La triada de marabú,
aroma y Weyler


Por
Isidro E. Méndez Santos*

 

Precisiones sistemáticas
de las principales especies invasoras
de los terrenos cubanos

 

La situación ambiental creada en Cuba por la invasión que se produce en terrenos dedicados a la explotación agropecuaria por plantas leñosas espinosas, reclama la atención de todos los habitantes del país, con independencia de que estén o no directamente relacionados con las labores del campo, o con la economía agropecuaria. Sin embargo, estamos muy lejos de haber alcanzado la cultura que se necesita para manejar racionalmente, como nación, un problema tan delicado.

Cuando se habla del tema, suele hacerse en términos muy generales y se relaciona el problema solo con la especie conocida vulgarmente como marabú. Tal vez uno de los primeros elementos que debamos conocer, guarda relación con el hecho de que el país no enfrenta un único problema en este sentido, porque en realidad existen, al menos, tres especies con características similares, todas pertenecientes a la familia botánica Mimosaceae.

Por supuesto que una de ellas es el marabú (nombre que se seguirá utilizando en el presente artículo), también denominada: aroma, aroma francesa, espina del diablo y Weyler, pero conocida científicamente como Dychrostachys cinera (L.) Wight & Arn. (Fig. 1).

Se trata de una planta de origen africano, introducida en Cuba a finales del siglo xix y que, dada su abundancia (relativamente superior a las restantes), resulta ser, sin duda, la especie más conocida de las tres. En realidad, ha llegado a ser satanizada por muchas personas que la consideran, con razón o sin ella, unos de los seres vivos más nocivos que habitan en el territorio nacional.

Entre las especies menos conocidas, o de las cuales se habla poco, se encuentra primeramente la denominada aroma amarilla, o aroma (nombre que se seguirá utilizando en el presente artículo), cuyo nombre científico es Acacia farnesiana (L.) Willd. (Fig. 2). Es una planta originaria de la zona tropical del continente americano (incluida Cuba), e introducida en iguales latitudes de Asia y África. La otra es conocida como sensitiva mimosa, mimosa, aroma de agua, aroma espinosa o Weyler (nombre que se seguirá utilizando en el presente artículo), planta que habita en los trópicos de todo el mundo y que se identifica científicamente como Mimosa pellita Humb. & Bomp. ex Willd. (Fig. 3).

 
Figs. 1, 2 y 3. Marabú, aroma y Weyler.

 

Criterios para diferenciarlas

Las tres son especies leñosas, espinosas y capaces de invadir terrenos utilizados por la agricultura. Sin embargo, las diferencias fenotípicas existentes entre ellas son muy claras (Fig. 4), y se resumen los aspectos más evidentes en cinco caracteres claves:

1. Los apéndices espiniformes, que le confieren características agresivas a la piel y la ropa de quienes entran en contacto con las plantas. El marabú y el aroma tienen hojas inermes y espinas en el tallo; en el primero, formadas a partir de ramas laterales de crecimiento limitado (braquiblastos), y en el segundo desarrolladas a partir de estípulas lignificadas. Sin embargo, la conocida como Weyler posee aguijones recurvos en tallos y hojas, que la dotan de propiedades similares. A diferencia de los aguijones, que constituyen apéndices superficiales, las espinas están conectadas al sistema vascular de la planta y no es posible desprenderlas sin causar el desgarramiento de los tejidos.

2. La presencia de pelos en ramas jóvenes y pedúnculos de las inflorescencias. En el caso del Weyler, estas estructuras aparecen permanentemente cubiertas por un indumento denso, castaño, con pelos de variadas formas. En las restantes especies, la presencia de vellos no constituye una regularidad y, cuando estos se presentan, nunca exhiben ese color, además de que se caen en cuanto transcurre un breve lapso de tiempo.

3. La existencia de dos glándulas pedunculadas, bien visibles, en la base de cada par de piñas. Evidentes en el marabú y el aroma, ausentes en el Weyler.

4. La inflorescencia. El marabú presenta espigas, con flores superiores (hermafroditas) de color amarillo, e inferiores (estériles) de color rosado. En el aroma y el Weyler aparece siempre una cabezuela (capítulo), formada por flores de un solo color; amarillas en la primera, y rosadas en la segunda.

5. El fruto. Aunque en general clasifica como vaina indehiscente, resulta también totalmente diferente en todos los casos. En el marabú y la aroma carece de pelos, siendo aplanado, torcido o enrollado en el primer caso, y cilíndrico, recto o algo arqueado en el segundo. En el Weyler es más bien recto, aplanado, cubierto por numerosos pelos castaños y se deshace en pedazos cuando se seca, de manera que solo permanecen sobre la planta las aristas que habían mantenido unidos los segmentos.

 
Fig. 4. Diferencias fenotípicas entre las tres especies.

 

Consideraciones finales

Pudiera pensarse que, tratándose de plantas leñosas y espinosas, poco importan estas diferencias. En general, comparten múltiples características que las tornan perjudiciales a la agricultura, y las afectaciones concretas que producen sobre ella resultan similares.

Pero en realidad no es así, y para demostrarlo pudieran ser suficientes los dos argumentos siguientes:

Primero: Aroma y Weyler pueden vivir en zonas bajas, que se inundan estacionalmente. El marabú, en cambio, no tolera la humedad, al extremo de que anegar el terreno donde crece se reconoce como una vía para controlarlo.

Segundo: Aroma y Weyler, en tanto especies nativas del archipiélago cubano, han formado parte de su flora desde tiempos inmemorables, mientras que el marabú se presenta en el entorno cubano desde el siglo
xix. Todas han expandido su hábitat, favorecidas por la deforestación y el mal manejo de los terrenos, solo que las dos primeras ya estaban presentes en prácticamente todas las provincias del país, cuando comenzaron a proliferar de manera significativa (aún así, están menos extendidas). Mientras, el marabú, que con toda seguridad arribó por lugares muy puntuales (tal vez por uno solo), ha logrado invadir literalmente todo el territorio nacional en menos de 150 años.

Es evidente, entonces, que considerar como un único problema todo cuanto tenga que ver con la invasión que se produce en terrenos cubanos por plantas leñosas espinosas, constituye un error metodológico que enmascara los resultados que puedan obtenerse, al analizar la situación desde cualquier perspectiva posible.

* Doctor en Ciencias Biológicas. Profesor Titular. Director del Centro de Estudios de Medio Ambiente y Educación Ambiental, Universidad de Ciencias Pedagógicas José Martí, Camagüey, Cuba.
e-mail: imendez@ucp.cm.rimed.cu