veta se agote por surgencia espontánea, lo cual pudiera demorar unos 30 años.

Para cuando la solución natural llegue, el golfo de México y el Caribe con todas sus riberas, sus peces y moluscos, sus playas, manglares y marismas serán un inmenso y empobrecido erial sin vida y sin belleza. Llevado año tras año por la corriente del golfo, dispersado por los huracanes y transportado por la cálida corriente del golfo, el petróleo llegará hasta el círculo polar ártico contaminando la mitad del Atlántico hasta niveles que resulten incompatibles con la vida marina y costera. Algunos van más lejos y sugieren que algunas criaturas de esos hábitats pueden mutar y convertirse en monstruos.

Parece una historia de horror y lo es.

Llegados a ese punto, la humanidad no sería la misma, como tampoco lo habría sido si la proliferación nuclear no hubiera sido detenida a tiempo y si existieran ahora cincuenta o más estados con capacidad para utilizar bombas atómicas contra sus vecinos o adversarios; tampoco habrá un destino cierto de no encontrar la manera de regular las manipulaciones genéticas asociadas a la clonación humana y la creación de vida artificial.

La problemática no es simple porque tal vez al poner límites a la inteligencia y a la audacia que hizo al hombre lo que es, se corren riesgos inaceptables capaces de conducir a un estancamiento que también haría peligrar a la especie humana; esta vez no por exceso sino por defecto.

El desastre del Golfo de México ocurre en el momento en que tiene lugar un intenso debate en torno a qué hacer para paliar un cambio climático que parece imposible de impedir y del que se culpa al hombre, a la civilización e incluso por sus nombres a los países más desarrollados. La paradoja de penalizar a los más avanzados y condenar a las formas de organización social que permitieron el desarrollo de las fuerzas productivas más que todas las formaciones sociales anteriores juntas, también puede ser contradictorio.

Asociado al debate ecológico se esgrimen argumentos que responsabilizan al hombre y a la civilización por situaciones ambientales relacionadas con la actividad económica y el desarrollo social, también por fenómenos estrictamente naturales e incluso por desastres que, además de haber ocurrido siempre, de alguna manera forman parte de la evolución de la vida y del proceso de conformación de la tierra: Pretender un conservacionismo a todo trance pudiera ser como decretar otro fin de la historia.

En su día los acontecimientos que dieron lugar a la desaparición de los dinosaurios, a la formación del cañón del Colorado o del desierto del Sahara, fueron catástrofes terribles. No hay otra manera de entender la evolución que no sea asumiendo una dialéctica según la cual, por unas u otras razones, unas especies, paisajes y entornos aparecen y otros perecen en un interminable devenir; pensar que la temperatura del planetas será la misma por toda la eternidad carece de realismo y tampoco es posible encarar la actividad económica sino es interactuando con la naturaleza y ejerciendo sobre ella un impacto considerable.

La urbanización, la agricultura, la minería, la industria, la red vial y la electrificación, el abasto de agua y el progreso de la civilización a escala planetaria exigieron enormes cantidades de recursos, colosales volúmenes de energía y agua dulce, grandes extensiones de tierra que fue preciso desmontar, arar, horadar y asfaltar.

Mediante esos procesos, no sólo los bosques y los páramos, sino el planeta en su conjunto se han transformado de un modo que se hizo más extenso e intenso en la medida en que aumentaban las necesidades y se creaban las tecnologías y las herramientas para explotar todos los recursos posibles.

Es falso que el hombre haya destruido el paisaje sino que lo ha recreado y donde antes hubo estepas, bosques y pantanos se levantan hoy magnificas urbes, palacios, industrias, obras ingenieras y construcciones diversas que simbolizan el progreso y llenan de orgullo a la humanidad. La transformación del medio natural no es un baldón del cual el hombre deba avergonzarse sino su huella sobre la tierra.

Ocurre sin embargo que en los mil siglos anteriores, ante la inmensidad del planeta, las transformaciones originadas por la actividad humana tenían un impacto mínimo y sus efectos eran locales o regionales, afectaban a especies concretas o impactaban sobre sustancias o materiales en particular, sin poner en peligro a la humanidad en su conjunto; cosa que no ocurre actualmente cuando la actividad humana ha comenzado a ser un peligro para la propia humanidad.

Fallos del sistema de prevención de explosiones de la Deepwater Horizon. Hay que hacer que BP pague la indemnización que merecen los pobladores de la región y contribuya a financiar la limpieza prácticamente de todo un océano, sin perder de vista que hay daños irreparables e irreversibles.

En la historia de cómo el hombre se hizo gigante hay cuatro factores determinantes: la inteligencia, la naturaleza gregaria, la audacia y la fe. La combinación de colectivismo, valor y talento, apoyados en un equipamiento biológico básico, dieron lugar a una combinación perfecta de evolución orgánica y progreso cultural que en su conjunto forman la historia de la humanidad.

Ya sea que se parta del Génesis o de la teoría de la evolución de las especies, existe un inicio y un lugar desde donde el hombre comenzó su andadura: el Jardín de Edén, ubicable en el entorno de Mesopotamia o la garganta de Olduvai en el Serengueti africano, según las evidencias arqueológica descubiertas por el doctor Louis Leakey. En cualquier caso desde esos sitios originales comenzó el poblamiento del planeta.

Asumiendo las colosales distancias recorridas, los obstáculos naturales, los diferentes climas y los enormes peligros afrontados por aquellas criaturas débiles y vulnerables que protagonizaron los eventos demográficos originales, mediante los cuales se formaron las culturas, las civilizaciones y más recientemente las naciones y los estados, habría que rendir homenaje al valor y la audacia de nuestros remotos antepasados que dotados de libre albedrío iniciaron el camino que condujo a hoy.

Lo cierto es que mediante los ininteligibles mecanismos por los cuales se instala y se trasmite la herencia cultural, la audacia y el valor, la disposición para tomar riesgos y asumir enormes sacrificios, venciendo incluso el poderoso instinto de conservación, las diferentes dimensiones de la espiritualidad, se integraron al DNA cultural e ideológico de la especie humana que, entre el cielo y la tierra, no reconoce límites ni imposibles.

Para no ir demasiado atrás, baste recordar el martirologio de los primeros cristianos, a Cristóbal Colón que en rusticas embarcaciones desafió el Atlántico en una travesía que pudo ser sin retorno, la entereza de María Curie que entregó su vida a la ciencia durante la investigación de la radioactividad, la valentía de Yuri Gagarin que sonriente, encerrado e inmóvil en una capsula de metal, en "la punta de una llama" abrió la era de la conquista del espacio y los astronautas de la nave Apolo 11 que con más dudas que certezas viajaron a la luna y regresaron para contarlo.

De la audacia y la determinación del genero humano da fe la historia económica que ha llevado a empresarios y obreros a correr riesgos enormes para extraer, trasladar y procesar las riqueza naturales, extrayéndolas de las entrañas de la tierra, los fondos oceánicos, la profundidad de los desiertos y lo ignoto de los polos.

Sin embargo, el progreso parece llegar a un punto en que determinadas acciones humanas comportan riesgos para toda la humanidad. Así ocurre con las pruebas nucleares que totalizan más de 20 000, razón por la cual se trabaja para alcanzar un acuerdo de prohibición total, extender la desnuclearización y hacer efectiva la no proliferación, caminos que en algún momento deberán conducir al desarme nuclear que con toda razón figurará entre las grandes conquistas de la humanidad.

Sin aquel dramatismo aunque con no menos urgencia se trabaja por alcanzar acuerdos para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero y mitigar el cambio climático.

Lo más lamentable es que la cultura humana no sólo conoce entidades positivas, sino que también, mediante procesos extraordinariamente contradictorios que recuerdan una noria enigmática e interminable, produce y reproduce actitudes y antivalores que incluso bajo determinadas circunstancias, predominan haciendo prevalecer la codicia y el afán de lucro, fenómeno que algunos pensadores identifican erróneamente con determinados sistemas sociales. El capitalismo no creó la codicia ni el egoísmo, en todo caso puede haber sido a la inversa.

Del mismo modo que los afanes hegemónicos, aun después de finalizada la Guerra Fría hace que unos pocos países almacenen más de 40 000 armas nucleares, la insaciable sed de ganancias de las transnacionales, asociado a la incapacidad de los estados nacionales para cumplir sus obligaciones, emprenden aventuras como son la perforación de pozos petroleros en profundidades marinas a las que el hombre prácticamente no tiene acceso y sin garantías que excluyan desastres como el que minuto a minuto, desde hace dos meses, ocurre en las profundidades del Golfo de México donde literalmente se ha abierto una Caja de Pandora .

Es probable que, en el estado de la tecnología actual, sin apropiados recursos de emergencia, ese tipo de explotación que de alguna vez se asoció a la excepcional audacia del género humano, constituya una irresponsabilidad que si bien durante cierto tiempo aporta enormes ganancias, puede conducir a tragedias como las que ahora están en marcha, para la cual se ha puesto sobre el tapete incluso una opción nuclear.

Ojala los remedio no sean peores que la enfermedad.

 
   

 
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