Las aguas de Albear
Por Alejandro Montecinos y Alberto Sauri.

Los ancestros siempre previeron vivir cerca del agua. Para acercarse a la sangre de la naturaleza, como le llamó D´Vinci al agua, el hombre ha invertido grandes cantidades de su tiempo personal e histórico.

Los precursores de San Cristóbal de La Habana también salieron a buscarla en todos los parajes, con ingenio y audacia, para traerla a una ciudad que desbordó sus murallas.
 

En 1858, cinco años antes de la caída de las piedras legendarias, un patricio ilustre, don Francisco de Albear y Lara, inició la más célebre de sus obras: el mundialmente conocido Acueducto de Albear.

El río Casiguaguas, hoy Almendares, le pareció mejor que el sureño río Mayabeque a los fundadores de la villa. La cercana bahía se mostró desde siempre como el punto cardinal imprescindible para que la savia americana ofreciera su linaje a la península ibérica.

A buscar el agua fueron los primeros moradores al río Almendares. Entonces la llevaban desde La Chorrera en embarcaciones o sobre el lomo de bestias. Otras versiones indican que se abastecían de una cisterna situada en la desembocadura del río Luyanó, o mediante una noria instalada en una poza abierta en el Campo de Marte, hoy Parque de la Fraternidad, o por las bondades de aljibes y pozos que llegaron a contar miles en el siglo XIX.

En 1544, se inician las gestiones para la construcción de la llamada Zanja Real, primera obra destinada al abasto de agua de la ciudad, y único acueducto con que contó durante 243 años. Con la inauguración de la Presa del Husillo y la Zanja Real en 1592, se añadía una razón más para que San Cristóbal de La Habana fuera declarada oficialmente, quince años más tarde, capital del archipiélago.

Sobre el vino, el jabón y la carne, entre otros productos de importación, se aplicaron impuestos para las obras de la zanja. Hasta el Callejón del Chorro, en la Plaza de la Catedral, llegaban las aguas. Quizás fue éste el primer acueducto construido por España en el Nuevo Mundo.

Ya a principios del siglo XIX la ciudad no saciaba su sed y por decreto regio se aprobaron las obras del Acueducto de Fernando VII, que partía del río Almendares, por Ciénaga, el Cerro y la Calzada de Jesús del Monte, hasta la Puerta de Tierra, en Monserrate y Muralla, y de ahí a la población de intramuros.

Pero ni la Zanja Real ni el Acueducto de Fernando VII satisfacían la avidez de los habaneros por un agua potable y abundante.

El ingenio insular mostró su hidalguía cuando el ingeniero don Francisco de Albear y Lara presentó su informe titulado Proyecto de conducción a La Habana de las aguas de los manantiales de Vento, que resultó premiado con medalla de oro en la Exposición de París de 1878 por la excelencia del proyecto, digno de elogio hasta en sus detalles.  

Justamente, tres siglos después de la Zanja Real, en 1893 fue puesto en funcionamiento el Acueducto de Albear, que suministra en la actualidad el diecinueve por ciento del agua que abastece a la capital cubana.

En esta obra todo es singular: la precisión técnica, la belleza de sus construcciones civiles, la garantía de un agua sana y la seguridad de su funcionamiento, que no necesita combustible y sólo requiere desinfección mediante cloración.


El principal artífice del acueducto realizó múltiples proyectos de viales, alcantarillado, líneas férreas, telégrafo, faros, muelles y almacenes; dirigió las reparaciones del Convento de San Agustín; y participó activamente en todas las obras públicas cubanas de su tiempo, proyectándolas, dirigiendo su ejecución o emitiendo informes técnicos sobre las mismas.

Hijo del Gobernador del Morro de La Habana, aportó sabiduría y pasión, su fibra de inventor. Como militar obtuvo el grado de Teniente Coronel de Infantería, y por su talento fue miembro, vicepresidente y presidente por sustitución de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.

  Antiguo surtidor de agua en  La Habana Vieja.
Antiguo surtidor de agua en La Habana Vieja.

En la historia de la ingeniería antillana se inscribe la ejecutoria de Albear por las ganancias de su singularidad y su pensamiento proteico y fundador.
El acueducto de Albear, que entrega sus aguas exclusivamente por gravedad, comprende las obras de captación en los manantiales de Vento, el túnel en el río Almendares, el Canal de Vento, los depósitos de Palatino y el sistema de distribución del agua a la ciudad de intramuros.

El margen izquierdo del río Almendares aporta unos 150 000 m3 de más de 400 manantiales de Vento, recogidos en una gran taza de cantería provista de sus correspondientes aliviaderos y compuertas. Un alto muro de contención, que a su vez es uno de los lados de la taza colectora, impide la penetración del río durante las crecidas.

Por debajo del lecho del río se encuentra un túnel con dos conductoras de hierro fundido de un 1 m de diámetro, las que conectan la taza con el canal, a través de aproximadamente 10 km hasta los tanques de distribución de Palatino.
 

El Canal de Vento posee 24 torres cilíndricas para el registro e inspección de la obra y la debida circulación del aire en el conducto, por medio de rejas ventiladoras que coronan la cúpula de cada torre.

Los tanques de Palatino se construyeron con el propósito de depositar la cantidad de agua necesaria para el consumo de un día, sin interrupción del servicio. Cada lado tiene su aliviadero a la zanja de desagüe y todas esas operaciones se efectúan por medio de compuertas. La altura normal del agua a su llegada a los depósitos es de 34 m sobre el nivel del mar. Albear hizo sus propios cálculos en cuanto a la capacidad mínima de los tanques: 50 L per cápita por 5 días para 250 000 habitantes.

Los terrenos que rodean los depósitos de Palatino fueron convertidos en bellos y artísticos jardines en 1926. En una sección de los jardines se ubicaron cuatro esculturas que representan las estaciones del año.

A partir de los tanques se realiza la distribución del agua a la ciudad. Desde aquí comienza a entretejerse un laberinto útil de conductoras, de las más disímiles dimensiones, sobre el trazado urbanístico de la ciudad. Por debajo de los muros, la arcilla, el adoquín o el asfalto fluye la vida a borbotones.


El Torreón de la Chorrera en La Habana.
El Torreón de la Chorrera en La Habana.
La otrora villa de San Cristóbal de La Habana sigue con su mar y su horizonte. Nuevas urgencias le desbordan. Como los ancestros, sus moradores necesitan la sangre de la naturaleza. Irán a buscarla a todos los parajes; pero siempre encontrarán en la herencia el punto de apoyo para la vigilia y el sueño.


Torres del acueducto de Albear en la Calzada de Vento,  Ciudad de La Habana..
Torres del acueducto de Albear en la Calzada de Vento, Ciudad de La Habana.
 
Las aguas de Albear, las que nos enseñó a buscar, siguen corriendo por las arterias invisibles de la ciudad, como los bucinadores de la sangre de una urbe múltiple y auténtica, fiel y noble.