Los Buchillones: un tesoro arqueológico


Por
Omar Jesús Fernández Pérez* y Tania Pérez Pérez**

Los avileños hurgan
en las señales
de sus ancestros
para incorporarlas
a su camino solar

 

Desde los años cuarenta del pasado siglo, cuando aficionados a la arqueología descubrieron y colectaron las primeras piezas —ninguna de madera—, el sitio arqueológico Los Buchillones, próximo al poblado de Punta Alegre al norte de Ciego de Ávila, comenzó a llamar la atención de especialistas en la materia. Resaltamos el dato sobre la no existencia —hasta ese momento— de piezas de madera, porque era una especie de «asignatura pendiente» de la arqueología insular: a pesar de conocerse que buena parte del mundo material de los llamados grupos taínos estaba asociado a la madera, la Arqueología no había podido ofrecer mayores detalles, en este caso debido a
la poca durabilidad de ese material en ambientes tropicales como el cubano. Por tal motivo, los objetos elaborados con madera que se habían recuperado constituían una fuente documental muy reducida.

Durante la década de los ochenta se efectuaron varias acciones en la zona, iniciadas por la Academia de Ciencias de Cuba en coordinación con la Dirección de Patrimonio de la provincia. La primera excavación controlada se realizó en 1983 por especialistas del territorio, seguida por dos similares en 1984 y 1989, con la participación de expertos del Departamento Centro Oriental de Arqueología del CITMA en Holguín. Estas investigaciones incluyeron una caracterización arqueológica de la zona y se determinó la presencia de recipientes de cerámica y otros objetos generados por un asentamiento permanente de los llamados grupos taínos, conocidos también en Cuba como agroceramistas o comunidades agricultoras. O sea, nada que no hubiera sido encontrado en otras zonas del país y la región caribeña. ¿Y la madera? Seguía sin aparecer.

Sin embargo, en 1990 un hallazgo fortuito realizado por dos pescadores de la comunidad de Punta Alegre fue el inicio de lo que se convertiría en uno de los más grandes acontecimientos de toda la arqueología insular caribeña: habían descubierto en una zona pantanosa, bajo el agua y cubiertos por una capa de lodo de más de 25 cm de espesor, numerosos objetos ceremoniales, herramientas y utensilios de madera de uso cotidiano. ¡¡¡Imposible!!!, exclamaron los arqueólogos. ¿Bajo agua?, cuestionaron; ¿y de madera?: ¡¡¡Escándalo!!!

 




 

Las condiciones climáticas de las islas caribeñas, entre las que se cuenta la excesiva humedad ambiental, no son precisamente favorables para la conservación durante siglos
de objetos de madera. Más aún, el número de piezas encontradas triplicaba el total de las detectadas en el archipiélago cubano y superaba la cantidad reportada en todas las Antillas Mayores. Aquello debía ser dilucidado. Y lo fue.

En la primavera de 1994, arqueólogos de la Academia de Ciencias de Cuba, dirigidos por
el Dr. Jorge Calvera Rosés, realizaron los primeros trabajos para comprobar in situ la autenticidad de las piezas, ante las dudas surgidas sobre el particular. El lugar donde aparecían, denominado La Laguna, y manejado como un sitio independiente dentro del área arqueológica, que incluía el yacimiento en tierra firme tradicionalmente conocido como Los Buchillones, se ubicaba a una distancia aproximada de 700 m del territorio seco históricamente conocido.

Un equipo de especialistas, dirigido por el Dr. Calvera y el Dr. David M. Pendergast, de la Universidad Colegio de Londres, utilizando una metodología de análisis única de su tipo en Cuba comprobó, catalogó y documentó la pertenencia a los grupos aborígenes de una de las colecciones arqueológicas más importantes del Caribe. Se determinó, además, que la conservación de las piezas dependía fundamentalmente del alto contenido de azufre presente en el lodo que las cubría, inhibidor excelente del desarrollo de hongos, bacterias y otros organismos destructores de la madera. En un estudio realizado por la Dra. Raquel Carreras Rivery, del Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de Ciudad de La Habana, se identificó el uso predominante del guayacán, así como de la caoba, el ébano y el jiquí. Gracias a la colaboración del Museo Real de Ontario en Canadá y la Universidad Colegio de Londres se realizaron fechados radiocarbónicos que ubicaron los objetos en un período entre los siglos xiii y xvii, lo que reafirmó su autenticidad.

Pero otro elemento contribuiría a realzar la importancia de este sitio arqueológico y convertirlo en un lugar único en todo el Caribe insular: el hallazgo de numerosos restos de estructuras de madera, o más claramente, de casas aborígenes. Se han encontrado postes de distintos diámetros y tamaños, fragmentos de techo, restos de un fogón, diversos utensilios de madera y cerámica, como bandejas, asientos ceremoniales, ídolos e, incluso, parte de una canoa. Se han documentado estructuras de al menos seis viviendas, las más completas y mejor conservadas de todo el Caribe. El total de piezas cuantificadas asciende a más de un millar y hablan de la posibilidad real de encontrarnos frente a los restos de lo que fuera un amplio e importante centro de población aborigen, posiblemente un cacicazgo, lo que proporciona un alto valor científico a la región.
Además, se emplearon —por vez primera en todo el Caribe— novedosos métodos de excavación, como un sistema de diques construido con sacos de arena para desecar y convertir en humedales diversas secciones de la albufera, el mar y el canal de comunicación entre ambos cuerpos de agua, sin alterar la disposición original de las evidencias.

Y esto parece ser solo el comienzo. Nuevas sorpresas esperan por los especialistas en un sitio que, desde ya, puede catalogarse como un verdadero tesoro arqueológico.

* Licenciado en Español y Literatura.
Centro de Investigaciones de Ecosistemas Costeros, Ciego de Ávila.
** Ingeniera en Control Automático. Delegación Territorial del CITMA, Ciego de Ávila.
e-mail: omar@ciec.fica.inf.cu y tperez@citma.fica.inf.cu