Meteoros e impactos meteóricos.

Desde el espacio exterior no solo llegan radiaciones, sino también cuerpos sólidos que algunas veces alcanzan la superficie terrestre.

Por Luis E. Ramos Guadalupe (Museo Nacional de Historia Natural)

Nuestro planeta está sometido a un incesante "bombardeo" de radiaciones procedentes del espacio exterior. Las estrellas, y aun los propios planetas del sistema solar, son poderosas "centrales de potencia" que generan un flujo ininterrumpido de energía.

 

El Sol encabeza la lista de los aportes energéticos que recibe la Tierra, y aparece como fuente principal de radiaciones electromagnéticas. Bien conocido es el llamado viento solar, torrente de partículas que se mueven en el espacio a velocidades que fluctúan entre los 200 km/s y 900 km/s.

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Sin embargo, este no es el único influjo que nos llega procedente del espacio. Igualmente significativos para el hombre y los demás seres vivos, son los efectos físicos que se producen a escala local y en ocasiones a escala regional o planetaria como consecuencia de la energía liberada por la entrada de objetos cósmicos en la atmósfera y por los impactos meteóricos contra la superficie del planeta. A estos interesantes fenómenos dedicamos los siguientes párrafos.

El espacio cósmico no está en modo alguno "vacío", como se ha dicho erróneamente en muchas oportunidades. Al menos, no en el sentido absoluto de la palabra. En los alrededores de la Tierra, y en todo el entorno del sistema solar, se hallan multitud de cuerpos sólidos de mucho menor tamaño que los planetas, cuyas dimensiones varían desde unos pocos milímetros hasta varios centenares de metros.

Esa masa, tomada de conjunto, totaliza billones de toneladas. Son, en general, resultado residual de la formación de los planetas, y producto de colisiones que se producen entre objetos cósmicos de menores proporciones. A ellos debe agregarse un enjambre de miles de millones de cometas, cuyos núcleos están constituidos por fragmentos de material sólido.

¿Meteoroides, Meteoros o Meteoritos...?

Se ha convenido en clasificar como meteoroides a los cuerpos existentes en el espacio interplanetario, constituidos por rocas o minerales, que potencialmente pueden ser capturados por el campo gravitacional de un planeta o del Sol; y meteoro, al conjunto de fenómenos luminosos a veces acompañados de explosiones y otros efectos sonoros, acaecidos durante la entrada de aquellos objetos en la atmósfera de la Tierra.

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Crater meteórico en Arizona, Estados Unidos de América

 

Si el cuerpo sólido llega a la superficie del Planeta recibe en propiedad el nombre genérico de meteorito. Pero la consecuencia fundamental que se deriva de la caída de objetos cósmicos son los cráteres de impacto, verdaderas heridas abiertas en la corteza terrestre.

Cuando un objeto cósmico penetra en la atmósfera y se produce una colisión contra la superficie del planeta, ocurre una violenta transformación de energía cinética en calor y en energía mecánica, cuya magnitud es directamente proporcional a la masa y a la velocidad del cuerpo meteórico en cuestión.

En este proceso influyen también la dirección y orientación de la trayectoria del objeto con respecto al sentido del movimiento diurno y la velocidad orbital de la Tierra, así como el ángulo de entrada en la atmósfera y la oblicuidad de su impacto en relación con la superficie terrestre.

Meteoros

La atmósfera constituye una importante cobertura natural que protege a la biota del planeta contra las consecuencias del choque con esos objetos.

No obstante, en ocasiones, el tamaño de los meteoroides resulta ser lo suficientemente grande como para que no alcancen a ser destruidos por efecto de la ablación que se produce a causa de las altas temperaturas derivadas de la fricción del cuerpo meteórico con el aire, al atravesar las capas más densas de la atmósfera.

Mediante el análisis espectral se ha determinado que las temperaturas que se generan durante el proceso de ablación meteórica, son del orden de los 1 600 K a 4 800 K.

La mayor parte de ellos se hacen visibles en una región comprendida entre 115 y 70 km de altura, alcanzando velocidades de entrada que fluctúan entre 11 km/s y 74 km/s.

Al observar el cielo durante una noche despejada y sin Luna, desde un lugar oscuro, se ha calculado una frecuencia media de diez meteoros por hora, la mayoría tiene un brillo que varía entre las magnitudes visuales +2 y +5.

Una gran parte de los meteoroides que entran en el campo de gravedad de la Tierra no son perceptibles ópticamente, pero dejan una huella a lo largo de su trayectoria como resultado de la fuerte ionización y excitación que producen en los átomos constitutivos de los gases presentes en la atmósfera. Este fenómeno genera un intenso eco de radar, lo que permite identificarlos en forma de radiometeoros.

De esta forma son detectados mediante el empleo de radiorreceptores, radares y radiotelescopios. Ya en 1931 se había hecho evidente que ciertas señales radioeléctricas captadas por científicos europeos y norteamericanos, habían tenido su origen en la alta atmósfera a causa de la presencia de meteoros .

Esta sospecha se convirtió en certeza un año después, al confirmarse la existencia de nuevas señales de radio coincidiendo con la observación visual de la notable lluvia meteórica de las Leónidas, que se verificó entre los días 15 al 19 de noviembre de 1932.

Los cráteres de impacto

Numerosos cráteres de impacto han sido descubiertos y estudiados en todos los continentes. Indudablemente, el más célebre de ellos es el Meteor Crater, situado en el estado de Arizona, en los Estados Unidos de América.

Esta formación, descubierta para la ciencia en 1891, es una verdadera taza excavada en la litosfera; mide 1 280m de diámetro y 180m de profundidad. Se le ha calculado una antigüedad de 6 000 años, aproximadamente.

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Foto tomada en la región de Tunguska después

de la caída de un "meteoro" en el año 1908.

Existen además cráteres "fósiles"; esto es, formaciones que fueron originadas por impactos ocurridos millones de años antes del presente y que hoy no resultan visibles por estar situados sobre rocas profundas, o por haber sido parcial o totalmente destruidos por la erosión. En la actualidad, estos cráteres sólo pueden ser localizados e identificados mediante métodos geológicos y geofísicos.

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Tal es el caso del cráter de Chiczulub, situado al norte de la ciudad de Mérida, en la península de Yucatán, México. Los especialistas le suponen un diámetro entre 200 y 300 km tal vez sea el mayor cráter meteórico del Planeta, y relacionan el evento que le dio origen con la extinción de numerosas especies de plantas y animales hace 65 000 000 de años.

Los impactos meteóricos y aun el choque con asteroides, son fenómenos comunes a todos los componentes del sistema solar. En casi todos los planetas cuya superficie ha podido estudiarse, se han observado cráteres que tienen este origen. Han sido identificados, por ejemplo, en Mercurio y en Marte.

La presencia de una atmósfera planetaria muy tenue, o la carencia total de ella tal y como ocurre en la Luna, impide la destrucción de los cuerpos cósmicos de pequeño tamaño; por ello, el número de cráteres de impacto que se observan en la superficie de algunos planetas y en la de sus satélites naturales es muy elevado.

Recientemente, un grupo de científicos estadounidenses realizó un análisis muy completo de 78 imágenes obtenidas en mayo de 1996, con la cámara planetaria de ángulo ancho (WFPC-2) instalada en el telescopio espacial Hubble.

La cámara había sido apuntada hacia el asteroide no. 4 Vesta, aprovechando condiciones favorables para su observación cuando este se aproximó a sólo 175 500 000 km de la Tierra.

Procesando estos datos y comparándolos con otras fotografías tomadas en diciembre de 1994, fue elaborada una modelación digital de la topografía de Vesta.

Como resultado de este estudio, los especialistas detectaron la presencia de lo que parece ser un gigantesco cráter de impacto de 460 km de diámetro y 6 km de profundidad, en el hemisferio sur del asteroide.

Las proporciones del cráter resultan extraordinarias, sobre todo si lo comparamos con las dimensiones de Vesta (530 km de diámetro medio). Este descubrimiento ha llevado a suponer que otros objetos planetarios de menor tamaño que se hallan situados en las proximidades de su órbita, pudieran ser remanentes de aquella misma colisión.

El resto de los asteroides identificados como de composición basáltica, similar a la de Vesta, son todos menores de 10 km de diámetro. De los meteoritos hallados en la Tierra 6% están formados por rocas del mismo tipo, por lo que pudiera resultar que tengan también un origen análogo.

La potencia desarrollada por las colisiones meteóricas excede en muchos casos toda comparación. Illingworth (1981) señala que la onda de choque generada por el evento meteórico del río Tunguska, en Siberia, ocurrido en 1908, liberó un volumen de energía equivalente a cincuenta mil billones de joules.

Otros autores han comparado los efectos de esa misma "explosión" con los de una bomba nuclear de 20 megatones.

Así pues, los impactos meteóricos y los efectos que de estos se derivan, no son en modo alguno hechos infrecuentes ni poco significativos. A ellos está expuesto de continuo nuestro planeta.