Cruzando el río Toa


Por
Dirk Volkmar Le Gall*

 


Crónica de un encuentro
con los guajiros del siglo
XXI.

Nos despertamos temprano en la ciudad de Guantánamo. Desde hace tres días recorremos la más oriental de las provincias cubanas.

 


Ya estuvimos en Vega del Toro, Cayo Hueso y Ají, entre otras comunidades. Hoy, Emilio y Cheíto, del Centro de Aplicaciones Tecnológicas para el Desarrollo Sostenible (CATEDES), nos vinieron a buscar y salimos en el carro de CUBASOLAR hacia Palenque, la cabecera municipal de Yateras, distante a unos 45 km.

En la sede del Gobierno nos esperaba Eddy, el vicepresidente. Nos brindan un cafecito, intercambiamos impresiones y nos montamos en un jeep del CITMA, un Waz soviético que en los dos primeros días de recorrido se ha mostrado más fuerte y fiable que cualquier Landrover o Landcruiser. El piloto para hoy será Cheíto, que gracias a su experiencia como presidente del Poder Popular de El Salvador sabe manejar muy bien.

También nos acompaña Norys, el joven responsable de relaciones exteriores del municipio de Yateras. Somos cinco hombres montados en este todoterreno color verde olivo: Cheíto, Norys, Armando (responsable de proyectos internacionales de CUBASOLAR), Fernando (tesorero y Web máster de CUBASOLAR, en esta ocasión también camarógrafo) y yo, el amigo de Cataluña.


El camino aún indica que el aguacero de ayer fue fuerte, y la velocidad media del jeep ya no supera los 15 km/h. En varias ocasiones debemos ralentizar o pararnos, para dar paso a los camiones que llevan a las trabajadoras a su faena, a las ciclistas, a las mulas, a los tractores o a los peatones que andan por el camino… También nos frena el estado accidentado de la carretera que, a pesar de las constantes reparaciones, muestra los efectos de las fuertes lluvias que caen aquí a diario. Casi nos cuesta otra hora llegar al Consejo Popular de Bernardo. Allí nos espera Álvaro, su presidente. Se une a nosotros,
y ahora somos seis en el Waz, donde bailamos un reggaeton involuntario por las sinuosidades del camino.

Después de un buen rato subiendo y bajando lomas inclinadas, empedradas y enfangadas (dentro del Waz se escucha: «Precipiiiiciooooo», «Dale, Cheíto, que eso lo pasas tranquilo», «Ay, mejor no miren por la derecha»). Llegamos a la escuela de la zona, electrificada con paneles solares desde hace cinco años. Junto a la escuela, la casa de la profesora y su marido campesino, también energizada desde hace año y medio.



Vivienda y Sala de TV en Vega del Toro electrificadas
con sistemas solares fotovoltaicos.

Como europeo y urbano que soy (crecí en Bruselas, Bélgica, y llevo ahora siete años residiendo en Barcelona), me quedo maravillado con muchas cosas a la vez. La naturaleza se me antoja fuera de lo común. Creo desconocer el nombre de los árboles y plantas que me rodean. Los animales salvajes escapan del ser humano, que sólo en pocas veces les quiere bien. Los pollitos, un puerco en su cerca y otros animales domesticados se quedan por ahí. Lo que realmente me impresiona es que aquí, en medio del monte guantanamero, donde viven los campesinos de uno de los mejores cafés del mundo, ciento por ciento orgánico; aquí, como en tantas otras zonas rurales de Cuba, hay una escuela y una profesora para sólo seis alumnos. Este hecho, de por sí excepcional, me asombra más porque los niños y los pobladores de estos parajes pueden disfrutar de la luz, y de la cultura, y del entretenimiento brindado por la radio y televisión cubanas (yo, que aborrezco la televisión en Cataluña por su saturación publicitaria y su bajo nivel de programación, redescubrí en Cuba las potencialidades de esa herramienta, y confirmé otra vez el hecho de que en el caso del progreso humano el problema nunca radica en los instrumentos que inventa el hombre, sino en el uso que les acaba dando).

Volvamos a nuestro recorrido. Después que Álvaro se informara con Desirée (la profesora) sobre las condiciones del terreno para poder acceder a las viviendas cercanas, aparcamos el Waz en un espacio de sombra y seguimos camino rodeando la casa y siguiendo por medio del bosque.

Aunque estaba muy impresionado, me fijé en un detalle. Si nosotros dejamos el jeep y nos encaminamos hacia las otras viviendas, cargando sólo con nuestras vestimentas, las cámaras y una botella de agua, las brigadas de montaje debieron recorrer el mismo camino con todo el material necesario para electrificar las casas (una sola de ellas requiere dos o tres módulos fotovoltaicos, cuatro baterías acumuladoras de 25 kg cada una, cables, herramientas…). ¿Cómo pudieron? Los mismos pobladores colaboran, algunos con mulas o caballos, con la mayor naturalidad del mundo. No obstante, eso requiere de un esfuerzo de coordinación logística muy grande debido a las distancias que hay que recorrer.

Personas como Álvaro tienen que avisar a los pobladores, uno por uno, y desplazarse hasta sus hogares a pie, y ni él ni otros pobladores de la zona disponen de un carro.
Eso significa que en algunos casos les ocupa un día entero para recorrer hasta 25 km, debido a la dispersión y lejanía de algunas casas. Pero aquí nadie se queda fuera.

Caminamos por el bosque y a los diez minutos llegamos al río Toa, rodeado por una explanada amplia de piedras claras y redondeadas, de cincuenta metros por un lado
y unos diez metros por el otro. Allí el río tendría entre quince y veinte metros de ancho. Busqué con la mirada, río p’arriba y río p’abajo, algún puente de piedra o algún árbol tumbado que permitiera pasarlo, pero nada de eso vi. Y me doy cuenta que Álvaro y Norys están cogiendo piedras grandes de la orilla y las van tirando en varios puntos del río.
De nuevo mi condición de ser urbano me impide entender enseguida de qué se trata.
Ellos estaban buscando el sitio menos hondo del río para cruzarlo. Si no hay mucha profundidad se oye el ruido de la piedra que choca con otra piedra del fondo. Sin embargo, ese día lo único que escuchamos fueron algunos «plouf», lo que nos indicó que el río estaba hondo.

Apenas comprendí el mecanismo y propósito de las piedras lanzadas al río, Álvaro se quita los zapatos y los pantalones, y se mete en el cauce, y en la parte central el agua le llega hasta el ombligo. ¡Qué remedio!, los otros cinco hicimos lo mismo, y en el transcurso de unos veinte minutos todos (y las tres cámaras, zapatos, carteras y pantalones respectivos) estuvimos del otro lado del Toa (no sin antes reírnos de un patinazo mío encima de una piedra y de la arriesgada travesía de Fernando con su cámara y trípode). En esto no hay ninguna heroicidad si lo comparamos con quienes también pasaron por aquí con los equipos y materiales para electrificar cinco casas.

Una vez con el calzado puesto, caminamos hasta la primera casa en el camino. Junto a los cafetales también hay plátanos, maíz, mangos de una variedad pequeña (Álvaro me dio dos de ellos, y les garantizo que son muy sabrosos), cacao y otras frutas tropicales. Después de quince minutos llegamos al bohío, y me hace sonreír el hecho de que a lo lejos se escucha el sonido de una radio («Música solar», me digo en mi cabeza).

Álvaro saluda y es acogido como un miembro de la familia, y nosotros como amigos de un familiar. Pasamos a la casa y nos fijamos en las instalaciones: las baterías, el armario con el generador y el transformador... Cheíto, gran comunicador social y conocedor de la zona y de su gente, presenta a Armando, a Fernando y a mí.

«Estos son los compañeros de CUBASOLAR, de La Habana, responsables de los proyectos de electrificación con placas solares en todo el país, y él es Dirk, un amigo
de Cuba que viene de Cataluña, y nos ayudó a buscar financiamiento para electrificar las viviendas aquí en el municipio de Yateras» (les explico que desde hace tres años una asociación catalana de consumo responsable y comercio justo, llamada Xarxa de Consum Solidari (Red de Consumo Solidario), ha podido brindar su apoyo a los esfuerzos realizados por CUBASOLAR y la República de Cuba en el proyecto de electrificación, mediante paneles fotovoltaicos, a los campesinos caficultores de Yateras. La financiación proviene principalmente de la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo y del Ayuntamiento
de Barcelona). Cheíto, siempre jovial, les informa: «Ellos vienen a recorrer las viviendas para ver cómo están funcionando los sistemas y qué representan para ustedes».

Los guajiros afirman estar contentos y agradecidos, porque los sistemas les permiten conocer lo que ocurre en el mundo, sin tener que bajar al municipio, y les aportan entretenimiento y cultura, a través del canal educativo. Los más pequeños disfrutaban con los muñequitos. También comentan que recibieron una formación antes y durante la instalación de los equipos. Ellos mismos comprueban el nivel de agua de las baterías y limpian los paneles solares con regularidad. Para otro tipo de incidencias que podrían producirse, se comunican con el Delegado de la comunidad, quien lo informa al Presidente del Consejo Popular, que a su vez contacta con el Poder Popular de Yateras y desde allí con los especialistas de CATEDES, que tienen vínculos directos con EcoSol Solar, la empresa estatal comprometida con el mantenimiento de los sistemas. La cadena puede ser larga, pero el tiempo de ejecución es el mínimo posible.



Los campesinos afirman estar contentos y agradecidos por la colaboración.

Todos destacaban su felicidad por no tener que usar más las velas o parafina para alumbrarse. Para ellos, el cambio no sólo representaba un ahorro, sino que también mejoran la salud de la familia, porque les dejaba limpio el aire que respiran en sus viviendas. Un guajiro, con su sabiduría natural, captó el sentir de todos: «Ya tengo todo lo que necesito: el amor de mi familia, mi casa, mi terrenito y mis animales, y ahora también tengo la luz y la televisión; así yo me entero de lo que pasa en el mundo y en Cuba, y también cuando acabo de trabajar me puedo entretener. Entonces, yo ya me quedo aquí para siempre. ¿Pa’qué me voy a ir?».

¿Cómo olvidar este encuentro con los guajiros del siglo XXI? ¿Cómo olvidar que gracias al esfuerzo de los campesinos, los que vivimos en la ciudad podemos comer? ¿Cómo olvidar a quienes madrugan para cultivar los campos y criar el ganado?
Ese día nos invitaron a un zapote en la primera casa, a un café en la otra, a unos platanitos en la tercera, y así sucesivamente seguimos visitando casas, a veces a dos minutos de distancia, a veces a media hora. Y yo me quedo con la expresión que utilizábamos al marchar: «¿Seguimos? ¡Seguimos en combate!».

* Licenciado en Ciencias Políticas y graduado en Cooperación al Desarrollo.
Miembro de la Xarxa de Consum Solidari.
e-mail: dirkvolkmar@yahoo.com