Un experimento histórico



Por
Miguel González Royo*



Para contribuir al desarrollo científico-tecnológico no es suficiente saber sólo de ciencia;
se debe conocer también sobre
la propia ciencia.

 

No es la primera vez que aparecen en páginas de Energía y tú un artículo sobre la energía del mar, y en particular sobre la obtención de electricidad a partir de la diferencia de temperatura entre las aguas profundas y superficiales del océano, lo que se conoce también como gradiente termooceánico.

No es tampoco la primera vez que aparece referenciado el experimento que en las aguas profundas de la bahía de Matanzas realizara en 1930 el científico e inventor francés Georges Claude, poseedor ya, en ese entonces, de sólidos avales científico-tecnológicos, entre los que se encuentran sus trabajos sobre un método para la transportación del acetileno (1877), el procedimiento para la liquefacción del aire (1897), la invención de los tubos de luz neón (1910), un método para la síntesis del amoniaco (1917), la predicción
de la utilización del oxígeno líquido en la siderurgia y otras aplicaciones, así como en particular sus trabajos teóricos y experimentales sobre la explotación de la energía
térmica de los océanos que comenzaron, a pequeña escala, en 1926.

Sin embargo, es la primera vez que esta revista publica el texto íntegro de la conferencia leída por Claude en la entonces Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de
La Habana, el 9 de octubre de 1930, que a modo de conclusión y de forma muy descriptiva, certera y amena, expone «de primera mano» los antecedentes y el desarrollo de la realización exitosa de su experimento, que por ser el primero de su tipo realizado
a esa escala en aguas oceánicas, no estuvo exento de dificultades tecnológicas y financieras,y de eventos naturales y errores humanos no previsibles. La acogida y facilidades brindadas por autoridades, instituciones y científicos del país, así como la calificación y el esfuerzo de ingenieros, técnicos y obreros cubanos que participaron
en el experimento, se reconocen también en su conferencia.

La primicia, complejidad, trascendencia científico-tecnológica y alentadores resultados del «experimento sensacional» a que se refiere esta conferencia, lo convierten en el hito más relevante en la historia de las investigaciones sobre la utilización de las fuentes energéticas nuevas y renovables realizadas en nuestro país.

* Ingeniero Eléctrico. Secretario de CUBASOLAR. Coautor
de los libros Una luz que llegó para quedarse y El teléfono en Cuba.
e-mail: miguelito@cubaenergia.cu

Conferencia leída en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, el 9 de octubre de 1930

Por
Georges Claude

Tomado de la
Revista de la Sociedad Geográfica de Cuba,
No. 4 (octubre-diciembre), año III, 1930.

Señoras y señores:
Hace un año, aquí mismo, expuse a ustedes mis esperanzas. Hoy es mi certidumbre lo que les traigo.

Al salir de un esfuerzo que se ha prolongado durante tres años, y antes de partir de este suelo que me ha brindado tan preciosa hospitalidad, en medio de muchas dificultades, es un placer para mí el decir a ustedes lo que ha sido ese trabajo, y lo que tal vez será para la humanidad y para Cuba el resultado de dicho esfuerzo.

 

Les ruego me excusen por verme avanzar sobre la cuerda floja del lenguaje español con la elegancia de un elefante; pero he pensado que muchos de ustedes preferirán que yo estropee detestablemente su noble idioma, a que les hable en el más puro francés.
Me creo obligado, antes que nada, a recordar en pocas palabras el principio de nuestra obra, tan mal entendida repetidas veces. No se trata, para nosotros, de utilizar la fuerza de las olas, de las mareas, o de la corriente del Golfo. Lo que hemos querido hacer, el señor Boucherot [su colega de la Academia de Ciencias de París, nota del editor] y yo, es aprovechar un hecho prodigioso, uno de los mas curiosos que puede ofrecernos la física del Globo, el que, en los mares tropicales, mantiene una diferencia de temperatura importante y casi invariable entre las aguas superficiales, calentadas por el sol entre 25 y 30 grados, y las submarinas que una lentísima circulación, provocada por la radiación solar, mantiene cerca del punto de congelación del agua, es decir, 4 ó 5 grados, para una profundidad de 1 000 metros.

Sin preocuparse del procedimiento a emplear, el principio de Carnot afirma que dicha diferencia de temperatura puede producir energía. Varios sabios antes que nosotros se han dado cuenta de esta posibilidad, siendo el primero de ellos mí querido e ilustrado maestro D´Ansorval, que la formulaba en 1885, y después el americano Campbell y los italianos Dornig y Boggia. Es una suerte para nosotros que no hayamos conocido enseguida esta lectura impresionante, pues entonces no hubiéramos sentido la atracción que nos ha brindado la exploración de una vía nueva y desconocida, y en la que, al conocerlas, ya teníamos fuertes razones para persistir en nuestros empeños. En particular, el medio utilizable para realizar esta previsión teórica del principio de Carnot tiene mucha importancia. Todos los inventores de quienes yo hablo habían indicado el uso de los gases líquidos, vaporizados por el agua caliente de la superficie, y condensados por el agua fría del fondo, después de su expansión en un motor. No hay necesidad de muchas reflexiones para encontrar que tal solución tiene numerosos inconvenientes, y fue sin duda por eso que tales ideas se quedaron en el papel.

Es por lo tanto un progreso importante el que hemos realizado probando que, al contrario de todo lo que se pudiera pensar, el agua del mar por sí misma basta para la utilización directa de estas temperaturas tan pequeñas, siendo capaz de darnos no sólo el calor con el agua de la superficie, y el frío con el agua del fondo, sino también el propio fluido motor bajo la forma de vapor de agua.

Se necesita sólo para ello aprovechar el hecho que ustedes conocen, y que consiste en que un líquido hierve a una temperatura tanto más baja, cuanto más pequeña es la presión que soporta. Es importante y fácil comprender eso. Bajo la presión atmosférica que carga con un inmenso peso de 10 000 kilogramos cada metro cuadrado del agua de una caldera, las burbujas de vapor que constituyen el fenómeno de la ebullición sólo pueden producirse y aumentar de volumen si se les da la fuerza elástica suficiente para vencer esta presión, y se necesita por esto calentar el agua a 100 grados; pero si se disminuye la presión, bombeando por ejemplo el aire de la caldera, es claro que las burbujas ya no necesitarán tal fuerza para vencer la presión así disminuida, y entonces la ebullición se producirá a una temperatura tan baja cuanto más completo sea el vacío. Con un buen vacío es posible hervir hasta el hielo, o, por lo menos, una mezcla de hielo y agua, de tal modo, que si ustedes se cayeran en tan extraña agua hirviente, tendrían la sorpresa de pescar, en vez de quemaduras, una fluxión de pecho.

Fácilmente se comprenderá ahora que es un simple juego el hacer hervir en el vacío, ya no el agua helada, sino el agua relativamente caliente de la superficie de los mares cubanos. Imaginemos un tubo T cuyo extremo se sumerge en el agua tibia de un tanque A, y que termina diez metros más arriba en un recipiente M, del fondo del cual baja un segundo tubo T´ que va a otro tanque B, también lleno de agua. En medio de esta tubería se hace el vacío dentro de M. Empujada por la presión atmosférica sube el agua de A en el tubo T.

Sube 10 metros, pues, como ustedes saben, la presión atmosférica equivale a una columna de agua de diez metros de altura, y, como consecuencia, va a entrar agua en el recipiente M, donde, encontrando el vacío, se pone a hervir, y no de un modo tranquilo y débil como deben suponer ustedes, sino, al contrario, con violencia; pues cada gota que penetra en M estalla con una verdadera explosión, yendo el vapor así producido a condensarse a medida de su producción en un recipiente lleno de hielo.

Pero, al hervir, el agua se enfría, produciendo mucho frío la vaporización, como lo pueden notar ustedes cada vez que salen del baño. La ebullición de dicha agua no puede, por lo tanto, continuar. Esta agua, ahora inservible, se va por el tubo T´, sustituyéndola otra agua caliente, etc. De este modo, la ebullición puede continuar por largo tiempo, mientras quede hielo para condensar el vapor así producido.

Eso es exactamente lo que hacemos para que hierva el agua tibia de la superficie de los mares, salvo que el vapor que resulta de la ebullición, en lugar de condensarse con hielo, va a condensarse en otra cámara barométrica semejante, en la cual circula de un modo similar el agua fría que se ha sacado de las profundidades del mar.

Resumiendo, tenemos un primer recinto barométrico, donde, en el vacío, hierve fuerte y continuamente el agua tibia, y un segundo recinto donde el vapor producido en el primero se condensa por medio del agua fría; yendo dicho vapor por el canal H que une los dos recintos, a una velocidad de 500 metros por segundo. Si dentro de este huracán se coloca una turbina apropiada, ésta girará y dará fuerza motriz. Eso es todo. Es todo, a pesar de que las presiones de vapor así producidas son tan pequeñas que se pueden calificar de micropresiones, lo que constituye una singular caza para el propio inventor de las hiperpresiones; y a pesar de que los gases disueltos en el agua pueden constituir un estorbo tal, que varios ingenieros consideraban que ello era imposible; y a pesar, por último, de que la inmersión de un tubo enorme en el mar, a una gran profundidad, parecía quimérica a muchas personas.

No vacilando, con mi acostumbrado optimismo, al afirmar que las dificultades citadas eran de fácil solución, provoqué de pronto las protestas de todos aquellos que tienen por profesión el criticar todo lo nuevo, y desalentar todo lo que necesita energía y confianza en sí mismo. Señores, yo no sé cómo son las cosas en Cuba; siempre he encontrado aquí tanta amabilidad y gentileza que no puedo concebir que haya aquí sabios que protesten por celos o espíritu de crítica. Pero, lo que puedo decir, es que siempre he tenido muchas más dificultades al pelear contra el hombre, que al hacerlo contra la naturaleza. Las dificultades materiales pueden vencerse siempre, a fuerza de imaginación y de constancia, con los recursos tan grandes que hoy ponen a nuestra disposición la naturaleza y la ciencia.

Los hombres son otra cosa; para tener razón con ellos, no bastan ni la lógica ni el buen sentido. Por eso resolví no demorarme discutiendo las objeciones de mi contradictores, ni perder el tiempo en convencerlos. Y no pidiendo nada a los demás, me resolví a seguir adelante con el único objeto de infundir confianza a los amigos que me siguen desde el comienzo de mi carrera industrial, y que puedo vanagloriarme de haber convencido echando al agua con entusiasmo más de un millón de pesos.

Inicié mis trabajos haciendo ante mis compañeros de la Academia de Ciencias de París el pequeño experimento que debía después repetir aquí mismo, y cuyo éxito ha sido tan grande.

Emprendí después, por mi propia cuenta, y con la ayuda de mis amigos belgas, la demostración de Ougrée-Marihaye.

El día en que una turbina de un metro y diez centímetros de diámetro pudo girar, dando cinco mil revoluciones por minuto, produciendo una potencia de sesenta kilowatt, bajo el efecto de una diferencia de temperatura inicial de 20 grados, ese día quedó resuelta la parte teórica y termodinámica del problema. Quedaba pendiente la prueba que no era quimérica, el problema de ir a buscar en el fondo del mar el agua fría.


Visita a las locaciones donde se realizaron las pruebas definitivas del procedimiento Claude-Boucherot, el 6 de octubre de 1930 en la bahía de Matanzas.

Aquí, en esto, todo es desconocido; no hay precedente alguno; la teoría ya no puede guiarnos, y tenemos frente a nosotros un temible adversario, el mar. Y fue precisamente por eso, por lo que no pudieron solicitarse los grandes capitales necesarios, sin darles alguna seguridad sobre la cuestión.

Además era preciso comprobar “de visu”, y con suficiente amplitud ciertos hechos importantes: por ejemplo, el de que el agua de mar, por su mayor viscosidad, no nos diera la desagradable sorpresa de impedir los resultados esperados, dando una ebullición demasiado tumultuosa.

Confiados ya por mi éxito de Ougrée-Marihaye, mi referidos amigos no sólo no vacilaron en poner a mi disposición los importantes recursos que se necesitaban, sino que acordaron darme el voto de confianza que yo les pedía; y hoy puedo decir que una de mis mayores satisfacciones es la que obtuve por su confianza en mí, que me permitió realizar, según mi propia voluntad, lo que yo puedo llamar uno de los mas costosos experimentos científicos que jamás se hayan realizado. Y es que este experimento debía ser de una amplitud y de un costo en apariencia desmesurado, en comparación con los resultados que de él se pudieran esperar. Por ejemplo, no se saben aún construir turbinas grandes para esas presiones microscópicas. Por lo tanto, debía limitarme a la pequeña turbina de mi planta de Ougrée-Marihaye, sólo capaz de 50 kilowatt. Sin embargo, había que prever para alimentarla un tubo muy grande y costoso. En efecto, sería bien inútil ir a buscar el agua fría al fondo de los mares, si dicha agua iba llegar caliente a la superficie. Pero, si dicho tubo tenía tan sólo las dimensiones suficientes para alimentar la turbina, es decir, 60 centímetros a lo más de diámetro, no se podía calorifugar lo suficiente para impedir que el agua se calentase completamente durante su subida.

Por eso se necesitaba un tubo de dos metros de diámetro, con las bombas precisas para el caudal de dicho tubo, caudal diez veces superior a lo que necesitaba la turbina. Así, pues, las nueve décimas partes del agua bombeada serían echadas al mar, y solamente a tal precio podía yo limitar la pérdida de temperatura en dos o tres grados.

Estaba, pues, condenado a construir, equipar y accionar una tubería capaz para 500 ó
1 000 kilowatt, para producir quizás 20 ó 30, y eso en una planta que tal vez algunas semanas después habría que derribar. Tales fueron las condiciones, tan lejanas de una realización práctica, en que confiaron mis amigos, con el único objeto de adquirir los datos indispensables para la previsión y el cálculo de las futuras plantas industriales; y fue para realizar una cosa tan miserable que tuve durante tres años que multiplicar los esfuerzos antes de llegar al éxito.

Se trataba de trasladar mi planta de Ougreé-Marihaye a un punto de las costas tropicales, donde la pudiera poner en relación con las aguas profundas, haciéndola así funcionar en las mismas condiciones que en la práctica. Mis reflexiones acerca de los sitios del mundo apropiados para hacer los experimentos con mayor éxito me habían ya orientado hacia este hermoso país, cuando, por una coincidencia singular, recibí una amable carta señalándome sus ventajas, lo que acabó de convencerme. Dicha carta venía de nuestro distinguido amigo, el señor Juan Manuel Planas, al cual quiero presentar aquí este testimonio de gratitud. En un primer viaje, vine para exponer aquí mismo mis ideas y mis esperanzas, y, convencido de la buena acogida de ustedes, volví al año siguiente para tomar mis primeras disposiciones.

Desde el final de 1928, emprendí en mi yate «Jamaica» el buscar un sitio adecuado, lo
que me proporcionó mi primera decepción. Quiero hablar de la presencia, que parece muy general en esta isla, de un beril, como lo llaman ustedes, y el cual, a 200 ó 300 metros
de la costa, y a 20 ó 30 metros de la superficie, se hunde casi verticalmente de 100 a 200 metros.

El tubo, en lugar de descansar totalmente en el fondo del mar, generalmente muy regular, según eran mis esperanzas, debería saltar el cantil submarino, quedando tendido sobre
el abismo, a modo de una inmensa arcada, lo que aumentarla grandemente las dificultades.

Por otro lado, la necesidad de evitar al tubo el empuje de las corrientes submarinas, muy temibles en estas costas, próximas a la corriente del Golfo, me hizo situar el sitio de la planta en la bahía de Matanzas, a diez kilómetros de la ciudad, aunque en un lugar
en que, desgraciadamente, la profundidad era poca, inferior a los 700 metros.

Fijado así el sitio, la planta, el pozo y la zanja de protección de la tubería se hicieron durante el año 1929, en condiciones bastante poco favorables, mientras que en Matanzas mismo se iniciaba la construcción del tubo por medio de elementos de hierro corrugado recibidos de Francia, unidos por soldadura autógena en trozos de 22 metros de largo, trabajo muy considerable, puesto que se trataba de hacer una tubería de dos metros de diámetro y dos kilómetros de largo, con un peso de más de 400 toneladas.

El trabajo de soldadura, pintura y calorifugación de los elementos, se efectuó en los talleres de la aduana de Matanzas, amablemente puestos a nuestra disposición. Todos estos elementos, a medida de su terminación, eran llevados al muelle de la Munson Line, dos kilómetros más lejos, y se acumulaban en este lugar, en espera de ser unidos entre sí.

En cuanto al empate de los elementos del tubo, yo había pensado efectuarlo rápidamente en el último momento, en la superficie del fondo de la bahía, de cuya tranquilidad durante
el verano se me había hablado.

Pero un día, aquellas aguas tan tranquilas se enfadaron, y me mandaron al abismo algunos centenares de metros del tubo.

Se necesitaba otra solución. Fue ésta una gigantesca estacada compuesta de dobles flotadores de acero, destinados a detener la agitación superficial de las olas. Yo suponía que detrás de esta barrera podrían los elementos del tubo unirse tranquilamente. Pero ¡ay¡, a pesar de una mejoría notable, otro acceso de cólera de las aguas de la bahía vino a convencerme de que de este modo no se podía hacer nada, lo que me desalentó grandemente, pues se aproximaba a grandes pasos la mala estación, la estación de los ciclones.

¿Qué hacer?
Como a pocos kilómetros de la orilla oriental de la bahía desemboca un río grande, el Canímar, concebí la idea de montar rápidamente el tubo flotando sobre sus aguas, al abrigo de las olas, antes de que llegase el mal tiempo. Las sinuosidades del río eran muy acentuadas, pero eso no me infundió inquietud alguna, estando seguro de que la flexibilidad del tubo corrugado, ya bien comprobada, le permitiría adaptarse fácilmente a dichas sinuosidades. Pero se necesitó primero dragar la faja de arena que cerraba la entrada del río. Hubo después que llevar los elementos del tubo en caravana a través de toda la bahía, bajo el temor del mal tiempo, por medio de flotadores especialmente construidos, después de descargar aquellos inmensos pedazos en el río, por medios que al principio eran primitivos y risibles, y luego fueron más perfeccionados, para luego conectar por medio de buzos todos los elementos, realizándose así un inmenso tren flotante en la superficie del río. Este trabajo tan descomunal fue ejecutado, gracias a la abnegación de mi personal, en menos de dos meses, frente a las peores dificultades, pues si ya no teníamos que temer a la agitación de las olas, estábamos en cambio a discreción de las corrientes de marea que refluyen en el río, y de las aun mucho más violentas, en ciertos días, causadas por las lluvias torrenciales.

Repetidas veces se rompieron las amarras, y no fue raro, al llegar al río al amanecer, el encontrar 300 ó 400 metros de tubo encallados en la orilla durante la noche, lo que necesitaba largas horas para volver a ponerlos a flote. Finalmente me vi obligado a fijar el tubo, amarrándolo sólidamente a enormes bloques de cemento, sumergidos de trecho en trecho en fondo del río.

Por fin el tubo se terminó. El 28 de agosto de 1929 lo sacamos felizmente por medio de un cabrestante hasta la desembocadura del Canímar, para librarlo en lo posible de las sinuosidades del río, y tener sólo que remolcarlo a través del mar en el momento oportuno, en dirección de la planta, distante siete kilómetros de allí. Pero desde ese momento, el mar era de nuevo el enemigo temible, capaz de dislocar la cabeza del tubo al primer norte.
Precisamente dos días después las olas se hincharon, y al avisárseme que habría cuatro días de mal tiempo, tuve que dar repentinamente la señal de salida. Estando ya cortadas casi todas de las 50 amarras que inmovilizaban el tubo, se comprobó que, sea por la indolencia, sea por la mala voluntad, la incomprensión, o yo no sé qué, pero en todo caso ello se resolvió en catástrofe, se comprobó que de los diez remolcadores que esperábamos para guiar el tubo por el medio del río, faltaban cuatro. Ante tal desgracia, ordené que se volviera a amarrar el tubo, cuando se me dijo que las últimas amarras se habían roto bajo la fuerza de la corriente, y que ciertas partes del tubo se iban contra la orilla.

A las buenas o a las malas, de todas maneras había que salir. La operación, sin embargo, comenzó admirablemente, y cuando ya la cabeza del tubo entraba de lleno en el mar, la parte media, que no podía vencer la mala desviación inicial, fue a encallarse en la parte no dragada de la barra del río. El resto continuó con la velocidad adquirida, y se dobló en forma de acordeón, deteriorándose gravemente en su parte media. Nuestros esfuerzos, sin embargo, en aquella noche de angustia, consiguieron libertarlo, y algunas horas después, bajo la tracción de dos remolcadores de alta mar, el tubo entero flotaba en la bahía. Pero la herida recibida en el río obraba rápidamente, y dos kilómetros más lejos, a 500 metros de profundidad desaparecía el fruto de tantos esfuerzos.

Era el desastre. Pero el desastre es el pasado, y lo que importa es el porvenir. Este desastre no disminuía en nada mis esperanzas, sólo habían faltado algunos de los medios de realización, y yo había ganado mucha experiencia. La cuestión del costo era lo único que podía impedirme el hacer una vez más el experimento. La resolví al punto, tomando por mi propia cuenta lo que costase la nueva tentativa, para el caso de que resultara un nuevo fracaso.

La enseñanza esencial de este experimento, consistía evidentemente en la necesidad absoluta de evitar al tubo el contacto prolongado con las olas, reduciendo este contacto a una operación muy rápida que se podría iniciar en el último momento.

Por eso el distinguido ingeniero, Sr. García Vázquez, puesto a mi disposición por el Dr. Carlos Miguel de Céspedes, me sugirió el montar completamente el tubo sobre una vía de ferrocarril establecida cerca de la planta, de donde se le podría llevar al mar por medio de cabrestantes y remolcadores, en cuanto se nos garantizase buen tiempo.


Claude explica el principio de funcionamiento de la
instalación a los invitados al sensacional experimento.

Bajo la fiel dirección del señor Daimé, se inició en los primeros días de marzo de este año, en grandes talleres establecidos cerca de la planta, la construcción del tubo corrugado, reducido a un metro y sesenta centímetros de diámetro, y enteramente construido al pie de la obra, con láminas de hierro ARMCO de tres milímetros de espesor, mientras que la vía y los medios de botadura se construían bajo la dirección del ingeniero García Vázquez.

El día 8 de junio sumergimos con éxito completo en la zanja de protección, de 50 metros de largo, un primer trozo de tubo de 150 metros, haciendo que su extremo descansase en el pozo de la planta. Esta primera operación evidenció brillantemente que este procedimiento era superior al anterior. Algunos días después, el pozo fue cerrado por una espesa pared de concreto, y la zanja rellenada de cemento, sustrayendo así el tubo, en aquellas aguas poco profundas, a la agitación de la superficie. El 25 de junio, el trozo principal, de 1 750 metros, halado sobre la vía, hasta la orilla del mar, fue llevado sin dificultad por los remolcadores a su lugar en la prolongación exacta del primer trozo.

Ya el éxito parecía cierto, y sólo quedaba sumergir el tubo, cuando en lugar de efectuarse esta inmersión desde la costa hacía alta mar, como estaba previsto, el error de algunos obreros que operaron en contra de las órdenes recibidas, provocó el hundimiento fulminante de la cabeza del tubo, resultando así un esfuerzo enorme sobre los cables de amarre, que se rompieron, yendo el segundo tubo a unirse con el primero en el fondo.

Menos conocedor en cuestiones de inventos, yo hubiera podido esta vez sentirme muy desalentado, pero una larga práctica me ha enseñado hasta qué punto el tesón y la obstinación son virtudes valiosas en este dominio, tal vez la que más valen para el inventor. Yo puedo asegurar que en casi toda mi obra: liquefacción del aire, síntesis del amoniaco, luz Neón, etc., no he conocido el éxito inmediato; casi siempre experimenté repetidas veces dudas y desalientos; si se me hubiera desalentado a los primeros descalabros, nunca hubiera realizado nada. Hubiera renegado, pues, de mi propio pasado, si por culpa de algunos obreros, yo hubiese abandonado el juego, a pesar de una simplificación enorme en comparación con el pasado año, y a pesar de que todo indicaba que el éxito se aproximaba.

Por ello me resolví sobre la marcha a construir un tercer tubo en dos meses, lo que sólo pudo hacerse gracias a la excepcional devoción del señor Daimé, y a sumergirlo antes de la mala estación; y bastó hacer algunas pequeñas modificaciones en la forma de sumergirlo para evitar otra falsa maniobra.

Además, el Gobierno se encargó de asegurar el orden durante la operación, prestándome el concurso del crucero Cuba y del Ejército, y la valiosa cooperación del Dr. Céspedes.
En realidad, dicho tercer tubo no ha tenido historia. Construido en el corto tiempo de que hablo, fue echado al mar el 7 de septiembre bajo la dirección del Sr. García Vázquez. Después, y estando el tubo amarrado a la orilla por dos cables de un largo exactamente calculado, tiraron de él los remolcadores Donipahn y Rafael Morales, hasta colocarlo en su posición correcta, en la prolongación del trozo de 150 metros.

Entonces, por fin, y bajo mi mando, se ejecutó con el mismo éxito la inmersión correcta del tubo, desde la costa hacia alta mar, por la admisión progresiva del agua en sus flotadores. La parte flexible y extensible del tubo, hecha para ello en forma de acordeón, destinada a doblarse al borde del beril, fue a descansar correctamente en el lugar escogido, uniéndose esta parte con la que baja por el beril y está sostenida en el abismo por medio de los flotadores permanentes, con los mismos cables que corren a lo largo de todo el tubo.

Por su parte, el extremo de tierra del tubo grande venía a descansar a la distancia prevista de 22 metros del extremo correspondiente del trozo de 150 metros, de tal manera, que la unión de los dos extremos, por medio de un trozo de largo conveniente, pudo hacerse sin dificultad por dos buzos a una profundidad de 18 metros.

Y así verán ustedes cuánta razón yo tenía al decirles que el empeño es la mayor virtud del inventor, con tal de que se apoye en una idea racional y en personal fiel. Si me hubiera desalentado en mi primera o segunda tentativa, sólo quedaría de todo eso el recuerdo risible de una prueba desrazonable. Al contrario, ha bastado que yo me encarnizase hasta el fin, para que luego, a pesar de los augurios, se desarrollasen sin esfuerzo mis previsiones.

El día mismo en que se hizo la feliz conexión del tubo con la costa, la poderosa bomba Rateau del pozo se ponía en movimiento, con un caudal de 4 000 metros cúbicos por hora; después el agua del pozo se enfrió, hasta alcanzar finalmente una temperatura de 13 grados, lo que era un buen resultado, siendo la temperatura del fondo, a 600 metros, de 11 grados. Así desaparecieron mis temores acerca del estado del tubo en el fondo.

Por otra parte, la pérdida de carga y el exceso de densidad de la columna de agua fría en el tubo provocaban para el caudal de un metro cúbico por segundo, o sea medio metro por segundo en el tubo, una depresión de tres metros en el pozo, lo cual nos mostró que basta un pequeño trabajo para ir a buscar el agua fría al fondo del mar. Todo eso no impide que hoy todavía algunos árbitros solemnes decreten gravemente que el trabajo terrible necesario para bombear el agua de las profundidades condena el procedimiento. Yo me permito sugerir respetuosamente a esos honorables señores, que desde hace tiempo han dejado los bancos de la escuela, que recuerden un poco más la teoría de los vasos comunicantes. En realidad, el resultado obtenido es excelente, lleno de promesas para las grandes tuberías del porvenir.

Por el contrario, el calentamiento del agua durante la subida pareció mayor de lo que se esperaba, probando ello que la calorifugación del tubo era insuficiente, y creo además que dicha calorifugación está deteriorándose, pero la cuestión no tiene importancia, pues las grandes tuberías del futuro, a causa de sus mismas dimensiones, no necesitarán calorifugación de ninguna especie.

Algunos días después, una prueba excelente de ebullición disipaba a su vez mi temor en cuanto a un mal resultado, dada la mayor viscosidad del agua de mar. En realidad, dicha agua parece portarse tan bien como el agua pura. Por fin, la turbina, que por razones de prudencia no había querido usar en esta primera prueba, pudo ponerse en su lugar, dando una potencia progresiva, hasta cerca de 20 kilowatt, bajo una diferencia de 15 grados, para un caudal de poco más de 200 litros de agua caliente, resultado muy satisfactorio, considerando la pequeña diferencia de temperatura que sólo se puede obtener en la bahía de Matanzas.

Señores, no creo sea muy asombrosa esa sucesión de reveses para llegar al fin tan fácilmente al éxito. Lo creo, al contrario, muy natural y casi inevitable. No podría ser de otro modo cuando se trata de una cuestión enteramente nueva y desconocida. Cualesquiera que sean el cuidado y la buena preparación de una primera prueba, cualquier optimismo con que el cual se la considere, optimismo indispensable, pues sin él no se vencería nunca, no se puede prever todo. Y salvo una suerte excepcional, la primera tentativa no puede dar otra cosa que enseñarnos lo que se debe evitar, lo que se debe hacer para salir bien.

A la segunda tentativa se aproxima uno a la meta.
A la tercera se llega a ella, como se llegó.

Entre todas las cosas interesantes que he observado, hubiera querido tener una potencia mejor de la turbina, resultando principalmente el hecho de las imperfecciones del condensador y de su mal estado de conservación desde hace tres años. Pero aquí la termodinámica es soberana y los cálculos son estimulantes, y el hecho de haber obtenido 9 kilowatt bajo una diferencia de diez grados es muy notable; y los 20 kilowatt obtenidos con 200 litros de agua caliente por segundo bajo una diferencia de temperatura de 15 grados, significan 250 kilowatt brutos, o 180 netos, para un caudal de un metro cúbico por segundo, bajo los 24 grados posibles en la costa sur (puesto que yo he demostrado que la potencia de una instalación dada varía como el cuadrado de la diferencia de temperatura utilizable). Esto se aproxima a la mitad de mis previsiones, que serán, por consiguiente, fácilmente alcanzadas.


Los investigadores informan el éxito del experimento.

Más que nunca, pues, y esta vez con el apoyo de los hechos, expreso mi entera convicción en el porvenir de este procedimiento que equivale, lo recuerdo, a hacer caer las aguas calientes de los mares tropicales, en la medida ilimitada que se desee, en una catarata de cien metros de alto. Y tengo fuertes razones para pensar que no se encontrarán grandes dificultades en la construcción de la plantas, ni en los inmensos tubos necesarios, ni en la acción sobre ellos de las corrientes submarinas y de los ciclones,
ni en la corrosión de su metal, que es muy lenta en las profundidades, como me lo ha enseñado la subida, por el empuje de sus flotadores, de un pedazo del tubo primitivo, después de tres meses de inmersión. Yo sé que el volumen de las cámaras de ebullición
y condensación no será prohibitivo. Sé también que la planta experimental de Matanzas, a pesar de su pequeñez, presenta un máximun de dificultades que no se encontrarán en las industriales. En una palabra, he adquirido la mayor parte de los elementos que se necesitan para la realización rápida de la primera planta industrial en la costa sur de Cuba, con una potencia de 25 000 kilowatt.

Ciertamente, no será una planta tan pequeña, —porque en este nuevo campo, sólo serán dignos de consideración los centenares de miles de kilowatt—, no será, pues, una planta tan pequeña la que me hará cumplir mi promesa de llegar a un precio de establecimiento de 60 pesos el kilowatt, pero París no se hizo en un día, y esto es ya un comienzo, cuya continuación, yo lo espero, permitirá a Cuba el transformar ventajosamente su industria azucarera, hoy tan maltratada, en fabricación simultánea del papel y sus derivados; el añadir quizás otras poderosas industrias, por ejemplo, en metalurgia; quizás, ¿por qué no? el proveer de energía el sur de los Estados Unidos… En todo caso, ya es mucho el poder afirmar, como yo lo afirmo hoy, que la humanidad tiene en adelante la certidumbre de no ver perecer su industria por la falta de la preciosa energía que la anima.

Yo me alegro tanto más de esta feliz conclusión de mis esfuerzos, cuanto que ella comprueba una vez más, de una manera brillante, la profunda verdad de una divisa que es desde hace mucho tiempo mi pararrayos contra el desaliento: «l’habit du succès est fait de beaucoup de vestes»; lo que quiere decir en jerga francesa que el éxito se hace de muchos fracasos. Es tan verdadera, esta verdad, que ciertamente en esta inmensa cuestión, yo no estoy al final de mis penas. Más felices que yo, señoras y señores, las de ustedes van a terminar puesto que aquí finaliza esta conferencia que seguramente les ha parecido demasiado larga y demasiado severa. Permítanme agradecerle con todo mi corazón la paciencia con que ustedes la han soportado. Yo doy las gracias, al mismo tiempo, a todos los amigos que me han ayudado, y especialmente a los señores Martínez Ortiz, Dussaq y Planas.