INTRODUCCIÓN
El propósito esencial de la Cumbre Mundial sobre Desarrollo
Sostenible, a efectuarse próximamente en Johannesburgo, es
revisar el cumplimiento de las metas y compromisos contraídos
en la llamada Cumbre de la Tierra, efectuada en Brasil en
1992, centrando su atención en el programa de trabajo conocido
como la Agenda 21, cuyo objetivo es lograr que el desarrollo
del mundo se realice sobre bases de sostenibilidad y en esa
forma salvar al planeta de su ya evidente proceso de
destrucción, alcanzando a la vez una distribución de la
riqueza que sea justa y equitativa para los pueblos víctimas
del subdesarrollo y la explotación.
La situación mundial hoy día, dista mucha de la que existía
diez años atrás, cuando un espíritu de cooperación y
concientización ante los problemas de la humanidad parecía
emerger sobre las actitudes egoístas e irresponsables de la
mayor parte de los causantes principales de ese estado de
cosas. Las realidades del mundo unipolar del presente, lejos
de fortalecer y estimular una concertación universal para
avanzar sobre aquel camino, tornan más trágico y sombrío el
cuadro que ahora se muestra para nuestro análisis. Los países
desarrollados, de espaldas nuevamente a la dura realidad
económica, social y ambiental del planeta, se resisten a
cumplir los compromisos que contrajeron entonces, rechazando
incluso acuerdos anteriores adoptados con iguales propósitos.
El bloque integrado por Canadá, Japón, Australia, Noruega y
Nueva Zelanda, bajo el liderazgo de los Estados Unidos de
América, no respalda la identificación de las necesidades de
recursos financieros, ni la transferencia de tecnologías,
sobre bases preferenciales y pugna por la reducción o la
negación de la asistencia técnica, sin tener en cuenta los
efectos de tal actitud en cuestiones vitales como el medio
ambiente o de orden social como la pobreza o las enfermedades.
Otros países desarrollados acompañan en muchos aspectos
posiciones tan negativas y peligrosas.
La sociedad civil tiene ante sí un reto de cuyo resultado
dependerá también su propia suerte, pues el cuidado de la
naturaleza y la preservación de la Tierra y la especia humana
atañe a todos, sin distinción de ricos y pobres. Los problemas
ambientales ponen en peligro el mañana de la humanidad. Los
pueblos del Tercer Mundo, principales víctimas de la
explotación y el hambre, alzan su voz para demandar un nuevo
orden mundial que ponga fin a la demencia que hoy amenaza al
mundo.
En Sudáfrica debe adoptarse un plan que agilice la puesta en
práctica de la Agenda 21 y que identifique de manera clara los
términos referidos al cumplimiento de las acciones previstas,
así como sus costos, fuentes de financiamiento y los
responsables.
Con el propósito de contribuir al debate que nos conduzca a
tales resultados en esta Cumbre Mundial, las ONGs cubanas e
internacionales radicadas en Cuba, han consensuado el presente
documento, en el que analizamos cada punto de la agenda a
debatir y fijamos las posiciones ante ellos.
1.- IMPLEMENTACIÓN, MONITOREO Y CUMPLIMIENTO DE LOS OBJETIVOS
MEDIOAMBIENTALES
Las ONGs cubanas que participaron en el Forum del Milenio (Nueva
York, mayo del 2000), en el documento conjunto que elaboraron
para dicha ocasión, referían cómo la Cumbre Mundial sobre
Desarrollo Social, celebrada en 1995 en Copenhague, consideró
la erradicación de la pobreza como un imperativo ético,
social, político y económico de la humanidad, y reafirmó,
realzándolos, los criterios sobre el desarrollo sostenible y
el medio ambiente que la Conferencia de las Naciones Unidas
para estos temas efectuada en Río de Janeiro, Brasil, en el
año 1992, había ya dejado sentados como resultados de aquella
reunión, plasmados en la Agenda 21.
En el Forum del Milenio, realizado ocho años después de la
Conferencia de Río de Janeiro, la gran mayoría de las ONGs de
los países del Tercer Mundo coincidieron en destacar que si
bien la Agenda 21 significó un paso de avance importante en la
lucha de los países subdesarrollados por alcanzar un mundo más
justo y equitativo, no era menos cierto que las metas
propuestas en ella no habían alcanzado su materialización más
efectiva. Esta valoración resulta totalmente vigente, pues al
cabo de diez años de aquella Conferencia se advierte con
preocupación el peligro que acecha en esta Cumbre Mundial de
Johannesburgo de que los avances logrados diez años atrás
puedan sufrir un golpe sensible, al constatar cómo la
situación internacional se muestra mucho más compleja y
adversa para la realización de aquellas aspiraciones.
Al inicio de la década que analizamos a partir de la
Conferencia de Río, observamos que múltiples gobiernos, en el
plano nacional, asumieron los objetivos fijados para el
desarrollo sostenible, y al efecto multiplicaron la
institucionalidad ambiental, promulgando leyes que recogían
varios de estos objetivos. En el plano internacional
suscribieron o ratificaron distintos convenios relacionados
con la protección al medio ambiente.
La agudización de las crisis económicas en varios países y la
inseguridad que ello conlleva para el resto de los países en
un mundo globalizado bajo el signo neoliberal, han devenido
factores negativos que frenan o impiden la aplicación de
políticas de desarrollo sostenible que propicien el desarrollo
económico, la igualdad social y la protección al medio
ambiente. Más bien, han favorecido la tolerancia de los
gobiernos y la complicidad con las prácticas depredatorias que
históricamente han caracterizado la actuación de las empresas
transnacionales, en alianza con las oligarquías nacionales,
con su secuela de inequidad social.
El bloque de países desarrollados, al imponer a los países
subdesarrollados su escala de valores, su sistema económico y
sus formas de gobierno, expande también por el mundo sus
hábitos depredadores de producción y consumo. Como
consecuencia, la deforestación elimina cada año millones de
hectáreas de bosques, la erosión del suelo ha destruido
millones de toneladas métricas de la capa vegetal y la
creciente desertificación afecta millones de hectáreas de
suelos. Una considerable parte de todas las especies podrían
desaparecer en los próximos años, lo que constituye una grave
amenaza para la biodiversidad. La contaminación del aire, el
agua, los ríos y los mares, pone en peligro la vida de
poblaciones enteras.
Este cuadro alarmante, presentado por las ONGs cubanas ante el
Forum del Milenio hace dos años, se ha agravado. Los países
desarrollados, máximos responsables de las afectaciones del
planeta, al imponer la globalización neoliberal han producido
en la práctica la imposibilidad de que países con una mayor
voluntad política y sensibilidad ante los problemas
ambientales puedan poner en práctica sus estrategias sobre
este tema.
Los efectos negativos del reforzamiento del efecto invernadero
y el cambio climático ya se han dejado sentir en las regiones
más vulnerables del planeta, incluidos pequeños estados
insulares, algunos de los cuales como las Islas Maldivas y
Tuvalu, podrían desaparecer como consecuencia de la elevación
del nivel del mar. Estados Unidos de América, que encabeza el
bloque de países desarrollados, hoy por hoy, es el más
influyente promotor de las posiciones que impiden una solución
justa y razonable que ponga fin a la destrucción paulatina del
planeta. No obstante que resulta el país más contaminador,
responsable directo del 25 por ciento de los gases efecto
invernadero que se lanzan al espacio, ha renunciado a
ratificar el Protocolo de Kyoto. La insensibilidad con que se
manifiesta la actual administración norteamericana, que tolera
la actividad indiscriminada de industrias petroleras, incluso
en zonas protegidas de su territorio nacional como Alaska,
pone en una grave situación al mundo entero.
La influencia política y económica de EE.UU. y otros países
desarrollados sobre instituciones multilaterales como son el
Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y
la Organización Mundial de Comercio (OMC) ha sido un factor
negativo, al utilizar dichas instituciones como instrumentos
de imposición a los países subdesarrollados de la
globalización neoliberal, con el consecuente resultado de
comprometer el cumplimiento de los acuerdos de la Agenda 21,
bien sea al debilitar la autoridad de sus mecanismos de
implementación internacional o al reducir los fondos
indispensables para su materialización.
Las fuerzas hegemónicas devenidas en centro de poder
universal, aspiran a que, a través del modelo neoliberal que
solo beneficia a las grandes transnacionales, se logre un
mundo homogeneizado que haga más viable su control,
indiferente a los peligros que acechan al planeta y a los
grave problemas que ocasiona a la humanidad. Johannesburgo
constituye un nuevo escenario de la batalla que libran las
fuerzas progresistas y conscientes de la sociedad civil,
frente a esta diabólica pretensión de los que solo toman en
cuenta los intereses lucrativos de sus empresas
multimillonarias. En esta Cumbre Mundial sobre Desarrollo
Sostenible habrá que defender el compromiso nacido de la
Agenda 21 y no permitir que la amenaza o la fuerza de los
poderosos nos impongan sus valores, cuestionables por la
distorsión y la doble moral con que los aplican dichos
promotores.
Estamos convencidos de que las iniciativas y alianzas
bilaterales o subregionales, si bien son estimuladoras de las
acciones para lograr un desarrollo sostenible, no deben
suplantar el rol y liderazgo de los gobiernos ni de las
organizaciones internacionales, de las cuales los Estados son
miembros, ni diluir el papel de la cooperación internacional
multilateral. Johannesburgo en ningún caso debe ser la Cumbre
de las Iniciativas de Tipo II, en la que se mezclan de manera
desregulada los gobiernos, las ONGs y el sector privado.
Las ONGs cubanas defendemos el multilateralismo como el
mecanismo idóneo para alcanzar las metas del Derecho
Sostenible.
Los Estados miembros no deberían respaldar decisiones como las
que afloraron en Monterrey, en la Cumbre de Financiamiento al
Desarrollo, que evaden adoptar metas concretas o desarrollar
estrategias que conduzcan a la verdadera solución de los
problemas planteados al respecto. Sin un Plan de Acción
adecuado, los propósitos para enfrentarlos no serán más que
inútiles declaraciones de buena voluntad.
Los países desarrollados, lejos de transferir y compartir sus
conocimientos y tecnologías de punta, sostenibles y limpias, a
favor de los más necesitados, vienen actuando de modo tal que
la actividad científica y sus resultados en los países
subdesarrollados son objeto de crecientes medidas de
protección y privatización a favor de aquellos y de las
grandes corporaciones transnacionales. La pretensión de
imponer su manejo como simples mercancías, aleja la
posibilidad de su utilización debida en favor de la solución
de los problemas ecológicos más graves y de las necesidades
concretas del desarrollo sostenible para todos los países. En
el Tercer Mundo, difícilmente se mejoraran los índices de
contaminación ambiental si no se dispone de los recursos
financieros y la tecnología ambientalmente idónea para avanzar
en esa dirección. En efecto, el proceso de negociación
desarrollado a nivel gubernamental a lo largo de estos dos
últimos años para llegar a Johannesburgo, ha puesto al desnudo
las aspiraciones de muchos gobiernos de los países
desarrollados que impulsan políticas neoliberales, de
consolidar esta práctica.
La Conferencia de Naciones Unidas en Estocolmo en 1972 sobre
el Medio Humano, que marcó las primeras pautas para el
desarrollo sostenible, es hoy ya una lejana referencia. La
Agenda 21, acordada en Río de Janeiro en 1992, es realmente el
único punto de partida posible para revertir la realidad de
los países subdesarrollados. Las Naciones Unidas resultan el
lugar indicado para las negociaciones globales sobre el medio
ambiente. Las ONGs cubanas reiteran su apoyo al principio de
responsabilidad común, pero diferenciada y el reconocimiento
de la deuda ecológica del mundo industrializado.
Por otra parte, los gobiernos de la mayoría de los países
desarrollados están intentando privilegiar la iniciativa
privada y el mercado como mecanismo "mágico", capaz de dar un
nuevo y mayor impulso a la implementación de los acuerdos que
se deriven de la Cumbre de Johannesburgo, relegando la
responsabilidad que deben contraer los Estados de modo
ineludible, a fin de alcanzar el desarrollo sostenible.
Corresponde a esta Cumbre promover acciones políticas
efectivas para resolver los más graves problemas ambientales y
sociales, y enfrentar la actividad de las Transnacionales, y
no edulcorar la imagen de estas empresas dándoles mayor
protagonismo a las iniciativas conocidas como de Tipo II o
Acuerdos de Asociaciones públicas y privadas.
Las corporaciones transnacionales han logrado en estos 10 años
de globalización neoliberal un poder económico y político que
las ha convertido en las artífices de las políticas de los
países desarrollados. A través de los gobiernos de sus
respectivos países han alcanzado un poder de influencia
prácticamente ilimitada en los principales organismos
económicos y financieros internacionales. Con agresivas
campañas de marketing para sus iniciativas, han logrado
eliminar la posibilidad de que se adopten regulaciones
obligatorias para sus actividades y ser presentadas como un
factor clave en la solución de los problemas de los países
subdesarrollados, haciendo desaparecer toda sospecha de su
responsabilidad en la agudización de los problemas sociales y
económicos, de violaciones masivas de derechos humanos y de la
degradación del medio ambiente.