Medio ambiente, desarrollo sostenible y políticas energéticas,
con una perspectiva socialista desde América Latina y el Caribe



Dr.C. José Alberto Jaula Botet*

* Doctor en Ciencias y Profesor Titular del Centro de Estudios de Medio Ambiente y Recursos Naturales (CEMARNA), Universidad de Pinar del Río, Cuba
e-mail: jaula@vrect.upr.edu.cu

 

Resumen

El presente trabajo consiste en un estudio contentivo de una visión crítica de las actuales políticas energéticas, que propugnan la utilización de cultivos alimentarios para producir agro-combustibles, a partir de un basamento dotado de apariencia ambiental, con el objetivo de contrarrestar los efectos del vaticinado cambio climático, pero bajo una interpretación ajena a la ciencia ambiental y a favor de perpetuar el predominio del capital sobre los países del Sur; todo ello, frente a una alternativa para construir un nuevo paradigma y conocimiento ambientales, que tributen a políticas energéticas consecuentes con un pertinente y sensato desarrollo sostenible, en los ámbitos de la naturaleza, la sociedad y la economía, que inexorablemente debe converger con las legítimas aspiraciones de los pueblos de América Latina y el Caribe de construir el socialismo.


Palabras clave:

Política energética, impacto ambiental, agrocombustibles, Revolución Energética en Cuba.


Introducción

El conflicto ancestral entre la sociedad y la naturaleza, a consecuencias de los incoherentes modelos de desarrollo civilizatorio impuestos por los seres humanos, ha derivado en una crisis ambiental planetaria, cuyo desenlace se desconoce, junto a la probabilidad de extinción de la especie humana.

En este artículo se evidencian los resultados de las políticas ambientales que desde una perspectiva exclusivamente económica, y en ocasiones social, con la lamentable exclusión de la naturaleza, en virtud de la prevalencia de un conocimiento matizado por la percepción humana y el afán de dominio sobre el medio natural, ha conducido a la degradación de los sistemas sustentadores de la vida en la Tierra.

Tanto ese paradigma ambiental, como la ciencia y la tecnología subordinadas, responden al saber cartesiano, melístico, disciplinar, antropocéntrico, asistémico, reduccionista, sincrónico, digitalizado, positivista, económicamente neoliberal y socialmente injusto, que, entre otras características, las clases dominantes han conseguido imponer desde sus posiciones de poder político, económico y cultural sobre los pueblos hasta el presente.

En el contexto de tanta ignorancia, así como ante la encrucijada suscitada por el desafío de garantizar el abastecimiento de combustibles, ante el dilema de evitar que el calentamiento global de la atmósfera conduzca a catalizar cambios en el clima, con pronósticos catastróficos a mediano y largo plazos para la propia especie humana, en el presente artículo se proponen medidas que, al menos, puedan paliar la «venganza» de la naturaleza sobre su ancestral «verdugo».

Por tal razón, la sociedad planetaria se afana en encontrar soluciones viables en materia energética, aptas para no comprometer el futuro cercano, por lo que en consecuencia se ha apelado a valorar y experimentar con diferentes fuentes alternativas de energía, con el objetivo, además, de sustituir los combustibles fósiles.

Es precisamente, bajo esta argumentación, que ha surgido el concepto de «agro-combustibles», a partir de la utilización de especies vegetales comúnmente cultivadas para la satisfacción de la alimentación humana, ya sea de forma directa o indirecta.
Esta diatriba que se encuentra en medio del debate universal actual, ha sido originada desde las entrañas del capital neoliberal que domina al planeta, y producto de su ignorancia ambiental y también con intención de falsear la verdad ambiental, que quizá haya permanecido oculta, en evitación de que su difusión e implementación conduzca por sus propios derroteros al alcance de una sociedad socialista.

El impacto ambiental de los agro-combustibles

Las fuentes energéticas tradicionales, que a partir de la «Revolución Industrial» experimentaron un vertiginoso desarrollo, han consistido básicamente en los portadores fósiles de energía, especialmente en minerales, como el petróleo, sus gases acompañantes y la hulla, que dado su origen geológico se caracterizan por ser recursos renovables a muy largo plazo, respecto al tiempo histórico en el que se desarrolla el Homo sapiens.

La disyuntiva de la irrenovabilidad a corto o mediano plazos de las citadas fuentes, sumada a los efectos contaminantes que causan al medio ambiente, con el riesgo que presenta en la actualidad el efecto invernadero y el consecuente cambio climático, han acarreado un amplio debate en torno a la perdurabilidad de tales recursos como fuentes de producción de energía.

Como paliativo a este fenómeno y bajo el prisma del conocimiento ambiental reinante en el planeta, ha sido aceptada la apelación a nuevas fuentes energéticas alternativas, como reducción al excesivo uso de los portadores energéticos tradicionales, opciones estas que tienden a evitar el agotamiento de aquellas fuentes tradicionales y, además, a aminorar sus efectos contaminantes.

A su vez, dentro de las fuentes energéticas alternativas, de forma atinada se han considerado los bio-combustibles, fundamentalmente a partir del aprovechamiento económico de la biomasa vegetal, resultado de diferentes procesos de producción y servicios, en los cuales se generan, en calidad de residuos y desechos, como materias primas inadecuadamente dispuestas en el ambiente.

Tal concepción se inserta dentro de los tenores del nuevo conocimiento ambiental por el anhelado y quimérico desarrollo sostenible, por provocar en impactos ambientales relativamente reducidos, toda vez que sustituyen la utilización de recursos naturales de preciado valor para la humanidad, al igual que pueden representar una posibilidad para que no aumente la contaminación ambiental.

En efecto, los bio-combustibles contribuyen a la degradación ambiental, de acuerdo con Bronstein [2007], si bien el etanol produce menos emisiones de carbono, el proceso de su obtención contamina la superficie del suelo y el agua, por el aporte de nitratos, herbicidas, pesticidas y desechos, y el aire con aldehídos y alcoholes que son cancerígenos; todo ello, sin incluir el deterioro ambiental que en la naturaleza, la sociedad y la economía, inducen los cultivos agrícolas convencionales.

Los bio-combustibles con uso ambiental más profuso hasta el presente, han sido los residuos y desechos producidos por las actividades agrícolas, forestales, ganaderas, industriales, domésticas y otras, que lejos de favorecer una reducción sustantiva de la contaminación ambiental, al menos constituyen un atenuante a la escasez de los llamados «combustibles fósiles».

Un ejemplo de bio-combustible muy válido en términos ambientales es el biogás, por constituir un portador energético con escasos residuos y proveer una energía noble al medio ambiente, sin precisar de su combustión y emisión significativa de gases de efecto invernadero, como otras fuentes energéticas de corte semejante.

Pero sin lugar a duda, los portadores energéticos más inocuos al medio ambiente suelen ser aquellos capaces de producir energía «limpia» sin producir impactos negativos al ambiente, debido a lo cual hasta el presente se catalogan entre los más avanzados, aquellos derivados de fuentes energéticas, tales como la solar fotovoltaica, la eólica y la marítima.

En la búsqueda de los combustibles más indicados e para dirigir el desarrollo hacia el alcance de la sostenibilidad (incluidos en la categoría de bio-combustibles), han surgido los agro-combustibles, como otra fuente alternativa a los combustibles fósiles y de expedita obtención desde una perspectiva tecnológica, aunque en modo alguno se erige como solución definitiva a las limitaciones que presentan los combustibles tradicionales.

Tal concepción tiene su principio básico en la necesidad de obtener combustibles de origen vegetal, como el etanol, con el propósito de utilizarlo en el transporte automotor y, por consiguiente, reducir la creciente demanda de gasolina y de petróleo, para prolongar la vida útil de los yacimientos existentes, o por descubrir en el futuro, así como también, en cierta medida, por ser menos aportadores de gases de efecto invernadero y, consecuentemente, menos propensos a favorecer el cambio climático, que los combustibles fósiles.

Existen suficientes elementos para cuestionar la actual práctica que sobre los agro-combustibles se aboga, fundamentalmente, por parte de los países más industrializados, como paliativo a la reducción de los efectivos disponibles y potenciales de hidrocarburos en el planeta, altamente demandados por las esferas que ostentan el poder económico y financiero del mundo.

Como resultado de las experiencias más generalizadas hasta el presente, en torno a los cultivos agrícolas destinados a la producción de agro-combustibles, se encuentran entre otros, la caña de azúcar y el maíz, como también el trigo, el girasol, la colza y la palma aceitera, que, por otra parte, son importantes fuentes de alimentos para seres humanos o animales de cría en diversas partes del mundo en desarrollo. Existen otros cultivos que representan menos aportes alimentarios para los humanos y la ganadería, entre los cuales se encuentran varias especies de oleaginosas, el árbol de Jatropha curcas y el pasto varilla, además de otras especies de gramíneas.

El autor estima que no son muy halagüeñas las expectativas que se cifran por la utilización de carburantes como el etanol y el bio-diésel, en comparación con los muy probables efectos ambientales negativos derivados de la reducción de la disponibilidad de suelos con aceptable capacidad agrológica, el descenso de las ya escasas reservas de agua apta para el riego agrícola, la disminución de los alimentos para los seres humanos y el incremento de los precios de tales productos, así como la amenaza a la biodiversidad agrícola en primer plano, y a la general en el sentido más amplio.

De acuerdo con la Organización de Naciones Unidas [2007], la producción de bio-combustibles a partir de plantas agrícolas, amenaza el derecho a la alimentación adecuada de 854 millones de personas en el mundo, que en la actualidad padecen de hambre, por lo cual, con el incremento de los precios de los alimentos, se podrían provocar nuevas conmociones sociales y políticas, fundamentalmente en las catorce naciones más pobres, donde 35% de la población permanece en tan precaria situación.

El propio informe abunda sobre algunos de los factores que por razón del uso de los agro-combustibles, amenazan a la seguridad alimentaria de la población mundial, según se conoce, como son la demanda de bio-combustibles en sentido general, el cambio climático, la baja productividad y la falta de acceso a los mercados [Organización…, 2007].

De otra parte, se expone por Mittal [2007] que el uso de cosechas para alimentar automóviles, en lugar de seres humanos, estimula la demanda y provoca aumentos de precios en toda la cadena productiva y a través de las fronteras, además del uso intensivo de valiosos recursos como la tierra y el agua, con el fin de alimentar las ganancias de las empresas y del estilo de vida estadounidense, y se extiende a otros millones de personas en todo el mundo.

Todo ello podría suscitar, además, una mayor expansión de la frontera agrícola, a expensas de sabanas y bosques naturales, con el consecuente impacto ecológico negativo, en virtud de su sustitución, por ser destinados a la producción de agro-combustibles.

Tomadas en consideración las estadísticas ofrecidas por el Consejo Mundial de Aguas [2007], se estima que para el 2015 el número de habitantes afectados por la severa escasez de agua, será de 3 500 millones en todo el mundo, a la vez que la demanda de tan vital recurso para ser utilizado en el riego de los agro-combustibles pudiera agravar esa dramática situación.

No menos importante será evaluar las consecuencias que para el incremento del efecto invernadero y del cambio climático, pueda acarrear la transportación a grandes distancias de enormes cantidades de agro-combustibles, tanto en el orden nacional, como transcontinental.

Este panorama es coherente con la política del capitalismo, en su fase de globalización neoliberal, destinada a mantener su dominio hegemónico sobre el resto del planeta, con el objetivo de utilizar sus recursos naturales, humanos, mercados y otras fuentes de influencia en su propio beneficio, sin menoscabo alguno de la pobreza, la ignorancia, la incultura, la injusticia social y la crisis ecológica.

Es obvio, por lo tanto, que las economías más avanzadas del planeta continúen expoliando al llamado Tercer Mundo, exacerbando las condiciones de inequidad e injusticia social, que matizan el sombrío panorama mundial contemporáneo, al proponer una nueva tecnología de opresión y sumisión, al servicio de los monopolios y de los mayores consumidores, que comúnmente no residen en los países del Sur de la Tierra.


El conocimiento ambiental y los agro-combustibles

Como la mayoría de las políticas y acciones del capitalismo, la alternativa de los agro-combustibles a partir de cultivos alimenticios es otra fórmula manipulada por las esferas del poder político y económico, para construir un nuevo capítulo de diversionismo científico y tecnológico, a la vez que edulcora una alternativa que cautiva por sus aparentes buenas intenciones de favorecer a los más humildes y al medio ambiente en su conjunto.

Una vez más hace acto de presencia la manipulación de la ciencia y de la tecnología, nutrida de profesionales asalariados del propio capital, en función de falsear los fundamentos que sostienen la utilización de dichos agro-combustibles, así como de sus implicaciones reales para la población planetaria y el medio ambiente.

La teoría y la práctica que sostienen la propuesta de los agro-combustibles a partir de cultivos de alimentos para el ser humano y la ganadería, no han ofrecido otro resultado que aquel derivado de una interpretación sesgada ex profeso, del conocimiento ambiental pertinente a la sostenibilidad, a solicitud expresa del capital y como herramienta de poder y de dominio sobre los pueblos del mundo en desarrollo.

El discutido éxito que se le atribuye a los agro-combustibles, tampoco rebasa el umbral del conocimiento ambiental, y apenas alcanza la calificación de tecnología seudo-ambiental, por excluir en su concepción y alcance los atributos que se interpretan científicamente para avalar un futuro desarrollo sostenible.

Bajo el prisma de un sensato juicio ambiental, no caben dudas de que el concepto actual que prevalece sobre los agro-combustibles y sus efectos, se aparta de los más elementales principios que prevalecen respecto a la actuación humana dentro del sistema ambiental.

Dados los citados antecedentes, el aporte de los agro-combustibles no evidencia una correspondencia con los referentes que deben caracterizar al nuevo saber ambiental [Jaula, 2002, 2004 y 2006], en tanto se estima como una solución muy parca a la problemática actual que enfrenta la humanidad, y que a continuación es objeto de un somero análisis.

Ante todo, se reconoce del carácter sistémico que caracteriza a los estudios sobre el medio ambiente; sin embargo, no se le ofrece semejante enfoque a los agro-combustibles (recurrentemente abordado de forma disciplinar) en su inexorable inserción en el sistema ambiental.

Lo anterior evidencia la necesidad de reconocer al sistema ambiental a escala general, conformado por la sinergia que se deriva de la interacción de los grandes sub-sistemas de la naturaleza, la sociedad y la economía, que a su vez se encuentran constituidos por innumerables sub-sistemas, sin que alguno de ellos funcione independiente de los demás que conforman el sistema ambiental.

El medio ambiente, como sistema, precisa abarcar la totalidad de los elementos y fenómenos que determinan toda la trama de la vida en el planeta, y para ello se debe estudiar en los múltiples sistemas a diferentes escalas y contextos, en los cuales se produce el perenne estado de equilibrio dinámico evolutivo, donde se realiza el recurrente intercambio de materia, energía e información, que sostiene el funcionamiento de los sistemas ambientales.

Por su basamento melístico, el concepto de agro-combustible se riñe con una solución ambiental eficaz a escala global, por cuanto con independencia del alcance de ciertos logros locales, el conjunto de los mismos en el proceso de producción, de transporte, en el mercado y el consumo de tales portadores energéticos, debe continuar aportando gases de efecto invernadero a la atmósfera planetaria y, por lo tanto, no contribuye significativamente a una reversión efectiva del cambio climático a escala global.

Todo ello tampoco contribuye a la disminución de los impactos ambientales negativos que se producen en los suelos, las aguas, el aire atmosférico, el paisaje, la sociedad y la economía local, además del ambientalmente nefasto monocultivo.

La visión disciplinar que pretende soportar la propuesta de los agro-combustibles, carece de la necesaria transdisciplinariedad que debe identificar al saber ambiental, con la inexorable concurrencia de áreas cognitivas, como aquellas referidas al respeto de la capacidad de sostenibilidad de cada tipología de agro-sistema, a la diversidad de cultivos, a la variedad de los paisajes, a la conservación de la biodiversidad agrícola, al control biológico, a la diversidad de alimentación y de satisfacción de otras necesidades por la población rural local, además del mantenimiento incólume del sistema económico predominante con la gran externalización de lo ambiental.

Muy distante del saber ambiental que se precisa para adecuar de forma pertinente la adopción de los agro-combustibles eficientemente dentro de los referentes hacia la sostenibilidad, se reconoce por este autor la insuficiente existencia de la formación ambiental universitaria correspondiente, dada la prevalencia de muchas carreras universitarias con denominaciones ambientales y con apariencia de estudios trans-disciplinares, que en la mayoría de los casos apenas rebasan a duras penas el umbral de las ciencias disciplinares que les han dado origen.

Hoy existen diversas carreras universitarias con la denominación de «ciencias ambientales», que en todo caso solamente consisten en estudios inter-disciplinares, como pueden ser la biología ambiental, la economía ambiental o la sociología ambiental, entre otras, que no cubren el espectro del conocimiento ambiental, que insoslayablemente debe ser trans-disciplinar.

Tampoco abundan los estudios sobre energética ambiental, que resulten pertinentes con el conocimiento de los sistemas ambientales, lo cual es una evidente carencia al considerar a los agro-combustibles con enfoque de sostenibilidad.

De otra parte, el enfoque antropocéntrico de los agro-combustibles es contradictorio con respecto al conocimiento ambiental que hoy reclama el planeta, en virtud de que se basa enuna posición netamente humana, como si el resto del ambiente estuviese sumido única y exclusivamente al pensamiento y a la actuación de una sola especie. Hasta el presente, el conocimiento tradicional ha contribuido más que a favorecer el ambiente, a degradarlo, al extremo de poner en peligro su propia supervivencia como especie.

En oposición al enfoque que sostiene la alternativa de los agro-combustibles, se precisa de una posición más ambiocéntrica, que coloque al ser humano insertado en el ambiente al cual pertenece y que propenda con sus acciones de desarrollo, a contribuir al beneficio de todo el ambiente y no solamente a una especie dentro de lo infinito, de lo biótico y abiótico presente en el sistema ambiental planetario, que reclama por una urgente atención.

Por otra parte, la imposición de las especies vegetales para agro-combustibles sobre suelos por la simple marginalidad o desocupación de los mismos, hasta incluso por el análisis de su capacidad agrológica, se contrapone a un saber ambiental pertinente, que precisa de la evaluación de la capacidad de respuesta del suelo a dichos cultivos, o lo que es lo mismo, identificar el grado de aceptación de esas y no de otras especies a dichas nuevas condiciones.

La visión al corto plazo implícita en la utilización masiva de los agro-combustibles, también se aparta del enfoque ambiental del desarrollo sostenible, por cuanto consiste en una solución paliativa y circunstancial, sin perspectivas de que pueda ser sostenida en el tiempo, debido a que, por ejemplo, las nuevas tecnologías que puedan ser capaces de producir energías «limpias», se podrán satisfacer el vacío científico y tecnológico en esta esfera.

En el sub-sistema económico del ambiente, los agro-combustibles se insertan como un resultado más de la economía excluyente de lo ambiental, en la cual la naturaleza y sus recursos se encuentran subordinados a los mecanismos del mercado. Un nuevo conocimiento ambiental no debe desconocer que, en todo caso, debne ser la naturaleza y sus recursos los regentes del mercado, y no a la inversa.

Tampoco el sub-sistema económico imperante, con la masificación de la producción de agro-combustibles, persigue el objetivo de desterrar la pobreza que afecta el paisaje mundial, sino por el contrario, los mayores dividendos económicos engrosarán las arcas de los centros de poder, en lugar de redistribuir la riqueza planetaria a toda la población.
Por otra parte, el sub-sistema social del ambiente, acoge a los agro-combustibles a manera de una continuación de la inequidad e injusticia que prevalece en la mayoría de la población del planeta, sencillamente por no incluir el acceso pleno de la población del orbe a disfrutar de los plenos derechos básicos para subsistir en condiciones dignas y jurídicamente plenas.

Otra arista de la problemática inherente a la expansión de los agro-combustibles, se refiere a la satisfacción del «consumismo» por parte de la población rica del planeta, en contraposición con un enfoque equilibrado y justo del consumo mundial.

De igual forma, la aspiración del mundo industrializado de satisfacer sus demandas de combustible para los automóviles, que constituyen una de las mayores fuentes de consumo de combustibles fósiles y de contaminación de la atmósfera, no puede generalizarse a la totalidad de la población mundial. En cambio, la civilización contemporánea debe cifrar sus expectativas hacia la reducción de la cantidad de automóviles por persona en el Primer Mundo, así como al incremento de los medios alternativos y colectivos de transportación, que generen menor impacto negativo al medio ambiente.

Si en la actualidad el conocimiento seudo-ambiental que pretende fundamentar el uso de los bio-combustibles, como una medida curativa ante la severa crisis ambiental prevaleciente; de otra parte, un sensato saber ambiental enfocado hacia la sostenibilidad, por el contrario, debe abogar por acciones también preventivas, en evitación de la aparición de nuevos impactos ambientales.

En otro orden, colocar las actuales tecnologías seudo-ambientales como argumentación para incrementar los agro-combustibles, deplora la aspiración de un nuevo conocimiento ambiental, por la investigación científica y la innovación tecnológica, a favor de acceder a pertinentes tecnologías que no produzcan impactos nefastos al medio ambiente.

En el contexto de la cultura ambiental, la aparición de los agro-combustibles también puede implicar el riesgo de imponer sus modelos de producción y de subsistencia, en detrimento de la cultura agropecuaria tradicional, correspondiente al patrimonio ancestral de pueblos y comunidades campesinas e indígenas en todo el orbe.

No se deben descartar los beneficios económicos que a corto plazo representan estos portadores energéticos para cifras elevadas de agricultores, cuyas ganancias se destinan mayormente a los propietarios de grandes extensiones de suelos, y de las empresas dedicadas a la comercialización y venta de los combustibles, sin que semejante tributo llegue a la mayoría de los obreros agrícolas y a los pequeños agricultores que se sumen al cultivo de dichas plantas.

La adopción de una estrategia para producir agro-combustibles, que resulte compatible con un conocimiento ambiental en la búsqueda de un futuro desarrollo sostenible, obliga a excluir a los cultivos para la alimentación humana, mientras que impere el hambre y la pobreza en el planeta.

Por cuestión de ética elemental con la propia especie humana, en coincidencia con Castro [2007], no se debe permitir que los alimentos sean convertidos en energéticos para viabilizar la irracionalidad de una civilización que, para sostener la riqueza y los privilegios de unos pocos, incurre en un brutal ataque al medio ambiente y a las condiciones ecológicas que posibilitaron la aparición de la vida en la Tierra, amén de la condena a muerte prematura por hambre y sed a más de 3 000 millones de personas en el mundo.

El modesto ejemplo cubano

La República de Cuba, país en vías de desarrollo con 11,5 millones de habitantes y una superficie algo superior a los 114 mil kilómetros cuadrados, inmerso en una difícil situación económica y financiera, así como carente de recursos energéticos, ha encarado el desafío de una «Revolución Energética» sin paralelo en el mundo contemporáneo, implementada para poder enfrentar el continuado ascenso de los precios de los hidrocarburos en los últimos años.

Obviando por principios la exclusión de los agro-combustibles dentro de la proyección estratégica del país para sortear los obstáculos de la severa limitación energética, Cuba ha apelado a un programa de incremento sustantivo del ahorro de energía, que compulse la reducción de importaciones de combustibles y carburantes, que se inició en el 2005, y aún continúa en desarrollo.

En el marco de las acciones ejecutadas hasta el presente dentro de la Revolución Energética, se realizó la total sustitución de las luminarias incandescentes por fluorescentes, así como el reciclaje masivo de todos los equipos eléctricos, ya sean domésticos, comerciales, industriales, de transporte y de uso social, por otros análogos de menor insumo y mayor eficiencia energética.

Se han distribuido a la población más de 22,5 millones de equipos electrodomésticos, con lo cual, además, se logró beneficiar a 75% de los núcleos familiares que solamente disponían de equipos de kerosén para la cocción de sus alimentos.

Se han instalado casi cinco mil grupos electrógenos de emergencia para evitar los «apagones», ofrecer vitalidad a instalaciones clave de orden social y económico, y asegurar el servicio eléctrico en situaciones extremas, provocadas por huracanes y otros fenómenos o catástrofes naturales.

En la eliminación del déficit de generación eléctrica y la creación de nuevas capacidades, un elemento fundamental ha sido la instalación de motores diésel y de fuel oil; es decir, la llamada generación distribuida por territorios y el logro de su independencia del Sistema Electroenergético Nacional (SEN).

De otra parte, se realizan importantes inversiones para incrementar el empleo del gas acompañante del petróleo, de los recursos hidroenergéticos y de la energía eólica en la generación de electricidad.

También ha sido posible reducir las pérdidas en la transmisión de electricidad, incrementar la producción de cables y de transformadores eléctricos, y se están mejorando las redes de distribución de esa energía, así como eliminar las zonas de bajo voltaje.

Con estas acciones, la Revolución Energética emprendida en Cuba ha logrado la total eliminación de los «apagones» por déficit de generación eléctrica, y su resultado integral general ha influido positivamente en la calidad de vida de la población; en la disminución de la contaminación ambiental; también, ha significado una modesta contribución al enfrentamiento a los graves problemas asociados al cambio climático; un giro radical en los conceptos de generación y uso de la energía, el ahorro sustantivo de combustible y la disminución de las importaciones de combustibles para generar energía eléctrica.


Conclusiones

La puesta en práctica de forma masiva y ambientalmente incongruente del cultivo de los agro-combustibles, no constituye una práctica consecuente con el conocimiento ambiental enfocado hacia el desarrollo sostenible, sino por el contrario, por las implicaciones negativas que supone para el sistema ambiental, abordado en sus mayores sub-sistemas de la naturaleza, la sociedad y la economía, debe acelerar significativamente el deterioro ambiental que experimenta el planeta.

Una alternativa plausible para acceder a la utilización de los agro-combustibles, puede consistir, según el autor, en la utilización de desechos agrícolas, de residuos de cosechas, de cultivos agrícolas, de aserrín y otros residuos de aserraderos de maderas, de residuales orgánicos diversos y de plantaciones de especies vegetales no comprometidas con la alimentación humana, todos con aceptable potencialidad para la producción de biomasa.

Por supuesto, para el fomento de tales especies destinadas a la producción de agro-combustibles, además deben ser seleccionados suelos con reducidas demandas hídricas y baja fertilidad, de manera que se encuentren descartados de la producción agrícola de alimentos con destino humano.

Una solución sensata desde la perspectiva medioambiental para encarar exitosamente el desafío energético, consiste en realizar acciones que consideren los aspectos de la naturaleza, la sociedad y la economía.

Sin ánimo de ponderar el aporte cubano frente al debate que impone el desafío planetario de contribuir a aplacar los efectos del cambio climático, se logra constatar la marcada diferencia entre los basamentos ambientales de los programas derivados de los diferentes sistemas socioeconómicos conocidos hasta el presente, donde el capitalismo intenta imponer al mundo una visión distorsionada e incongruente del saber ambiental, con el pretexto de propender a las aspiraciones de la humanidad al desarrollo sostenible, signado por un enfoque embustero para continuar dominando al mundo, mientras que en el socialismo se aboga por una interpretación científica pertinente del conocimiento ambiental, con un tributo objetivo a la anhelada sostenibilidad, que incluye en su conjunto a la naturaleza, la sociedad y la economía.


Bibliografía

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