Tendencias energéticas mundiales: implicaciones sociales y ambientales

 

Ramón Pichs Madruga*
* Subdirector del Centro de Investigaciones
de la Economía Mundial (CIEM), La Habana, Cuba.
e-mail: rpichs@ciem.cu

 

 

Resumen
Desde comienzos del presente siglo se ha reforzado el cuestionamiento del modelo energético vigente, que está basado preferentemente en los combustibles fósiles, como el petróleo, el carbón mineral y el gas natural. Resultan cada vez más evidentes los límites de dicho modelo, tanto en el orden económico (altos precios de la energía), como en el plano social (inequidad y pobreza energética) y ambiental (implicaciones adversas para el entorno).

En estas condiciones resulta extremadamente limitado el aprovechamiento de las fuentes renovables de energía y existen enormes reservas no utilizadas de ahorro y eficiencia energética.

Muchos de los problemas energéticos del mundo actual se han tornado más graves en los últimos
25 años, después de más de dos décadas de políticas neoliberales que estimularon la desregulación
y la liberalización energética. Esas fórmulas de mercado propiciaron, en muchos casos, el desmantelamiento del control estatal en diversos países y regiones, con el consecuente reforzamiento del control transnacional en esos segmentos estratégicos. Además, se han reforzado los conflictos internacionales y las guerras de rapiña de las grandes potencias por el control de los recursos energéticos del planeta, sobre todo aquellos no renovables, como el petróleo y gas natural.

Ante tales tendencias, se impone la necesidad de una reestructuración energética global que cambie significativamente los patrones actuales de generación y consumo de energía, y que promueva el desarrollo sostenible sobre bases de equidad y justicia social. Se requiere también continuar avanzando en la cooperación energética Sur-Sur, a partir de criterios de solidaridad internacional.
Palabras clave: Energía, petróleo, combustibles fósiles, eficiencia energética, fuentes renovables, sostenibilidad energética, biocombustible, cooperación energética.

Introducción
La situación energética mundial actual es el resultado de la combinación de diversas tendencias económicas, políticas, tecnológicas, sociales y ambientales, entre otras que confluyen en un complejo panorama de crisis y ajustes, signado en los años más recientes por una escalada de precios, sobre todo en los hidrocarburos y especialmente en el petróleo.

La elevación de los precios del petróleo, desde comienzos de este siglo, ha reforzado significativamente el cuestionamiento del modelo energético basado en los combustibles fósiles (petróleo, carbón mineral y gas natural), que avanzó gradualmente hasta llegar a ser dominante, a partir del último tercio del
siglo xviii con el advenimiento de la Revolución Industrial en Inglaterra. Luego de dos siglos de despliegue de tales patrones energéticos han resultado más evidentes los límites del modelo vigente, tanto en el orden económico (altos precios de la energía), como en el plano social (inequidad y pobreza energética) y ambiental (implicaciones adversas para el entorno).

En estas condiciones, en pleno siglo xxi, persiste un modelo energético asimétrico y excluyente, con una elevada dependencia de los combustibles tradicionales de la biomasa —como la leña— en las poblaciones más pobres del planeta, que no tienen acceso a los combustibles modernos para cubrir sus necesidades básicas. Al propio tiempo, resulta extremadamente limitado el aprovechamiento de las fuentes renovables de energía, sobre todo las llamadas nuevas fuentes de energía renovable;1 y existen enormes reservas no utilizadas de ahorro y eficiencia energética.

Muchos de estos problemas se han tornado más graves en los últimos 25 años, después de más de dos décadas de políticas neoliberales que estimularon la desregulación y la liberalización energética. Estas fórmulas de mercado resultaron extremadamente nocivas al propiciar el desmantelamiento del control estatal en diversos países y regiones, con el consecuente reforzamiento del control transnacional en esos segmentos estratégicos.

Paralelamente se han reforzado los conflictos internacionales y las guerras de rapiña de las grandes potencias por el control de los recursos energéticos del planeta, sobre todo aquellos no renovables, como el petróleo y gas natural, que en su conjunto representan 60% de la energía comercial que se utiliza a escala global.

En las condiciones actuales se impone la necesidad de una reestructuración energética global que cambie significativamente los patrones actuales de generación y consumo de energía y que promueva el desarrollo sostenible sobre bases de equidad y justicia social.

Desequilibrios e inequidades en el consumo energético mundial
Como parte de las irracionales tendencias energéticas, que han prevalecido desde la Revolución Industrial en Inglaterra, el consumo global de energía primaria aumentó en unas diez veces a lo largo del siglo xx, mientras que la población mundial creció en cuatro veces (de 1,6 mil millones a 6,1 mil millones) [Smith, 2005], y todo parece indicar que el dinamismo de la demanda energética continuará en las próximas décadas.

En cuanto a la inequidad en el acceso a la energía por parte de los distintos segmentos de la población mundial, se destaca el hecho de que los cerca de mil millones de personas que viven en los países desarrollados consumen alrededor de la mitad de la energía primaria total, mientras que dos mil millones de personas pobres (residentes en países subdesarrollados) dependen básicamente de fuentes tradicionales de energía —como la leña y residuos de plantas y animales—, que son utilizadas de forma rudimentaria e ineficiente [BP, 2006 y FAO, 2005].

En el área subdesarrollada, las regiones de mayor desarrollo relativo, como América Latina y el Caribe y el Medio Oriente, muestran un nivel de cobertura de electricidad que supera 89% de sus respectivas poblaciones, mientras que en las regiones más pobres la situación resulta muy preocupante. En África solo 35% de la población total (apenas 19% en el área rural) tiene acceso a la electricidad [Alliance for Rural Electrification, 2004].

Según las últimas estadísticas disponibles, los combustibles fósiles representan alrededor de 78% del consumo global de energía primaria, distribuidos de la siguiente forma: petróleo, 33%; carbón, 24%; y gas natural, 21%. El consumo restante está repartido entre las fuentes renovables (17%) y la energía nuclear (5%). Sin embargo, debe tenerse en cuenta que el porcentaje de las fuentes renovables se divide a su vez entre las fuentes tradicionales de la biomasa (9%), la hidroelectricidad a gran escala (6%) y las llamadas «nuevas fuentes renovables», con apenas 2% (Anexo 1).

La elevada dependencia de los combustibles tradicionales, como la leña y los residuos de plantas y animales, tiene serias implicaciones adversas en los planos económico, social y ambiental para sectores considerables de la población de los países subdesarrollados, sobre todo en los países más pobres. Estas fuentes representan alrededor de 9% del consumo global de energía primaria y alrededor de la tercera parte del correspondiente a los países del Tercer Mundo, pero en algunos de los países más pobres, como Cambodia, Uganda, Rwanda, R. D. Congo, Burundi, Etiopía, Chad y Sierra Leona esa proporción supera 90% (Anexo 2).

En términos de energía comercial, es decir, excluyendo a las fuentes tradicionales de energía, los combustibles fósiles representan alrededor de 90% del balance, y en su conjunto han liderado la dinámica del consumo mundial en los pasados 40 años. La hidroenergía y la energía nuclear muestran un aporte similar, del orden de 6% en cada caso, al balance global (Anexos 3 y 4).

También en el segmento de la energía comercial resultan evidentes grandes disparidades en cuanto al acceso de los distintos grupos de países. Si bien el consumo per cápita de energía comercial mundial es de 1,6 toneladas de petróleo equivalente; en países como EE.UU. este indicador alcanza las 7,9 toneladas, mientras que en los países subdesarrollados el promedio es de apenas 0,6 toneladas. En otras palabras, un norteamericano consume como promedio trece veces más energía comercial que un habitante del Tercer Mundo (Anexo 5).

Según los cálculos más recientes de la Agencia Internacional de Energía (AIE), la inversión total requerida para la creación de infraestructura de producción de energía entre 2005 y 2030 ascendería a unos 20 millones de millones de dólares, es decir, unos 800 mil millones de dólares anuales [IEA-Finfacts, 2006].

Los propios expertos de la AIE ponen en duda que inversiones de tal magnitud se realicen, en un entorno internacional como el actual, pero aún en el más optimista de los escenarios, no bastaría con incrementar sustancialmente los recursos de inversión en este sector; se requeriría además el reconocimiento y adecuado tratamiento de las inequidades que caracterizan al mundo actual en esta esfera. De persistir tales asimetrías, se alejaría aún más la posibilidad de resolver los graves problemas socioeconómicos y ambientales que afectan a la humanidad, y en particular a los más pobres.

Dinámica del consumo de energía comercial en 1973-2005
La composición del balance de energía comercial en los últimos 30 años, tanto a nivel global como en los países desarrollados y los subdesarrollados ha mostrado variaciones en dependencia, básicamente, del comportamiento de los precios internacionales de los hidrocarburos. En este sentido pudieran identificarse tres períodos fundamentales a partir de comienzos de la década de 1970: un período de altas cotizaciones del petróleo entre 1973 y 1985; uno de precios moderados, entre 1985 y 1999; y la escalada de precios registrada a partir de 2000 (Anexos 6 al 8).

Durante el período de altos precios del petróleo comprendido entre 1973 y 1985, la participación del petróleo en el balance mundial de energía comercial se redujo de 48 a 39%, como resultado de la sustitución petrolera por fuentes alternativas. El resto de las fuentes aumentaron su participación, pero las más dinámicas fueron la energía nuclear y el gas natural.

Los principales cambios en la composición del balance de energía comercial de los países desarrollados se registraron entre 1973 y 1985, al calor de los altos precios del petróleo vigentes en ese período. En esos años, el petróleo caro perdió posiciones de forma marcada (pasó de 52 a 42%), en tanto la energía nuclear y el carbón incrementaron su participación. En los países subdesarrollados, la participación del petróleo se redujo de 42 a 35% durante esos años.

En el período 1985-2000, en que predominaron niveles de precios relativamente estables y moderados, se estancó la sustitución petrolera, el gas natural fue la fuente más dinámica y el carbón fue la fuente que más retrocedió. En los países desarrollados, la característica más notable fue el avance del gas natural, en detrimento del carbón. En los países subdesarrollados, al disminuir los precios, la proporción del petróleo aumentó de 35 a 40%, lo que estuvo acompañado de un aumento paralelo del gas natural de 10 a 14% y una marcada pérdida de posiciones del carbón de 46 a 35%.

En el período de altos precios más reciente (2000-2005) se destaca un retroceso del petróleo, principalmente en el Tercer Mundo, así como una recuperación del carbón, sobre en todo en países subdesarrollados de Asia (China e India). La parte del petróleo en el consumo de los países subdesarrollados cayó de 40 a 33%, lo que revela la sensibilidad de ese indicador en estos países, ante las variaciones de los precios del petróleo. En los países industrializados, la participación de las principales fuentes de energía comercial se mantuvo prácticamente sin cambios en 2000-2005.

Predominio de los combustibles fósiles y repunte de la energía nuclear
Los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) representan alrededor de 90% de la demanda global de energía comercial y en un contexto como el de los últimos 25 años en que la elección tecnológica ha estado en función básicamente de los patrones del mercado, se ha favorecido el consumo de este tipo de combustibles. De acuerdo con fuentes especializadas, de mantenerse las tendencias y políticas actuales, el petróleo y el gas natural continuarán dominando la oferta energética mundial en las próximas décadas, a pesar del incremento de los precios de los hidrocarburos. Adicionalmente se prevé un repunte de la energía nuclear, sobre todo en Asia.

Teniendo en cuenta estas tendencias, un informe reciente de la Agencia Internacional de Energía (World Energy Outlook 2006) revela que el futuro previsible (hasta 2030), basado en la extrapolación de las tendencias actuales, sería un escenario contaminado, inseguro y caro [IEA-Finfacts, 2006].

Petróleo
En el caso del petróleo, se trata del combustible más comercializado (60% del petróleo producido se comercializa internacionalmente) y, consecuentemente, el comportamiento de sus precios impacta de manera significativa en el comercio y las finanzas internacionales. Este portador energético constituye, además, el principal componente del balance de energía comercial global (36%) y su dinámica de precios tiene implicaciones diferenciadas por grupos de países, según la ubicación en el comercio internacional de hidrocarburos (exportadores netos o importadores netos) y el nivel de desarrollo (alto, medio o bajo).

La situación petrolera de los años transcurridos del presente siglo, sobre todo a partir de 2004, ha estado marcada por los altos precios (Anexo 9), como expresión de diversos factores extraeconómicos y económicos, entre los que se encuentran el estado de creciente volatilidad, incertidumbre y especulación, que se ha reforzado a partir de la invasión y ocupación de Irak por EE.UU. y las fuerzas aliadas; la rigidez de la oferta petrolera, como expresión de las limitaciones productivas de la OPEP y de los problemas en la infraestructura de refinación; y la creciente demanda de hidrocarburos por parte de grandes consumidores como EE.UU., y países de rápida industrialización como China, India y otros.

En los años más recientes se han alcanzado niveles récord de precios nominales, aunque en términos reales (es decir, considerando la variación de la inflación y del tipo de cambio del dólar) se han mantenido por debajo de los niveles de comienzos del decenio de 1980.

Entre los principales productores de petróleo en 2005 se ubicaban Arabia Saudita (14% de la producción global), Rusia (12%) y los EE.UU. (8%), y los mayores exportadores,2 según datos de 2004, eran Arabia Saudita (18% de las ventas mundiales), Rusia (15%) y Noruega (6%).

Los principales consumidores en 2005 fueron EE.UU. (25% del consumo mundial de este producto), China (9%) y Japón (6%), y los mayores importadores,3 de acuerdo con estadísticas de 2004, eran EE.UU. (28% de las compras mundiales), Japón (11%) y China (7%) [BP, 2006; IEA, 2006].

Dentro de este selecto grupo de países se destaca la doble condición de EE.UU. como gran productor y mayor consumidor de hidrocarburos del mundo; así como la pujante economía china que ha pasado a ocupar la segunda posición entre los grandes consumidores, aunque todavía muy alejada del primer puesto que ocupa EE.UU.

En cuanto a las perspectivas del mercado petrolero, resulta preocupante la desaceleración en el crecimiento de las reservas de petróleo en los últimos veinte años, máxime si se tiene en cuenta la gran incertidumbre que persiste en este mercado y los largos períodos de maduración de las inversiones en exploración y desarrollo. De acuerdo con informes recientes de la Agencia Internacional de Energía (AIE), las inversiones de la industria mundial de petróleo y gas en el área de exploración y producción han experimentado un crecimiento muy limitado (apenas 5% en términos reales) desde el 2000 y esto reforzaría la rigidez de la oferta en los próximos años [IEA-Finfacts, 2006].

Además, muchos países y regiones fuera del Medio Oriente (como Norteamérica, los territorios de la otrora Unión Soviética y el Mar del Norte), ya han alcanzado su pico productivo y otros lo alcanzarían en los próximos años,4 lo que se traduciría en un reforzamiento de la dependencia del Medio Oriente, donde se concentra más de 60% de las reservas mundiales (Anexo 10). Todo esto favorecería la posibilidad de nuevas guerras y conflictos que inyectarían mayor inestabilidad en los mercados.

También cabría esperar un fuerte crecimiento de la demanda en los próximos cinco años, a pesar de los altos precios, en países como EE.UU., China e India, lo que alimentaría las presiones alcistas de precios. Según el Departamento de Energía de EE.UU., la demanda mundial de petróleo, en un escenario de referencia, se incrementaría en 47% en 2003-2030 y 43% de ese incremento tendría lugar en los países subdesarrollados de Asia, incluidos China e India (DOE-EIA, 2006).

La escalada de precios del petróleo registrada a partir de 1999 y reforzada desde 2004 ha impactado significativamente a los distintos grupos de países; pero existen marcadas diferencias en cuanto a la capacidad de las distintas economías para enfrentar situaciones de esta naturaleza.

En el área desarrollada, que absorbe 80% de las importaciones globales de crudo, los efectos adversos han sido, en sentido general, mucho menos intensos que en períodos anteriores de elevadas cotizaciones petroleras (como 1973-1974 y 1979-1981), ya que estas economías son en la actualidad mucho menos vulnerables a los altos precios de la energía, dada la significativa reducción del consumo energético por unidad de PIB registrada por estas economías en los últimos treinta años.

En el mundo subdesarrollado, los más afectados han sido los importadores netos de energía, en los cuales se ha profundizado la crisis energética y se ha obstaculizado el acceso de sectores mayoritarios de la población a la energía necesaria para cubrir sus necesidades básicas.

Por su parte, las grandes compañías petroleras transnacionales han resultado las mayores beneficiarias de las elevadas cotizaciones petroleras; en particular aquellas firmas que han fortalecido su control sobre distintas fases del ciclo de producción y comercialización, como resultado de los recientes procesos de fusiones y adquisiciones en este sector. Entre las compañías más favorecidas se cuentan EXXON-MOBIL, British Petroleum, Royal Dutch Shell, Chevron-Unocal y Total S.A.

En los años más recientes, el debate acerca de las implicaciones económicas adversas de los altos precios petroleros para los países importadores de energía se ha combinado con una nueva oleada de preocupaciones acerca de los efectos ecológicos negativos de los actuales patrones de producción y consumo de energía, donde predominan los combustibles fósiles como el petróleo. Entre las consecuencias ambientales más preocupantes del modelo energético vigente se destacan las crecientes emisiones de gases de efecto invernadero —como el CO2—, derivadas de la producción y consumo de combustibles fósiles.

Existe una estrecha relación entre la participación de los distintos países en el consumo mundial de combustibles fósiles y su contribución a las emisiones del CO2 como principal gas de efecto invernadero (Anexo 11). Así, por ejemplo, EE.UU. absorbe 25% del consumo mundial de petróleo y aporta 24% de las emisiones globales de CO2, lo que se traduce en emisiones de 20 toneladas métricas de CO2 anuales por habitante. En su conjunto, los países desarrollados consumen 61% del petróleo y emiten 63% del CO2; mientras en los subdesarrollados las proporciones correspondientes son 39 y 37%, respectivamente.

Gas natural
Al igual que en el caso del petróleo, las reservas probadas de gas natural se encuentran muy concentradas, con 69% ubicado en siete países (Rusia, Irán, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, EE.UU. y Nigeria). De mantenerse la tasa actual de utilización de este combustible, las reservas probadas al cierre de 2005 alcanzarían para unos 65 años.

Más de la mitad de la producción y el consumo de gas natural tiene lugar en Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea. En 2005 los principales productores de gas natural fueron Rusia (22%), EE.UU. (19%), Canadá (7%), Argelia (3%), Reino Unido (3%), Noruega (3%) e Irán (3%); y los mayores exportadores fueron Rusia (24% de las ventas globales), Canadá (13%) y Noruega (10%).

Los principales consumidores en 2005 fueron EE.UU. (23%), Rusia (15%), Reino Unido (3%), Canadá (3%), Irán (3%) y Alemania (3%), y los mayores importadores resultaron EE.UU. (15% de las compras mundiales), Alemania (11%) y Japón (10%) (BP, 2006; IEA, 2006).

El gas natural ha sido uno de los segmentos más dinámicos en el consumo mundial de energía comercial en los últimos treinta años y se espera un crecimiento aún mayor en las próximas décadas. Según estimados de la Agencia Internacional de Energía (AIE), el aumento de la demanda de gas natural podría incrementarse sustancialmente para el 2030; y de acuerdo con el Departamento de Energía de EE.UU., la participación de este combustible en el balance global de energía comercial pasaría de 24% en 2003 a 26% en 2030 (DOE-EIA, 2006).

A diferencia del petróleo, la mayor parte del gas se consume localmente y solo se comercializa internacionalmente 25%. La mayor parte del comercio internacional de gas natural se lleva a cabo regionalmente, sobre todo en Norteamérica y Europa, que responden por las cuatro quintas partes del intercambio comercial a través de gaseoductos. El resto del comercio se lleva a cabo, en lo fundamental, con buques tanqueros que transportan el gas natural licuado (GNL), en áreas como Asia-Pacífico y el Medio Oriente, donde la infraestructura del GNL está más desarrollada. Se prevé que para el 2030 se triplique el comercio global de gas natural, principalmente como gas natural licuado.

En América Latina y el Caribe los principales exportadores de gas natural a través de gaseoductos son Bolivia y Argentina, que según datos de 2005 exportaron 10,4 y 6,8 miles de millones de metros cúbicos, respectivamente.

El único país de América Latina y el Caribe que aparece en la lista de los grandes exportadores de GNL es Trinidad y Tobago, país que en 2005 exportó 14 mil millones de metros cúbicos, de los cuales 89% se dirigió a EE.UU. Trinidad y Tobago cubrió en ese año 70% de las importaciones de GNL de EE.UU.

El 38% del consumo mundial de gas natural va dirigido a la generación de electricidad, 27% a la industria y 27% al sector residencial / comercial. El transporte apenas capta 3 y el 5% restante se destina a otros usos.

De los tres combustibles fósiles antes mencionados, el gas natural es el menos contaminante en cuanto a emisiones de carbono. Mientras el carbón mineral y el petróleo generan 26,8 y 20 t de carbono por TJ5 de energía, respectivamente; el gas natural emite 15,3 t de carbono por TJ de energía. En otras palabras, el gas natural podría suministrar los mismos servicios energéticos que el carbón con 40% menos de emisiones de CO2, lo que lo convierte en un componente clave de las políticas de mitigación del cambio climático.

Carbón mineral
El carbón es el más abundante de los combustibles fósiles; pero más de la mitad de las reservas probadas están ubicadas en solo tres países: EE.UU. (27%), Rusia (17%) y China (13%). Otros países con importantes reservas son India, Australia, Sudáfrica, Ucrania y Kazajstán. En 2005 los principales productores fueron China (38%), EE.UU. (20%), Australia (7%), India (7%), Sudáfrica (5%) y Rusia (5%); y los mayores exportadores6 fueron Australia (30% de las ventas globales), Indonesia (14%), Rusia (10%), Sudáfrica (9%), China (9%) y Colombia (7%).

El análisis del aporte regional a la producción mundial de carbón revela la preponderancia de Asia en este segmento energético, durante los últimos 30 años. En efecto, la parte asiática en la oferta global de carbón pasó de 24% en 1973 a 57% en 2005, donde predomina la contribución de China, que pasó de 19 a 45% en ese período [IEA, 2006].

Este combustible fósil —el más contaminante— representa 28% del consumo de energía comercial (utilizado sobre todo en la generación de electricidad y procesos industriales). Solo se comercializa internacionalmente 17% del carbón producido, y en 2005 los principales consumidores fueron China (37%), EE.UU. (20%), India (7%), Japón (4%), Rusia (4%) y Sudáfrica (3%). Los mayores importadores7 eran Japón (23%), Corea del Sur (10%), China Taipei (8%), Reino Unido (6%), Alemania (5%) e India (5%).

La participación del carbón en el consumo mundial de energía comercial cayó de 29% en 1985 a 24% en el 2000, en un período de precios bajos o moderados del petróleo en los mercados internacionales. Sin embargo, con la escalada de los precios petroleros —desde comienzos de este siglo— la parte del carbón se incrementó nuevamente hasta 28% en 2005. El cambio experimentado en la primera mitad de esta década se ha registrado, básicamente, en el área subdesarrollada, donde el carbón pasó de 46% de la energía comercial consumida en 1985 a 35% en 2000 y 44% en 2005.

El dinamismo del carbón en el mundo subdesarrollado se explica, en lo fundamental, por la contribución de Asia —la región que experimenta el más rápido crecimiento del consumo energético en el mundo—, donde se ubican varios países con una elevada presencia del carbón en sus balances energéticos, como China e India. Este combustible representa 70% del consumo de energía comercial en China y 55% en la India (Anexo 12).

Según el Departamento de Energía de EE.UU., en un escenario de referencia, el consumo de carbón se duplicaría entre 2003 y 2030; y alrededor de 81% de ese incremento ocurriría en el mundo subdesarrollado. La participación de este combustible en el balance de energía comercial global aumentaría tres puntos porcentuales en ese período, es decir, mostraría mayor dinamismo que el gas natural [DOE-EIA, 2006].

Luego de considerar los combustibles fósiles (88% en 2005), el resto del balance global de energía comercial es aportado a partes aproximadamente iguales por la energía nuclear y las fuentes renovables, en especial la hidroelectricidad.

Tendencias de la energía nuclear
La energía nuclear, que apenas representaba 1% del balance de energía comercial en 1973, llegó a aportar 5% en 1985 y desde entonces se mantuvo en torno a 6%, debido a la pérdida de dinamismo de este segmento energético en los últimos 30 años por razones económicas, ambientales, entre otras, que eclipsaron el auge registrado hasta comienzos de la década de los ochenta.

En los últimos 25 años el aporte de la energía nuclear a la generación mundial de electricidad se ha mantenido en torno a 16%. En noviembre de 2006 existían 442 plantas nucleares en operación, con una capacidad instalada de 371 GWe. De las unidades en operación, 103 estaban en EE.UU., 59 en Francia, 55 en Japón y 31 en Rusia [IAEA, 2006] (Anexo 13).

Los principales productores de electricidad de origen nuclear son EE.UU (30% del total mundial), Francia (16%), Japón (11%), Alemania (6%), Rusia (5%) y Corea del Sur (5%). En general, 85% de la generación de este tipo de electricidad se concentra en los países de la OCDE [BP, 2006].

Los países más dependientes de la energía nuclear para la generación de electricidad son Francia (donde esta fuente aporta 79%), Lituania (70%), Bélgica (56%), Eslovaquia (56%), Ucrania (49%), Corea del Sur (45%), Suecia (45%), Bulgaria (44%), Armenia (43%) y Eslovenia (42%).

En los años más recientes se percibe un renovado interés en esta fuente energética, sobre todo en Asia. Por ejemplo, la India espera una expansión de la capacidad de generación de núcleo-electricidad en ocho veces para el 2022 y China en cinco veces en los próximos 15 años. Existen unas 29 plantas en construcción y muchas otras planeadas en China, India, Japón, Corea del Sur, Rusia, Sudáfrica y EE.UU. [IAEA, 2006].

En los debates internacionales sobre la energía nuclear, una de las aristas más polémicas es la relacionada con las implicaciones ambientales. En las últimas décadas se han dejado sentir las preocupaciones acerca del impacto negativo de los accidentes nucleares, la disposición de desechos, y los peligros de proliferación de armamento nuclear, entre otras. Sin embargo, en los años más recientes se ha potenciado el aprovechamiento de la energía nuclear como una opción de mitigación ante el cambio climático.

Como parte de las tendencias más recientes en el sector energético mundial, también se ha abierto paso la necesidad de fomentar la sostenibilidad energética, a partir del fomento de las fuentes renovables y del ahorro y uso eficiente de la energía a escala global, lo que supone, además, promover la cooperación energética entre países y regiones.

Nuevos retos: la sostenibilidad energética
A partir de los conceptos de desarrollo humano8 y de desarrollo sostenible,9 se pueden identificar tres dimensiones básicas de la sostenibilidad: económica, social y ambiental, como componentes de una misma agenda.

El análisis de los irracionales patrones de funcionamiento del sector energético a nivel mundial, así como sus implicaciones socioeconómicas y ambientales, revelan la necesidad de una reestructuración energética global basada en un paradigma energético sostenible.

Una reestructuración energética sostenible estaría llamada a resolver diversos problemas a escala planetaria, entre los que cabe mencionar:

  • Implicaciones negativas de las tendencias alcistas en el precio de la energía para las economías nacionales.
  • Vulnerabilidad social de amplios sectores de la población mundial, condicionada en alto grado por la escasa cobertura de servicios energéticos fundamentales.
  • Impacto ecológico adverso del sector energético.
  • Acelerado agotamiento de recursos energéticos no renovables, como el petróleo.

Dada la naturaleza global de los problemas económicos y ecológicos que se pretende resolver con una reestructuración energética sostenible, se requieren cambios radicales en los patrones de producción y consumo de energía a nivel global. No obstante, el ritmo y los patrones concretos de este proceso en cada región o país dependerán de las condiciones específicas de cada caso.

Los patrones de una reestructuración energética sostenible se orientan en dos direcciones básicas:

  • Incremento del ahorro y la eficiencia energética.10
  • Desarrollo de las fuentes renovables de energía.

Un factor clave a considerar en este proceso de reestructuración energética es la necesaria cooperación entre productores y consumidores, a partir del principio del trato preferencial a los países de menor desarrollo relativo.

Ahorro y eficiencia energética
Existe un enorme potencial para el ahorro y el uso eficiente de la energía en el mundo, aunque con significativas diferencias cuantitativas y cualitativas entre los países desarrollados y subdesarrollados.

Al relacionar el Índice de Desarrollo Humano (IDH) y el consumo de energía comercial per cápita para un conjunto de 64 países (tanto desarrollados como subdesarrollados), puede observarse que cerca de 60% de los países de este grupo exhiben un IDH mayor que 0,8; es decir, un nivel alto según la metodología del PNUD. Sin embargo, de esos países con alto IDH, la mitad (sobre todo países industrializados) tiene niveles de consumo energético per cápita superiores a las cuatro toneladas equivalentes de petróleo (TEP).11 En este grupo, en que se concentran las mayores reservas de ahorro de energía comercial del mundo, se ubican además de EE.UU. y Canadá, 9 países europeos, 5 países industrializados de Asia-Pacífico y 3 países petroleros del Medio Oriente. Solo tres de los países de la muestra cuentan con un IDH mayor a 0.8 y un consumo per cápita de energía comercial inferior a las dos toneladas (Anexo 14).

Este patrón es muy similar al que resulta de relacionar el Indice de Desarrollo Humano y la huella ecológica12 calculada por WWF, donde la inmensa mayoría de los países con alto desarrollo humano muestran una elevada huella ecológica (Anexo 15).

En el área desarrollada, saltan a la vista las reservas de ahorro y uso eficiente de la energía a partir de los elevados niveles de consumo energético per cápita que tienen estos países. Así, por ejemplo, el consumo de energía comercial por habitante de EE.UU. fue de 7,8 toneladas equivalentes de petróleo en 2005, frente a una media mundial de apenas 1,6 toneladas per cápita.

Si se redujera en una tercera parte el consumo de energía comercial per cápita de los países industrializados, este indicador aún seguiría teniendo un nivel superior en más de dos veces13 al promedio mundial actual. Tal disminución en un tercio del consumo de energía comercial por habitante de los países industrializados de altos ingresos se traduciría en un ahorro de 691 mil millones de dólares, correspondiendo a EE.UU. 48% de ese monto (Anexo 16).

En el área subdesarrollada también se aprecian importantes reservas para el ahorro y el uso eficiente de la energía, cuyo aprovechamiento supone cambios tecnológicos significativos. Cabe recordar, por ejemplo, que el consumo ineficiente de los combustibles tradicionales de la biomasa y la utilización de tecnologías obsoletas de producción y consumo tiende a elevar la intensidad energética14 de estas economías.

La inmensa mayoría de las naciones subdesarrolladas ha sido severamente afectada por los altos precios de los hidrocarburos, debido a su elevado grado de dependencia del crudo importado. Como promedio, en los países subdesarrollados importadores netos de petróleo el consumo petrolero por unidad de PIB generado (intensidad petrolera) es el doble que el correspondiente a los países desarrollados, lo que revela una mayor vulnerabilidad ante el incremento de los precios del crudo importado.

Tomando la intensidad petrolera de la OCDE en 2002 como igual a 1, el nivel correspondiente a un grupo seleccionado de países subdesarrollados importadores de petróleo se comportó como sigue, en ese año: Brasil (1,4 veces), China (2,3 veces), África (2,3 veces), Tailandia (2,4 veces) e India (2,9 veces). Además, la intensidad petrolera de estos países tiende a crecer en la medida en que los combustibles comerciales desplazan a los tradicionales.

Así las cosas, no cabe dudas que el ahorro de energía, basado en patrones más racionales de consumo y en tecnologías energéticas más eficientes, podría resultar una pieza clave de la reestructuración energética sostenible, que rompa el ciclo vicioso del enfoque ofertista que está orientado preferentemente al aumento de la oferta de energía sin considerar debidamente la administración sostenible de la demanda.

Fuentes renovables de energía
A pesar de sus grandes potencialidades para propiciar un desarrollo energético sostenible, las fuentes renovables de energía aún tienen una presencia muy limitada en el balance energético global.

Según estimaciones recientes, estas fuentes representan alrededor de 17% del balance global de energía primaria; y de esa proporción 9% corresponde a la biomasa tradicional (leña, residuos de plantas y animales y otros, que se utilizan, sobre todo, por amplios sectores de la población más pobre del Tercer Mundo).15 De 8% restante, 6% corresponde a la hidroelectricidad generada en grandes plantas;16 y apenas 2% a las llamadas «nuevas» fuentes renovables (pequeñas estaciones hidroeléctricas, tecnologías modernas para la utilización de bioenergía, energía eólica, solar y geotermia).

Paradójicamente, como ya se ha mencionado, las fuentes no renovables como los combustibles fósiles aportan 78% del consumo mundial de energía primaria (petróleo: 33%, carbón: 24% y gas natural: 21%) y la energía nuclear contribuye con 5%.

Este contraste entre disponibilidad (reservas) y utilización real de los distintos portadores energéticos con un claro sesgo hacia las fuentes no renovables resulta particularmente alarmante en un contexto como el actual en que los precios de los hidrocarburos se han disparado en los mercados internacionales, y en que se han agravado los problemas ambientales globales vinculados a las emisiones contaminantes del sector energético, como el reforzamiento del efecto invernadero, la contaminación urbana y la lluvia ácida, entre otros.

En medio de estas realidades, aumentan las presiones para promover las fuentes renovables, y consecuentemente la dinámica inversionista en este sector ha aumentado a un ritmo promedio anual de casi 18% entre 1995 y 2004. Las inversiones en fuentes renovables en 2004 (excluyendo a la hidroelectricidad de gran escala) totalizaron 30 mil millones de dólares,17 lo que representa 20-25% de lo invertido globalmente en la generación de electricidad.

El segmento más dinámico de las fuentes renovables en los últimos años ha sido la tecnología solar fotovoltaica conectada a la red eléctrica, cuya capacidad instalada se incrementó a razón de 60% anual en 2000-2004; y en segundo lugar se ubica la eoloelectricidad con un crecimiento anual de 28% en igual período.18

El 23% de la capacidad instalada globalmente para la generación de electricidad corresponde a fuentes renovables (19% corresponde a la hidroelectricidad en gran escala y el restante 4% a las «nuevas» fuentes renovables).

Una tendencia notable en esta área corresponde a los biocombustibles (etanol y biodiésel), cuya producción excedió los 33 mil millones de litros en 2004, con perspectivas de seguir creciendo. La expansión de la producción de etanol en Brasil, a partir de la caña de azúcar, se ha visto relanzada en los últimos años con la introducción de los vehículos flexibles,19 que han llegado a representar 75% de las nuevas ventas de autos en ese país. El programa de etanol brasileño (Proalcohol) se inició en 1975 cuando el país importaba alrededor de 90% de sus necesidades de petróleo20 y en 2005 la producción de etanol alcanzaba los 16 mil millones de litros. Brasil cubre más de 50% de las exportaciones de etanol y proyecta duplicar sus ventas externas para 2012 (OPEC, 5-6/2006).

El debate más reciente acerca de los biocombustibles dedica especial atención a los desafíos sociales y ambientales asociados a la producción de estos portadores energéticos (ver epígrafe: Biocombustibles y subdesarrollo en este trabajo). En un entorno nacional marcado por una muy desigual distribución de la tierra, el programa Proalcohol, por ejemplo, ha recibido fuertes críticas de movimientos sociales brasileños por sus elevados costos sociales (mala calidad de vida de los trabajadores cañeros) y ambientales (uso intensivo de agroquímicos, efectos derivados de la quema de la caña y afectaciones para ecosistemas sensibles), entre otros.

Si bien se ha registrado un rápido desarrollo de tecnologías modernas y más eficientes para el aprovechamiento de las fuentes renovables, sobre todo en países desarrollados y de industrialización reciente, los progresos ulteriores en esta área se ven eclipsados por los grandes subsidios que continúan favoreciendo los combustibles fósiles (unos 150-250 mil millones de dólares por año) y a la energía nuclear (16 mil millones de dólares anuales), según estimados de Naciones Unidas y de la Agencia Internacional de Energía (AIE) [REN21, 2005].

Son pocos los países del Tercer Mundo (como China, la India y Brasil) que ocupan posiciones cimeras en la utilización de tecnologías modernas para el aprovechamiento de las energías renovables y esas experiencias no siempre han estado exentas de desafíos y contradicciones. Solo Chinaaporta 23% de la capacidad de generación eléctrica mundial a partir de «nuevas» fuentes renovables (53% del monto correspondiente al conjunto de los países subdesarrollados)21 y 13,6% de la hidroelectricidad en gran escala utilizada globalmente (29% del nivel correspondiente a países del Tercer Mundo).22 Además, este país cuenta con más de la mitad de la capacidad mundial de generación eléctrica a partir de pequeñas hidroeléctricas; y 60% de la capacidad existente de equipos para el calentamiento de agua y generación de calor a partir de energía solar. Por su parte, la Indiaocupa el cuarto lugar por su capacidad para generar eoloelectricidad, después de Alemania, España y EE.UU.; en tanto que Brasil se ubica entre los grandes productores mundiales de hidroelectricidad yes el líder mundial en la producción de etanol a partir de la caña de azúcar.

En la inmensa mayoría de los países subdesarrollados el contraste entre el progreso de las fuentes renovables de energía y el potencial existente para desarrollar esos portadores energéticos es mucho más marcado que en los países industrializados, debido a las serias restricciones tecnológicas y financieras que enfrenta la inmensa mayoría los países del Sur. Se estima que el flujo de financiamiento público, tanto multilateral como bilateral, que reciben estos países para el desarrollo de fuentes renovables apenas se acerca a los 500 millones de dólares anuales; es decir, una cifra equivalente a 0,1% de los pagos anuales del Tercer Mundo por concepto de servicio de su deuda externa.23 Según registros de REN21 (2005) apenas 14 países subdesarrollados (frente a 34 desarrollados) cuentan con alguna variante de política para promover las energías renovables.

La experiencia histórica ha demostrado que los países que más se han rezagado en el desarrollo de fuentes renovables de energía y en el aprovechamiento de las reservas de eficiencia energética han tenido que pagar los mayores costos en períodos de altos precios de los combustibles convencionales como el petróleo.

La mayor parte del Tercer Mundo, sobre todo aquellos países más pobres que son importadores netos de energía, muestran un escenario muy sombrío, donde las tendencias alcistas de los precios de los hidrocarburos se combinan con las implicaciones adversas de una creciente deuda externa, un incremento de los precios de los alimentos y una creciente vulnerabilidad económica, social y ambiental. En este contexto, los precios de los alimentos se han incrementado, adicionalmente, como resultado de los planes de expansión de los biocombustibles a partir de cultivos como la caña de azúcar, los cereales, la soja y otros.

Sin políticas de intervención que favorezcan las fuentes renovables, su participación en el balance global durante las próximas décadas no aumentará significativamente. Hasta el momento, las inversiones en Investigación y Desarrollo (I + D) con fines energéticos de los países industrializados han favorecido sobre todo a los combustibles fósiles y a la energía nuclear en detrimento de las fuentes renovables. Así, por ejemplo, la inversión pública total en tecnologías energéticas en países de la OCDE en 1987-2002 ascendió a unos 291 mil millones de dólares y se destinaron en 50% a la energía nuclear, 12,3% a los combustibles fósiles y apenas 7,7% a las fuentes renovables.24

Biocombustibles y subdesarrollo
Como se ha expresado antes, la bioenergía, en general, y los biocombustibles, en particular, son una fuente renovable de energía y su utilización racional y equilibrada, en función de prioridades económicas, sociales y ambientales de algunas regiones y países —con condiciones para su producción—, puede contribuir a la mitigación del cambio climático y al desarrollo sostenible. Sin embargo, la actual fiebre de los biocombustibles, a los que se ha llegado a llamar el «oro verde», dista mucho de ponderar adecuadamente las dimensiones económicas, sociales y ambientales de este proceso y se inserta en las actuales tendencias globalizadoras como un nuevo mecanismo generador de pobreza y subdesarrollo.

El auge de los biocombustibles, en el contexto más reciente, responde, en gran medida, a los intereses de las transnacionales del agronegocio y la energía, así como de círculos de poder de países desarrollados que buscan atenuar el impacto de los altos precios de la energía, importando desde regiones subdesarrolladas buena parte de los biocombustibles requeridos por el Norte industrializado, sin promover cambios significativos en los patrones actuales de consumo energético.

Para los productores actuales y potenciales de biocombustibles en América Latina, Asia y África, un escenario de exportación de biocombustibles en gran escala implicaría que buena parte de las tierras agrícolas, dedicadas actualmente a la producción de alimentos —e incluso ecosistemas naturales sensibles— serían utilizadas para cultivar materias primas para la producción de combustibles.

De acuerdo con un informe de Worldwatch para llenar con etanol el tanque de un automóvil de 25 galones, se necesita una cantidad de granos suficientes para alimentar a una persona por un año. Con lo requerido para llenar ese tanque por dos semanas, se podría alimentar a 26 personas durante un año.

En un mundo que cuenta con más de 850 millones de hambrientos, este modelo resulta extremadamente excluyente, pues pondría en mayor peligro la soberanía alimentaria y la salud de los ecosistemas en diversas partes del planeta, sobre todo en el área subdesarrollada. Bajo este esquema, los países del Tercer Mundo aportarían la tierra y su fertilidad, mano de obra barata y se quedarían con todos los daños ambientales provocados por las grandes plantaciones de las que se extraerán los biocombustibles.

Los renovados esfuerzos del gobierno de los EE.UU. a favor de los biocombustibles y el interés por establecer alianzas con países latinoamericanos (como Brasil) para asegurar sus requerimientos futuros en este campo, constituyen otro ingrediente de la estrategia norteamericana de asegurar buena parte de sus suministros energéticos a largo plazo desde Latinoamérica y el Caribe, ya no solo petróleo y gas natural, sino también biocombustibles. Tales alianzas también buscan socavar los esfuerzos de Venezuela por avanzar en un nuevo tipo de integración energética regional, basada en la complementación, la solidaridad y el trato especial a los países de menor desarrollo.

Cooperación energética
Otro eje estratégico de la sostenibilidad energética es la cooperación energética y dentro de esta la que se desarrolla entre países subdesarrollados (cooperación energética Sur-Sur) tiene un papel clave. Debe tenerse en cuenta que si bien la mayor parte de las reservas energéticas mundiales se ubican en los países del Tercer Mundo (sobre todo las fuentes no renovables y algunas renovables como la hidroelectricidad en gran escala), están desigualmente distribuidas, de manera que la inmensa mayoría de los países subdesarrollados son importadores netos de energía.

Después de más de dos décadas de políticas neoliberales que erosionaron considerablemente la actividad de los Estados en el sector energético del Tercer Mundo, una cooperación energética efectiva entre países subdesarrollados pasaría necesariamente por un fortalecimiento del papel de las instituciones estatales en este sector estratégico. De esta forma no solo se recuperaría el control soberano de los recursos energéticos, por parte de los gobiernos de los países productores y exportadores de energía, sino que además se facilitaría la creación de condiciones y capacidades de transporte, almacenamiento y distribución, entre otras, en los importadores de energía del Tercer Mundo, que serían los beneficiarios de los proyectos de colaboración Sur-Sur.

A partir del año 2000, con la firma del Acuerdo Energético de Caracas entre el gobierno bolivariano de Venezuela y numerosos países centroamericanos y caribeños se inauguró una nueva era en la cooperación energética entre países subdesarrollados. Posteriormente, con el surgimiento del proyecto ALBA, este tipo de colaboración ha incorporado nuevos elementos, basados en criterios de solidaridad, que favorecen adicionalmente a los países beneficiarios.

Basado en los preceptos generales del proyecto ALBA, nació la iniciativa PETROAMÉRICA con tres secciones básicas: PETROCARIBE, PETROANDINA y PETROSUR.

El caso de PETROCARIBE resulta paradigmático. A finales de junio 2005, representantes de 14 países del área, incluida Venezuela, suscribieron el Acuerdo de Cooperación Energética PETROCARIBE, en Puerto la Cruz, Venezuela.

El objetivo fundamental de PETROCARIBE, según el Acuerdo suscrito, es «contribuir a la seguridad energética, al desarrollo socioeconómico y a la integración de los países del Caribe, mediante el empleo soberano de los recursos energéticos, todo esto basado en los principios de integración denominada Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA).25

Este Acuerdo destaca el nacimiento de PETROCARIBE «como una organización capaz de asegurar la coordinación y articulación de las políticas de energía, incluyendo petróleo y sus derivados, gas, electricidad, uso eficiente de la misma, cooperación tecnológica,capacitación, desarrollo de infraestructura energética, así como el aprovechamiento de fuentes alternativas, tales como la energía eólica, solar y otras».

El Acuerdo destaca, asimismo, la formación de PDV CARIBE, como una filial de PDVSA para atender los compromisos suscritos y la creación de un Fondo destinado al financiamiento de programas sociales y económicos, con aportes provenientes, entre otras fuentes, de las contribuciones que se puedan acordar de la porción financiada de la factura petrolera y los ahorros producidos por el comercio directo. Este Fondo denominado ALBA-CARIBE contaría con un capital inicial de 50 millones de dólares, aportado por Venezuela.

Entre otras ventajas para los países caribeños, PETROCARIBE garantizaría un vínculo directo que excluye la onerosa intermediación en el comercio petrolero, y el cobro al costo de los fletes derivados de estas operaciones.

Bajo este Acuerdo, que va mucho más allá del Acuerdo de San José (1980) y del Acuerdo de Cooperación Energética de Caracas (2000), la parte de la factura petrolera que sería financiada a largo plazo aumentaría en la medida en que se incrementen los precios internacionales del crudo, llegando a ser de 30% para precios a partir de los 40 dólares por barril, 40% para precios de 50 dólares o superiores; y 50% para precios iguales o mayores a los 100 dólares.

Con precios inferiores a 40 dólares por barril, este financiamiento sería a 17 años (igual que en el Acuerdo Energético de Caracas), incluyendo dos años de gracia; pero si los precios superan los 40 dólares, el plazo de pago se extendería a 25 años, incluyendo dos años de gracia, con una tasa de interés reducida a 1%. Adicionalmente, Venezuela podría aceptar parte de los pagos diferidos en bienes y servicios que oferten los países caribeños (como azúcar, banano y otros), los que pagaría a precios preferenciales.

El nuevo Acuerdo también incorpora con fuerza la variable ambiental al subrayar la necesidad de incluir, junto a los acuerdos de suministro, programas de ahorro de energía, lo que constituye un enfoque energético sostenible que resulta novedoso en el contexto energético regional. Asimismo, se hace énfasis en el papel clave que tendrían los entes estatales en la realización de las operaciones energéticas acordadas.

Como puede apreciarse, este histórico Acuerdo que parte del reconocimiento de los principios de cooperación, solidaridad, trato especial y diferenciado para los países de menor desarrollo, y complementariedad —con estricto respecto a la independencia, soberanía e identidad nacional—, constituye un aporte sin precedentes a la integración regional, con un enfoque solidario e integrador muy diferente al que subyace en el proyecto anexionista del ALCA.

En abril de 2007 sesionó en Venezuela la I Cumbre Energética Suramericana, con la presencia de varios jefes de estado de la subregión. A pesar de los esfuerzos foráneos para tratar de boicotear la reunión, en el contexto de esta Cumbre nació la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y se sentaron las bases para procesos ulteriores de complementación energética en el área.

En sentido general, esta cooperación energética Sur-Sur tiende a favorecer la sostenibilidad energética, a partir de sus múltiples dimensiones. La dimensión económica considera la reducción del impacto adverso de los altos precios de la energía sobre los países importadores de energía más vulnerables; la dimensión social se refiere a la contribución para combatir la pobreza, sobre todo la pobreza energética y en este sentido apunta al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de Naciones Unidas; la dimensión ambiental refleja el impacto ambiental positivo de estas iniciativas, que van más allá del sector petrolero, y consideran la posibilidad de proyectos de eficiencia energética y fomento de fuentes renovables. Adicionalmente, como ya se ha expresado, al revalorizarse el papel del Estado en este estratégico sector se favorece una perspectiva de largo plazo, se potencia el efecto multiplicador del sector energético en otros sectores socioeconómicos y se asegura la soberanía energética.

Resumen
La escalada de precios del petróleo que se registra desde comienzos de este siglo, con un reforzamiento a partir de 2004, ha tenido implicaciones adversas para los países importadores netos de energía. Sin embargo, el grado de las afectaciones varía según los niveles de desarrollo de los países y de su capacidad para enfrentar este nuevo shock petrolero.

Si bien las economías industrializadas muestran una elevada dependencia de los hidrocarburos importados, en la actualidad son mucho menos vulnerables ante los altos precios de la energía que a comienzos de los setenta debido, entre otras razones, a la drástica reducción tendencial en el consumo de energético por unidad de producción, derivada de los cambios estructurales ocurridos en esas economías durante las últimas tres décadas. Por su parte, los importadores de energía del mundo subdesarrollado han sido particularmente golpeados por las más recientes elevaciones de los precios del petróleo, ya que se ha agravado significativamente el deterioro de sus términos de intercambio, en un contexto de gran vulnerabilidad socioeconómica que ha estado dominado por la marginalización de estos países de los flujos comerciales y financieros internacionales.

En períodos anteriores de altas cotizaciones del crudo, como el comprendido entre 1973 y 1985, se estimuló el desarrollo de las fuentes energéticas alternativas al petróleo —como las renovables—, y se progresó significativamente en la reducción de la intensidad energética (sobre todo petrolera), fundamentalmente en los países industrializados. Si bien en las condiciones actuales el avance en esas direcciones ha sido más limitado, la persistencia de los altos precios de los hidrocarburos, unido a las crecientes presiones internacionales para reducir las implicaciones adversas del sector energético sobre el medio ambiente, ponen nuevamente en un primer plano el debate acerca de la necesidad de avanzar hacia una reestructuración energética.

Esta reestructuración del sector energético debe emprenderse bajo criterios de sostenibilidad que promuevan el ahorro y uso eficiente de la energía, así como el fomento de las fuentes renovables; en contraste con las fórmulas neoliberales que han dominado el escenario energético mundial durante los últimos veinte años.

En este contexto, resultan muy preocupantes los intentos más recientes de los países desarrollados, encabezados por EE.UU., que pretenden intensificar a toda costa la producción de biocombustibles —sobre todo en regiones subdesarrolladas—, para satisfacer la creciente demanda energética del Norte industrializado, sin reparar en los efectos adversos que tal variante tendría para los países del Tercer Mundo, tanto en el plano económico como social y ambiental.

Considerando las graves asimetrías que caracterizan a la economía mundial actual, un componente clave para avanzar en una reestructuración energética sostenible es el fomento de la cooperación entre productores y consumidores, a partir de los principios de trato preferencial a los países de menor desarrollo relativo, la solidaridad y la revalorización del papel de Estado en este sector estratégico. En este sentido se inscriben las más recientes iniciativas del gobierno bolivariano de Venezuela, como la creación de PetroCaribe y otros proyectos energéticos regionales dentro de PetroAmérica, bajo los principios del ALBA.

ANEXOS

Anexo 1


Fuente: Elaborado a partir de REN21, 2005.

Anexo 2. Dependencia de combustibles tradicionales

Rango

Relación de países

40-60%

Paraguay, Sri Lanka, Guyana, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Guinea Ecuatorial, Haití, Nigeria, Guinea Bissau.

61-75%

Myanmar, Papua Nueva Guinea, Bangladesh, Sudán, Congo, Zimbabwe, Camerún, Kenia, Gambia, Senegal, Eritrea, Benin, Côte d’Ivoire.

76-90%

Lao, Buthán, Ghana, Togo, Madagascar, Guinea, Tanzania, Malawi, Zambia, Mozambique, República Centroafricana, Mali, Burkina Faso, Níger.

Más de 90%

Camboya, Uganda, Rwanda, R. D. Congo, Burundi, Etiopia, Chad, Sierra Leona.

Fuente: PNUD (2005)

Anexo 3. Balance de energía comercial mundial, 2005

Fuente

%

Petróleo

36

Carbón

28

Gas natural

24

Nuclear

6

Hidro

6

Total

100

Fuente: Elaborado a partir de BP (2006).

Anexo 4


Consumo de energía comercial 1965-2005


Fuente: Elaborado a partir de BP (2006)

Anexo 5. Consumo per cápita de energía comercial en 2003

Grupos de países

Consumo de energía comercial (MTPE)

Población
(millones)

Consumo energético
per cápita (TPE)

Países OCDE de altos ingresos

5 018,7

917,4

5,5

- EE.UU.

2 298,7

292,6

7,9

- Unión Europea

1 697,5

456,9

3,7

- Japón

504,9

127,7

4,0

Países subdesarrollados

3 105,6

5 022,4

0,6

MUNDO

9 800,8

6 313,8

1,6

Fuente: Elaborado a partir de BP (2006) y PNUD (2005).

Anexo 6. Consumo mundial de energía comercial por fuentes (%)

Fuentes

1973

1985

2000

2005

Petróleo

48

39

39

36

Gas natural

18

21

24

24

Carbón

28

29

24

28

Hidro

5

6

7

6

Nuclear

1

5

6

6

Total

100

100

100

100

Fuente: Elaborado a partir de BP (2006).

Anexo 7. Consumo de energía comercial en países desarrollados (%)

Fuentes

1973

1985

2000

2005

Petróleo

52

42

41

41

Gas natural

20

19

23

23

Carbón

22

26

21

21

Hidro

5

7

6

5

Nuclear

1

7

9

10

Total

100

100

100

100

Fuente: Elaborado a partir de BP (2006).

Anexo 8. Consumo de energía comercial en países subdesarrollados (%)

Fuentes

1973

1985

2000

2005

Petróleo

42

35

40

33

Gas

6

10

14

13

Carbón

45

46

35

44

Hidro

7

9

10

9

Nuclear

0

0

1

1

Total

100

100

100

100

Fuente: Elaborado a partir de BP (2006).

Anexo 9

Precios del petroleo WTI, 1998-2006
dolares por barril)


Nota: Se refiere a las cotizaciones mensuales del West Texas Intermediate,
crudo de referencia para EE.UU.
Fuente: Elaborado a partir de Economagic.com: Economic Time Series Page.

Anexo 10

Fuente: BP (2006).

Anexo 11. Petróleo y CO2

Países

Consumo petróleo, % del total

CO2, % de emisiones mundiales

CO2 per cápita, TM

EE.UU.

24,9

24,4

20,1

Canadá

2,6

1,9

16,5

R. Unido

2,1

2,5

9,2

Francia

2,5

1,6

6,2

Alemania

3,3

3,4

9,8

Italia

2,4

1,9

7,5

Japón

6,4

5,2

9,4

Países desarrollados

60,6

63,1

11,1

Países subdesarrollados

39,4

36,9

2,0

Fuentes: BP (2006), PNUD (2005).

Anexo 12.
Ejemplos de economías dependientes del carbón

Fuentes

China

India

Petróleo

21,1

29,9

Carbón

69,6

55,0

Gas natural

2,7

8,5

Hidro

5,8

5,6

Nuclear

0,8

1,0

Total

100

100

Fuentes: BP (2006).

Anexo 13. Reactores nucleares 2005-2006

 

Generación de electricidad de origen nuclear
2005

Reactores en operación
Nov 2006

Reactores en construcción
Nov 2006

Reactores planificados
Nov 2006

Reactores propuestos
Nov 2006

Uranio
2006

 

Mil millones kWh

% e

No.

MWe

No.

MWe

No.

MWe

No.

MWe

ton U

Argentina

6,4

6,9

2

935

1

692

0

0

1

1 000

134

Armenia

2,5

43

1

376

0

0

0

0

1

1 000

51

Bélgica

45,3

56

7

5 728

0

0

0

0

0

0

1 075

Brasil

9,9

2,5

2

1 901

0

0

1

1 245

0

0

336

Bulgaria

17,3

44

4

2 722

0

0

2

1 900

0

0

253

Canadá*

86,8

15

18

12 595

2

1 540

2

2 000

0

0

1 635

China

50,3

2,0

10

7 587

5

4 170

13

12 920

50

35 880

1 294

R. Checa

23,3

31

6

3 472

0

0

0

0

2

1 900

540

Egipto

0

0

0

0

0

0

0

0

1

600

0

Finlandia

22,3

33

4

2 696

1

1 600

0

0

0

0

473

Francia

430,9

79

59

63 473

0

0

1

1 630

1

1 600

10 146

Alemania

154,6

31

17

20 303

0

0

0

0

0

0

3 458

Hungría

13,0

37

4

1 773

0

0

0

0

0

0

251

India

15,7

2,8

16

3 577

7

3 088

4

2 800

20

10 360

1 334

Indonesia

0

0

0

0

0

0

0

0

4

4 000

0

Irán

0

0

0

0

1

915

2

1 900

3

2 850

0

Israel

0

0

0

0

0

0

0

0

1

1 200

0

Japón

280,7

29

55

47 700

2

2 285

11

14 945

1

1 100

8 169

Kazajstán

0

0

0

0

0

0

0

0

1

300

0

RDP Corea

0

0

0

0

0

0

1

950

0

0

0

Corea Sur

139,3

45

20

17 533

1

950

7

8 250

0

0

3 037

Lituania

10,3

70

1

1 185

0

0

0

0

1

1 000

134

México

10,8

5,0

2

1 310

0

0

0

0

2

2 000

256

Holanda

3,8

3,9

1

452

0

0

0

0

0

0

112

Pakistán

1,9

2,8

2

400

1

300

2

600

2

2 000

64

Rumania

5,1

8,6

1

655

1

655

0

0

3

1 995

176

Rusia

137,3

16

31

21 743

3

2 650

8

9 600

18

21 600

3 439

Eslovaquia

16,3

56

6

2 472

0

0

0

0

2

840

356

Eslovenia

5,6

42

1

696

0

0

0

0

1

1 000

144

Sudáfrica

12,2

5,5

2

1 842

0

0

1

165

24

4 000

329

España

54,7

20

8

7 442

0

0

0

0

0

0

1 505

Suecia

69,5

45

10

8 975

0

0

0

0

0

0

1 435

Suiza

22,1

32

5

3 220

0

0

0

0

0

0

575

Turquía

0

0

0

0

0

0

3

4 500

0

0

0

Ucrania

83,3

49

15

13 168

0

0

2

1 900

0

0

1 988

Reino Unido

75,2

20

23

11 852

0

0

0

0

0

0

2 158

EE.UU.

780,5

19

103

98 254

1

1 200

2

2 716

21

24000

19 715

Vietnam

0

0

0

0

0

0

0

0

2

2000

0

Mundial*

2 626

16

442

370,921

28

22,645

62

68,021

161

120,625

65,478

* El total mundial incluye seis reactores de Taiwán con una capacidad combinada de 4 884 MWe, la cual generó un total de 38,4 miles de millones de kWh en 2005 (20% de la generación de electricidad de este territorio). Taiwán tiene dos rectores en construcción con una capacidad combinada de 2 600 MWe.
Fuente: World Nuclear Association, 27 November 2006

Anexo 14

Fuente: A partir de BP (2006) y PNUD (2005).

Anexo 15

Fuente: WWF (2006).

Anexo 16

Fuente: Elaborado a partir de BP (2006).

Notas
1. Se refiere a las pequeñas estaciones hidroeléctricas, tecnologías modernas para la utilización de bioenergía, la energía eólica y la solar. Esta clasificación incluye también la geotermia, que es aportada por fuentes geológicas (de origen no solar), pero aprovecha recursos prácticamente inagotables.
2. Incluye crudo y productos derivados.
3. Incluye crudo y productos derivados.
4. De acuerdo con las más recientes proyecciones de la Agencia Internacional de Energía (World Energy Outlook 2006), la producción convencional de petróleo crudo de los países no miembros de la OPEP alcanzaría su nivel máximo a mediados de la próxima década [IEA-Finfacts, 2006].
5. Terajoule = 1012 joule.
6. Se refiere sólo a las exportaciones de carbón bituminoso y antracita (hard coal) (IEA, 2006).
7. Se refiere sólo a las exportaciones de carbón bituminoso y antracita (hard coal) (IEA, 2006).
8. Ver PNUD. Informes sobre Desarrollo Humano (desde 1990): www.undp.org.
9. Ver The World Commission on Environment and Development. Our Common Future, Oxford University Press, 1987.
10. Según estimados publicados por la Agencia Internacional de Energía (World Energy Outlook 2006), por cada dólar adicional invertido en equipos eléctricos más eficientes, se ahorrarían más de dos dólares de inversiones en generación de electricidad (IEA-Finfacts, 2006).
11. Este umbral de 4 toneladas de petróleo (equivalente) supera en casi 2,5 veces a la media mundial de consumo de energía comercial per cápita.
12. Impacto de la actividad humana sobre el planeta. Según WWF, la huella ecológica de la humanidad se ha triplicado desde 1961; y excede en la actualidad en casi 25% la capacidad del planeta para regenerarse.
13. Más de tres veces en el caso de EE.UU.
14. Consumo energético por unidad de producto interno bruto (PIB) generado.
15. Para el conjunto de los países subdesarrollados los combustibles tradicionales de la biomasa representan alrededor de 35% del consumo de energía primaria (Santamaría, 2004).
16. Los principales productores de hidroelectricidad (a gran escala) en 2005 fueron China (13,6% del total mundial), Canadá (12,2%), Brasil (11,5%)., EE.UU. (9,1%), Rusia (5,9%) y Noruega (4,6%); y dentro de los diez grandes productores de esta hidroelectricidad, los más dependientes de esta fuente para la generación eléctrica eran, según datos de 2004: Noruega (99% de la electricidad tiene su origen en esta fuente), Brasil (83%), Venezuela (71%), Canadá (57%) y Suecia (40%) (BP, 2006; IEA, 2006).
17. El mayor monto de inversiones en ese año correspondió a la generación de electricidad de origen eólico, con 9,5 mil millones de dólares; seguida por la solar fotovoltaica con 7 mil millones de dólares; la hidroeléctrica de pequeña escala con 4,5 mil millones de dólares y la termosolar (para generación de calor y calentamiento de agua) con 4 mil millones de dólares; correspondiendo los restantes 5 mil millones de dólares a la geotermia y a la biomasa. Adicionalmente, cada año se invierten entre 20 y 25 mil millones de dólares en la hidroelectricidad de gran escala (REN21, 2005).
18. Los costos de generación de electricidad de origen solar y eólico equivalen en la actualidad a un 50% de los niveles existentes hace 10 o 15 años (REN21, 2005).
19. Pueden utilizar gasolina, etanol o una mezcla de ambos.
20. Desde 2006 Brasil es prácticamente autosuficiente en petróleo.
21. Datos de 2004 publicado por REN21 (2005).
22. Datos de 2005 publicados por BP (2006).
23. Calculado por el autor a partir de REN21 (2005) y FMI (2006).
24. AIE (2004).
25. Ver «Acuerdo de Cooperación Energética PETROCARIBE», enperiódico Granma, La Habana, 1 de julio de 2005,pp.4-5.

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