Porque la Luna es blancura

Gertrudis Ortiz Carrero
Escritora. Máster en Cultura
Latinoamericana. Especialista
de la Dirección de Literatura
del Instituto Cubano del Libro (ICL).
Tel. (537) 8615941
E-mail:gsoler@icl.cult.cu

Desde que el ojo humano descubrió en el firmamento al Sol y la Luna, el hombre les otorgó en sus sistemas mágicos y culturales un significado que los vincula para siempre a su cotidianidad de vida.

 

He aquí algunas consideraciones culturales sobre el Sol y la Luna. Sol procede del latín solis. Día de Sol es como decir día de justicia. Arrimarse al Sol que más calienta es estar cerca de lo que más poder tiene. De Sol a Sol es una larga jornada. Luis XIV fue el Rey Sol porque su poder absoluto irradiaba en toda la Francia medieval. La conspiración Soles y Rayos de Bolívar alentó las ansias de liberación de los primeros independentistas cubanos.

La Luna es nuestro único satélite, su luz es menos intensa que la del Sol y su brillo varía de acuerdo con sus fases. Tener uno lunas es estar como ella. Ser lunático es ser cambiante cada vez.

Desde África, un continente que es componente esencial en nuestras raíces, nos llegan el Sol y la Luna en una poesía construida en imágenes anónimas, de marcado sentido metafórico: «Un amante es bueno durante la noche / un amante es bueno durante el día / pero resulta que el día ya brilla». Así reza una canción Dyala en la que la diferencia se expresa por el contenido.

En la canción de Taweleró se evidencia mejor: «Mi niña es más bella que la Luna / mi niña es más bella que el Sol / Luna, has visto a mi hija / Sol, has visto a mi hija, Taweleró».
Desde allí, un sitio sólo geográficamente lejano, el culto Sol-Luna también ha devenido un sistema mágico religioso que, al igual que en otras civilizaciones (egipcia, caldea, mesopotámica), otorga preponderancia a estos astros, cuya observación más antigua, según se conoce, viene desde los babilónicos.

Lydia Cabrera, investigadora de una de las ramas más auténticas de nuestro folclor, la regla de Ocha, refiere en el primer capítulo de su más célebre libro, El Monte: «No hay santo orisha, ni ewe, ni nganga (...), sin Vititiguinda. Árboles y planetas son seres dotados de alma (...) como todo lo que nace, crece y vive bajo el Sol».

Sigue diciendo la investigadora, por la boca de sus informantes: «En Yemayá Olokún, en la Luna nueva a la piedra que la representa se le unta cascarilla, en las ceremonias al Sol y a la Luna se le consagran animales, en África nunca se bota un animal a la luz del Sol. Como parte del ritual para preparar un Elleguá (entre otras cosas) se coge agua de río, de mar, bendita, manteca de corojo, vino seco, miel de abeja, etc.; una vez construido, el santero lo entierra y es requisito indispensable que sea antes de salir el Sol».

Según una leyenda, la Luna le ganó una porfía al Sol, y por ella el Sol no tiene hijos. Los congos contaban que la Tierra, Tangú, era la mujer del Sol. La Luna, Ngunda, hizo un pacto con la Tierra para salvarles los hijos, pues el Sol los quemaba durante el día. La Luna les dio el rocío, venía de noche mientras dormía el Sol y los refrescaba. Así los frutos no se secaron. La Luna es, por tanto, muy poderosa, concluye la leyenda.

La supremacía del Sol se da por descontado, pero el satélite natural de la Tierra tiene diferentes caras: «adelgaza, es blancura, que engorda como adelgaza, una vez es una y después es otra», según Silvio Rodríguez. Aconseja la tradición oral que saludemos a la Luna nueva, como al Sol que la despierta. «La Luna es el astro principal para el mayombero», sigue diciendo Lydia Cabrera, que la necesita como las fuerzas del Sol y del lucero.

En el cálido trópico de Cuba, bienvenidos el Sol y la Luna. Días luminosos de energía sin agotarse, que mueve cada vez mejor aprovechada una porción inestimable de nuestra economía. En las noches serenas, cuando podemos distinguir los astros hasta la sexta magnitud, mirémonos cara a cara ante la Luna, disfrutemos la música perfecta que el arte pone como magia en las voces e instrumentos de los Muñequitos de Matanzas: «Santa María en la Luna, Santa Isabel en el Sol».

Sincretismo, poesía y recuerdo: como dijera Guillén, «todo mezclado».