Cómo obtuve «corriente» del viento


Por
Félix Rodríguez Hernández

Felito, como llaman a un guajiro «despabilao» de monte adentro,
buscó en el viento la fuerza motriz
para generar «corriente», como él llama a la energía eléctrica. En el momento de escribir para Energía y tú esta crónica —ingeniosa como su propia vida—, ya había construido
54 aerogeneradores, que energizan 56 casas en los alrededores de Jatibonico, casi en el centro del Archipiélago cubano.

 

En 1990 comienza mi desafío con la naturaleza para que ella me entregara corriente.
Mi primer intento se basó en una dínamo de una bicicleta rusa, amarrada en una vara de pito o cañabrava, a la que le conecté una aspita similar a la de un ventilador. Con ese dinamito de 12 V logré alumbrarme, en rachas de viento fuerte, con una bombillita de 6 V. Me dio una luz tenue. No era lo que necesitaba, pero me inyectó de viento, el único medio con que contaba (aunque había pensado en el agua, desistí, porque no poseía el preciado líquido).

Después de este intento, pensé obtener corriente animal. Puse una bicicleta acostada en el piso, bien amarrada, y le coloqué un palo de guásima en el pedal, que quedaba para arriba, en forma de palanca.

Pensé ponerle un chivo, con el mismo principio de un trapiche de los tiempos de las colonias. Pero nunca apareció un chivo macho en las casas de la zona. Probé con un perro, llamado Combate. Me dio un poco de corriente y casi enseguida tuve que desistir. ¡Pobrecito, mi Combate! No podía con aquel artefacto y casi tenía que enjaular lo para que me generara muy poquita corriente. Cuando le quitaba las ataduras, Combate salía como perro que tumba la lata.

Comencé a pensar que lo único que tenía era el viento y me conseguí una dínamo de un camión ruso Zil. Tenía cuatro polos y con él comencé a meterme un poquito más en lo profundo. Con seis cabillas soldadas en un centro hice un aspa similar a la de los molinos de extracción de agua. La monté en un mandril con dos pedestales y le conecté una polea por la parte de atrás, a la que le puse una correa hasta la dínamo, que tenía una polea chiquita, para lograr una relación de quince a uno. Con este sistema logré obtener entre ocho y doce amperes, por rachas. Por primera vez cargué una batería de
12 V, que me sirvió para un radiorreceptor de marca Agrícola 74 y tres bombillitas de las que usan los carros en los indicadores. Y allí comienza mi vida como radioaficionado, a lo que le debo lo que soy.




Aerogenerador, dínamo y equipo de radioaficionado de Felito.

Mediante el sistema de radioaficionado pude comunicarme con Cuba entera, lo que me facilitaba preguntar sobre lo que yo quería hacer, además de convertirme en un medio de comunicación para la comunidad, e incluso logramos salvar vidas en más de cinco ocasiones. Entre paréntesis, ya sumamos cinco los radioaficionados de por aquí, quienes garantizábamos las comunicaciones en la zona antes de que llegaran los teléfonos.
Con esto me mantuve no mucho tiempo, porque soy ambicioso en esto de obtener energía eléctrica del aire. Comencé a pensar en una dínamo más grande, capaz de dar entre 20 y 25 amperes. Ahí comienzo a experimentar con una dínamo de un tanque de guerra. Pesaba como 110 libras. Y de fresco me pongo a desenrollarlo.

Óigame, cuando vi aquello desenrollado me dije: «Lo jodí». No hallaba por dónde empezar, porque no había anotado ningún dato. Ya lo dije, me metí de fresco.
Comencé a enrollar y a enrollar. Intento fallido. No me dio corriente. Lo enrollé hasta ocho veces. Todos esos enrollados los hacía por la noche hasta las tres o las cuatro de la madrugada, porque por el día trabajaba. Migdalia, mi mujer, me decía: «Te vas a volver loco. Duérmete, porque te tienes que levantar a las siete». Y mi papá, conocido como El Gallego, me decía muy apenado: «Hijo, deja eso, que no te va a dar».

La noche que me dio corriente, a las 2 y 55 de la madrugada, vine corriendo para la casa y gritando les dije a mi papá, a Migdalia y a mi hija de dos años: «Me dio, me dio, me dio». Y mi papá, medio dormido, le echó garras a la escopeta y me dice: «¿Quién te dio, hijo, dime quién te dio?». La anécdota causó risa en todo el vecindario después de ser contada.
Yo sabía que me daba. Faltaba saber cómo lo movía. Probé con el sistema que tenía. Negativo. El tipo se trancaba completo. No podía el molino aquel.

Comienzo a experimentar con el aspa hecha con un tubo de aluminio, directo al eje, sin multiplicación. Tampoco sirvió. Entonces hablo con un radioaficionado de Holguín y me aconseja utilizar la madera.


Felito: campesino «eólico», inventor y radioaficionado.

Construí un aspa rústica de madera, pero cuando lograba arrancar, por mucho viento que hubiera, tenía que empujarla. Las vibraciones eran alarmantes. Aquello daba miedo. No se sabía si quería volar o desbaratarse.

Me di cuenta que tenía descompensación y me surge la idea de poner un machete cogido con un mordiente con el filo hacia arriba. Allí comprobaba cuál lado pesaba más, y lo desbastaba con el hacha hasta lograr el equilibrio. El aspa estaba compensada, pero no me cogía mucha velocidad ni arrancaba.

Me surge la idea de hacer una cortina de humo, de forma tal que podía ver en qué lugar tenía que trabajar, si en arranque, fuerza o velocidad. De este modo fui fabricando aspas hasta que a la novena o décima, no recuerdo exactamente, pude saber el amperaje que me daba la dínamo enrollada, de 20 a 25 amperes. Me di a la tarea de enrollar otra dínamo, hasta que logré 50 amperes con un aspa de 3,5 metros.

Y como decía, siempre he sido ambicioso en eso de obtener corriente con el viento, y con otro poquito que me embulló Tony, el presidente del Gobierno en Jatibonico, y pensando que lo único que me faltaba era un refrigerador en la casa, pensé en construir un aspa de 4 metros, además de cambiar el banco de baterías, a partir del convertidor que ya había construido, de 1 500 W de potencia. Esto nos mueve todo el módulo de la casa (lámparas, ventilador, radio, televisor, teléfono y mi aparato de radioaficionado), y próximamente espero que llegue el refrigerador, que es lo único que nos falta.
Con el último enrollado, sobre el que estaba contando, logramos obtener alrededor de 80 amperes con rachas entre 30 y 40 kilómetros por hora.

Aquí no termina mi ambición. Comencé a energizar las casas de otras familias. Siempre me parece poco lo que hemos hecho, al saber que el sistema es eficiente.
Esta tarea de electrificar casas comenzó cuando estaba mirando en el televisor el programa de la Mesa Redonda, en el que el Comandante hace el llamado de generar ideas para solucionar el problema energético. En ese momento me dije en voz alta, en la sala de mi casa: «Felito, el Comandante te está llamando».

* Pequeño agricultor y radioaficionado de Jatibonico, Sancti Spíritus.